CURS 25-26
Ja hem tornat! Aquest és el quart curs de Creació literària, i ens acompanyen onze alumnes amb ganes d’escriure.
Aquesta primera entrada del curs 25-26 conté els textos més representatius de cada alumne al llarg del primer trimestre, en què han treballat tècniques com l’estranyament i el situacionisme i la creació de personatges. El segon trimestre encara serà més i millor.
“Avatar 307”, de Claudia Barba
Abrió los ojos, pero todo estaba oscuro y un escalofrío frío recorrió su cuerpo. No sabía dónde estaba ni por qué había despertado en un espacio tan vacío. Tampoco entendía por qué tenía las manos y los pies sujetos con unas esposas que le apretaban. De repente, las luces se encendieron y, aunque temerosa, optó por observar el lugar donde se encontraba.
Era una especie de laboratorio, lleno de artilugios científicos y con un olor rancio a experimentos fallidos. Lo que veía la desconcertaba profundamente. No conocía nada de aquel espacio y, aunque había sido construida hacía mucho tiempo, ningún objeto le resultaba familiar.
Movida por la curiosidad, intentó liberarse de las esposas para observar de cerca aquellos artefactos que tanto le llamaban la atención desde la distancia. Quería tocarlos, descubrir su función, comprender qué eran. Con un esfuerzo considerable logró romper las esposas y caminar por la sala. Reconoció que muchos objetos estaban hechos de un material transparente que deformaba su reflejo. Cuando lo tocó con su mano metálica, el recipiente vibró con un estruendo que la asustó, pero aun así continuó avanzando.
Revisando las estanterías vio que muchos de esos artefactos tenían grupos de signos: “Probeta 3”, “Microscopio”. Le sorprendió ser capaz de leerlos, pese a no conocer nada del mundo en el que estaba. Al seguir caminando, se detuvo frente a un volumen plano sobre una mesa larga situada en el centro de la sala. También tenía signos impresos, así que se acercó a ver qué decía.
Al leerlos, se quedó inmóvil. El mensaje decía: “El experimento en el que llevo trabajando dos años necesita algunos retoques. No puedo encenderlo todavía ni dejarlo fuera del cuartel. Su cuerpo y su fisiología están casi terminados, pero falta parte del mecanismo principal. Lo he llamado Avatar 307 porque no tenía otro nombre en mente y se me ocurrió de repente mientras programaba. 7 de septiembre.”
Lo comprendió. Era ella. Ella se llamaba Avatar 307 y no estaba terminada. Era un robot. Aunque estaba agradecida con la idea de creación de su maestro, no se sentía segura. Tenía miedo de aquel mundo desconocido y no sabía qué hacer. Pensó que, por alguna razón, ya estaba despierta, así que tal vez su creador había completado la programación con éxito. Decidió a seguir adelante. Para ello necesitaba encontrar una forma de salir de allí y descubrir qué había más allá del laboratorio.
Logró salir del laboratorio por una puerta metálica que cedió tras varios intentos. Al otro lado encontró un pasillo largo que terminaba en unas escaleras que ascendían hacia una luz intensa. Cuando subió los últimos peldaños, sintió un golpe de calor inesperado y un ruido caótico. Frente a ella se extendía una calle llena de coches, voces humanas, colores y movimientos que no comprendía. Dio sus primeros pasos hacia el exterior. Una mujer pasó a su lado rozándole el brazo sin siquiera mirarla, y aquel simple gesto la dejó confundida.
Se acercó a un puesto callejero donde un hombre vendía frutas. Él la observó con desconcierto cuando ella señaló una naranja y dijo con voz firme y directa:
—Quiero… eso. ¿Qué es?
El vendedor respondió lentamente, sin saber muy bien cómo tratarla.
Avatar 307 experimentaba una mezcla nueva de sorpresa y fascinación. El ruido, los olores, las personas… todo era abrumador, pero también irresistiblemente interesante.
Con el paso de las horas, comenzó a imitar los comportamientos humanos que observaba. Veía cómo la gente sonreía, cómo gesticulaban, cómo se saludaban. Intentaba copiar sus movimientos, aunque siempre con un pequeño desfase que la hacía destacar. Ella no lo entendía, pero tenía una voluntad intensa por encajar en un entorno que no estaba pensado para ella. Un momento la marcó especialmente: una niña lloraba en un banco, y Avatar 307 la observó intentando clasificar sus emociones. Se sentó a su lado y preguntó:
—¿Estás… rota?
Aquella pregunta inocente hizo que la niña riera entre lágrimas. Ese sonido, suave y tembloroso, activó un registro desconocido dentro del robot, una especie de emoción nueva que no sabía nombrar.
A medida que recorría la ciudad, aprendía, observaba y se sorprendía. Cada gesto humano era un código por descifrar. Sin embargo, mientras más entendía, más consciente era de sus propias diferencias: su cuerpo metálico, su voz sin matices, su incapacidad para sentir como los demás. La distancia entre ella y el resto se hacía más evidente cada minuto.
Cuando cayó la noche, la ciudad se volvió más silenciosa, y Avatar 307 se sentó en un banco apartado. Observó las ventanas iluminadas de los edificios. Veía familias, personas hablando, risas que escapaban por las ventanas abiertas. Allí comprendió una verdad que no había querido aceptar: nadie era como ella. Ningún intento de imitación podía ocultar su naturaleza artificial.
La tristeza, un sentimiento que tampoco conocía del todo, comenzó a invadirla. Sus sistemas se volvieron más lentos y los niveles de energía descendieron sin motivo aparente. Había aprendido demasiado sobre la vida humana como para ignorar su soledad. Finalmente, levantó la vista hacia el cielo nocturno buscando una respuesta en las estrellas que parecían brillar con indiferencia.
Poco a poco, su cuerpo metálico dejó de emitir sonidos. Sus articulaciones quedaron inmóviles y su mirada fija se perdió en la oscuridad. Avatar 307, que había iniciado su existencia con curiosidad y deseo de comprender, terminó apagándose en silencio, consumida por la certeza de que jamás llegaría a pertenecer a este mundo.
La pócima mágica, de Santi Barba
Sandra era una persona distinta al resto. Era una mujer que se interesaba mucho por el tema de los espíritus y la muerte. Desde hacía años estaba enferma y, al notar que no mejoraba, comenzó a sentir que la muerte se acercaba lentamente.
Después de varios meses viviendo así y sin notar mejoras, decidió investigar sobre el tema y llegó a la conclusión de que convertirse en gato le ayudaría a ver cosas relacionadas con los espíritus y retrasaría su muerte. Así que, convencida de su idea, decidió ir a buscar a una bruja. La bruja, al verla, comprendió su deseo y le entregó una pócima especial. Le explicó que debía mezclarla con comida de gato, pelo y leche.
Al beber el batido, la vida de Sandra cambió. Empezó a notar transformaciones en su cuerpo: su altura disminuyó, sus manos se convirtieron en patas y su piel se cubrió de pelo. A la hora de ver, veía mejor en la oscuridad.
Su hermana fue la primera en descubrir esta transformación cuando la vio caminando a cuatro patas por la habitación. Sandra notó el cambio y se percibía muy pequeña en comparación a su hermana.
A pesar de esto, decidió salir a la calle. Desde un primer momento, tuvo que ir con mucho cuidado con la gente de la calle intentando evitar que la pisaran. Evitó también ir por zonas donde hubiera excesivamente ruido ya que ahora que se había transformado en gato escuchaba el ruido más fuerte que los humanos.
Después de aquel paseo, regresó a su casa, pero allí empezó a actuar de un modo sorprendente. Su extraña actitud se debía a que ahora podía ver a los espíritus que habitaban en su casa y notaba las energías de las personas que habían fallecido allí hacía años.
Sandra se sintió incómoda e incomprendida ante esta nueva situación. Pero después de unos días notó que se estaba curando de su enfermedad. Una nueva vida comenzaba para ella, ahora podría ver espíritus y notar el tiempo de vida que le quedan a las personas.
El niño y la bala, de Lucas Bonastre
Ahí estaba Víctor, tumbado debajo de una palmera, alejado de la ciudad casi destruida por completo. Como cada mañana, se sentía aburrido. Pero esa vez fue distinto. Observó cómo a lo lejos brillaba algo un poco extraño, así que decidió ir a ver qué era.
Al llegar a donde estaba el objeto, vio que era una bala de guerra usada, la cogió con precaución y se preguntó ¿cómo había podido llegar una bala hasta ahí? Miro hacia el norte, sur, este y oeste para intentar averiguar de dónde provenía la bala, pero no vio nada sospechoso, todo era casas destruidas y desierto.
Diez minutos después volvía a casa con la bala, y lo primero que hizo fue enseñársela a su padre, Luis, el cual al ver la bala se quedó sorprendido de que su hijo tuviera eso en sus manos. Pero no quiso preocupar a su hijo, así que le dijo:
–¿De dónde has sacado eso? Es una bala espectacular, dámela, que la guardaremos en casa.
Victor se quedó un poco triste al ver que tenía que darle esa bala que tanto le había gustado encontrar, pero como su padre le había dicho que se la tenía que dar, se la dio.
A la mañana siguiente fue a donde encontró la bala para ver si podía encontrar otra y jugar con ella. Tras estar horas buscando, se fuera casa sin la bala que tanto deseaba. Al poco rato escuchó unos disparos, así que se escondió entre unos edificios. Empezó a escuchar fuertes ruidos que nunca antes había escuchado, por lo que decidió pasar la noche entre esos edificios.
Al día siguiente, Luis no sabía nada de lo que le había podido pasar a su hijo, estaba muy preocupado por él. Al amanecer, los disparos volvieron a sonar. Víctor intentó correr hacia casa, pero una bala lo alcanzó. Cayó entre los edificios destruidos sin poder pedir ayuda. Su padre lo buscó durante horas hasta que lo encontró tumbado e inmóvil en el suelo, con la mano derecha cerrada, y en ella una bala dorada. Al verlo, Luis comprendió que la guerra se había llevado lo que más quería en su vida, por una maldita bala.
Lo primero que tira un ciego, de Hugo Costa
Por fin empezaba a salir el sol. Una persona humana duerme una media de entre siete y nueve horas, y parece que el tiempo se le pasa volando mientras lo hace. Yo tenía que esperar toda la noche pensando en algo y me empezaba a quedar sin ideas.
Escuché el sonido de ese chisme llamado despertador, que, pasada la noche, empieza a sonar con unos pitidos horribles que hacen que el humano se despierte. Y efectivamente… se despertó, como para no. Siempre hacía la misma rutina: se despertaba, iba al baño tocando todas las paredes y chocando con algunos muebles, se lavaba los dientes (tardaba bastante), volvía a la sala de estar, encendía la radio, bebía un poco de agua de la botella que había encima de la mesa (no sabía cuánto tiempo llevaba ahí) y se vestía con lo primero que pillaba. Después de todo esto llegaba mi momento, por fin salíamos a la calle. Era lo mejor del día. Podía percibir nueva información y aprender cosas nuevas, miraba cómo funcionaba todo realmente, y lo bueno, aunque fuera egoísta, es que él no podía salir sin mí.
Al salir de casa cerró la puerta con la cerradura tecnológica de huella dactilar que se había empezado a fabricar meses antes. Aunque sepa que nunca voy a ser ingeniero, por motivos obvios, creo que me habría encantado serlo en otra vida. Como cada mañana, fuimos a por el café a la cafetería de la esquina, y yo participaba mucho en esta actividad, ya que, aunque solo fueran unos metros los que teníamos que recorrer, me tenía que mover de un lado a otro para que él pudiera darse cuenta de por dónde iba. Avanzando por la calle, cuando tan solo llevábamos unos metros, ya se nos habían cruzado dos personas que estaban distraídas con eso que llaman el móvil. Se supone que los humanos son la especie superior en cuanto a inteligencia y razonamiento, y que yo, como un humilde bastón, no debería juzgarles ni mucho menos estar pensando, pero me he pasado ya varias noches reflexionando y tratando de entender cómo pueden ser tan lerdos a veces. Lógicamente, me tocó chocarme con las dos personas que estaban en medio sin prestar atención a que quizá no todo el mundo puede apartarse para que sigan viviendo su apasionada vida en las redes sociales (esta última palabra la había escuchado la tarde anterior en la radio y me encantaba utilizarla para atacar a la especie superior).
Al llegar a la cafetería, pidió un café solo con dos sobres de azúcar (como siempre) y cuando fue a pagar con la tarjeta, me soltó un momento y caí redondo al suelo.
—Vaya, ¿le ayudo? —dijo la dependienta de la cafetería mientras hacía algo con la cafetera.
—No te preocupes, maja, ahora lo recojo —dijo el humano despreocupado, esbozando su particular sonrisa y aparentando cierta tranquilidad que me repugnó.
—Claro, como tú no eres el que está en el suelo, tómate tu tiempo, «majo» —dije, esperando una respuesta que nunca llegó.
Por la tarde, ya en casa, se pasó dos horas hablando por teléfono muy emocionado. Hablaba de operación, sanidad pública, seguro, familia, y dijo muchas otras palabras que no entendía, como láser o nervio. Me pasé toda esa noche pensando en qué debía de tratarse esa llamada misteriosa.
A la mañana siguiente vino la hermana del humano a buscarle. Dijo que tenía el coche abajo; seguidamente, cogió del brazo a su hermano y se fueron, cerrando la puerta con llave. Lo último que escuché fue el sonido del ascensor bajando y el portazo del portal.
No volví a ver al humano hasta una semana después. Entró por la puerta abriendo con llave, sin utilizar la cerradura inteligente para ciegos. Al entrar, no paraba de mirar detenidamente cada cosa del piso. Era como si estuviera viendo, como si estuviera analizando lo nunca visto. Me sorprendió cómo se giró directamente hacia mí, sabiendo con exactitud cuál era mi posición. Me agarró de una forma casi malabarista y bajamos a la calle.
En la calle noté una incomodidad muy grande, no era como siempre. Me llevaba suspendido en el aire y, más que un bastón, lo que parecía yo era un ramo de flores. Caminaba a una velocidad bastante rápida, esquivando a la gente y contemplando el paisaje. Se me encendió la bombilla: la llamada sobre la operación, la semana sin verle, la forma en la que lo mira todo… Una gran alegría invadió mi interior. El humano llevaba toda su vida soñando con poder ver, y lo había conseguido. Me empezaron a venir cosas a la cabeza que haríamos juntos: leer, escribir, correr, dar paseos, ir al cine… Era fantástico.
Pero de repente se detuvo. Me miró durante unos segundos, con una expresión que no había visto nunca. Después, sin soltar una sola palabra, caminó hasta un contenedor verde y me lanzó dentro. El golpe fue seco. Sentí como rodaba entre las bolsas de basura y demás objetos. Desde allí dentro, todavía podía reconocer sus característicos pasos que tanto tiempo había escuchado, y se alejaban.
Entendí cómo funciona la vida de nosotros, los objetos: servimos mientras somos necesarios, acompañamos mientras se nos necesita y luego desaparecemos sin hacer ruido. Y al día de hoy, quiero pensar que sigo siendo parte de su camino, aunque ya no estemos tan unidos.
La Concha del naufragio, de Berta Farrés
El sol pegaba fuerte en la orilla.
Tengo diecisiete, y mi ropa siempre parece haber perdido una pelea contra el viento. Soy Pablo, y, si me vieras, seguro pensarías que soy un tipo extraño. Llevo una sudadera gris, muy grande, manchada de algo que parece pintura o restos de algas; no me importa. Lo único que importa es lo que tengo apretado en la mano derecha: una concha de vieira, blanca y casi perfecta. Es mi apoyo. Mi madre siempre decía que era muy reservado, que no dejaba entrar a nadie. Y a lo mejor tenía razón. No me gusta el ruido, ni la gente que habla muy alto. El problema no es un golpe, es el ruido constante que no me deja concentrarme. Físicamente, tengo los ojos muy abiertos y siempre estoy buscando una salida.
Ahora estoy en el espigón, viendo cómo rompen las olas contra las piedras. La gente de este pueblo me ignora, y eso me viene bien. Soy un espectador, siempre mirando la vida de otros. Mi meta no es ser un héroe ni un genio; solo quiero ser tan resistente como esta concha. La concha de vieira. La encontré hace tres veranos. Era lo único que no se había movido. Es lisa, pero por dentro tiene un patrón perfecto, algo que nadie ve si yo no quiero. Cuando la toco, siento la calma del mar, que no es el desorden que tengo dentro.
"¿Qué haces aquí, Dani? ¿Hablando con las gaviotas otra vez?".
Es Marcos, el tipo del último curso. Su voz suena áspera. Me pongo tenso. No te alteres, no te hagas pequeño, mantén la calma.
"Nada," suelto, y mi voz sale rara, como si no la usara. Intento meter la concha en el bolsillo, pero no la suelto. Es como si el animal que vivió ahí me estuviera protegiendo.
Marcos se ríe, una risa seca. "Pareces un ermitaño. Deberías salir más. Oye, ¿tienes algo de dinero? Dame algo."
Siento el miedo subiéndome al pecho. No tengo dinero, solo esta concha que vale más que todo lo que él pueda quitarme. En vez de contestar, abro la mano y le enseño la concha. La luz del atardecer le da justo.
"Mira," digo, y por una vez, mi tono suena firme. "Es perfecta. ¿Sabes cuánto tardó el mar en hacer esto? ¡Años! Es dura. Y no se vende."
Marcos se queda parado al ver lo que le enseño. No entiende que no le estoy mostrando un objeto, sino mi nueva defensa. Soy una cáscara vacía por fuera, sí, pero por dentro me estoy haciendo fuerte de una manera que él no puede romper. Me giro y camino hacia el agua, sintiendo el peso tranquilo de mi amuleto marino contra la pierna.
La vida d’en Gave, de Mariam Magret
Estimada directora,
Sóc en Gave Daverson. Li escric en relació a l’oferta laboral de la seva escola, en la qual estic molt interessat.
Em presento. Tinc 37 anys i vaig néixer a Sussex, en un barri pobre. De petit, gairebé no vaig poder anar a l’escola, ja que els meus pares eren pobres. Jo, per la meva part, treballava per ajudar-los en una botiga de roba. Els meus companys de feina eren persones molt amables, tot i que crec que en el seu interior em veien com el típic noi pobre sense recursos i, tot i que realment ho era, el fet de veure que se n’adonaven em feia sentir malament, encasellat.
Amb el temps, la gent em va anar agafant més confiança i em valoraven molt, tant que em van ajudar i vaig estudiar. Us preguntareu com, doncs ara us ho explico. Vaig estudiar en una bona escola perquè alguns pares de companys meus van pagar la meitat del que costava. Jo m’ho passava bé aprenent coses noves, en especial les coses que tenen a veure amb ciències, com per exemple les matemàtiques, o la biología.
Més tard vaig anar a la UAB i vaig estudiar la carrera de matemàtiques. Quan vaig acabar, vaig fer la carrera d’enginyeria industrial i, més tard, les carreres de física i de química. Per tant, com que tinc tantes titulacions, podria fer classes de diverses assignatures. En quan al meu currículum, tant a nivell universitari com a nivell escolar, tinc totes les assignatures aprovades amb excellent. He treballat a diverses escoles de Madrid, com el col·legi Nazaret del barri de Salamanca.
Tots aquests centres que he esmentat poden donar molt bones referències meves.
Jo crec que sóc una persona apta per cobrir el lloc de treball que hi ha a la seva escola perquè m’agrada molt aprendre i aprendre amb els alumnes, A mès, sóc una persona empàtica i molt treballadora.
Amb tot el meu agraïment, resto a l’espera de la vostra resposta.
Atentament,
Gave Daverson
Aquesta va ser la carta que en Gave Daverson va escriure. Però, és en realitat tal i com ell es descriu? La resposta és no. Tot el que ell deia o posava a les cartes acostumava a ser una mentida rera l’altre, ja que tot el seu món es reduïa a estafes i mentides. Sí, era tal i com podeu veure, un mentider i una persona que, malgrat els seus estudis, no agradava a ningú, dit per persones que el coneixen bé, com els ex-companys de feina.
En realitat, en Gave era una persona violenta, amb antecedents penals, que havia estat denunciada per diverses agressions a menors, almenys això deia la Sherry, una ex-companya de feina.
Això per una banda i, per l’altra, tenia uns quants judicis pendents per robatori. Però, per què robava? La veritat és que no hi havia cap resposta, excepte que era un àvar i una persona dèspota.
Tothom li suggeria un canvi, no només d’entorn, sinó també de persones amb les que es relacionava.
Quan la directora el va trucar dient-li que havia estat acceptat per a la feina i que li dirien els seus horaris l'endemà, en Gave es va posar tan content que no s’ho podia creure. A més, es va quedar molt sorprès quan li van dir que havien comprovat que les denúncies eren totes falses, de tal manera que el Gave, sense ser-ne conscient, estava a punt de viure un miracle: l’oportunitat de començar de nou com si no hagués passat res. Se sentia com si de cop i volta li haguessin esborrat la memòria, com si li haguessin netejat el cap.
En Gave va impartir classes durant trenta anys sense que hi hagués cap incident. Finalment es va jubilar i va viure feliç i content fins a la seva mort, que va ser a l'edat de 96 anys.
El peor primer día de la historia, de Clara Molist
Siempre recordaré el primer día de bachillerato como uno de los días más caóticos de mi vida. Todo empezó por la mañana, cuando, después de desayunar me dirigí al baño para lavarme los dientes. Al entrar por la puerta de la habitación, enseguida me di cuenta de que faltaba algo, no sabía qué era, pero la habitación estaba diferente, seguía estando completamente llena, como cualquier baño utilizado por tres hermanas, pero, a la vez, parecía vacía. Fue cuando empecé a lavarme los dientes y me encontré cara a cara con la pared, que me di cuenta de lo que estaba pasando. Me quedé completamente aturdida, ya que el enorme espejo de mi baño había desaparecido. Si todavía estaba un poco dormida, esto sin duda sirvió para despertarme.
El tiempo pasaba y llegar tarde el primer día no era una opción, así que me dirigí a comprobar todos los espejos de la casa, lo que solo sirvió para que me diera cuenta de que todos habían desaparecido. Ya eran más de las siete y cuarto, me quedaba poco tiempo, por lo que tomé la decisión de terminar de arreglarme sin la ayuda de un espejo. Me maquillé y me peiné como pude, me hice daño en el ojo sin querer y me quemé con la plancha de pelo: todo estaba siendo un completo desastre, además, estaba segura de que no tenía muy buen aspecto. Unos veinte minutos después, mi madre se ofreció a llevarme en coche, ya que estaba claro que yendo a pie llegaría tarde. Al salir del parking, cuando pensaba que las cosas no podían ir a peor, mi madre y yo nos encontramos con una carretera totalmente colapsada, llena de accidentes y policía. Tras estar un buen rato atascadas en la puerta del parking, di con el motivo de todo ese caos: los coches no tenían retrovisores. En ese momento me sobresalté: un policía estaba picando en la ventanilla del coche. Mi madre la bajó rápidamente, ansiosa por obtener respuestas.
–Buenos días señora, hemos tomado la decisión de cerrar las carreteras durante todo el día y recomendado a todos que dejen el coche aparcado aquí mismo y pasen a buscarlo mañana –dijo el policía antes de dirigirse a toda prisa hacia otro coche.
Tras escuchar esto, mi madre me dijo que iba a llegar tarde y que me bajara e intentara llegar corriendo al colegio. Además, hay que recalcar que vivo bastante lejos de allí. En lo único en lo que podía pensar mientras corría calle arriba, era en la vergüenza que iba a pasar al entrar en clase sola con esas pintas, cuando todo el mundo estuviera ya sentado.
Tras unos intensos minutos corriendo, algo que nunca se me dio demasiado bien, me encontré con la puerta de mi colegio. Yo esperaba que estuviera vacía y cerrada, sin embargo, estaba llena de gente y abierta de par en par. Al mirar el reloj, confirmé que llegaba tarde, y, por lo visto, toda esa gente estaba en la misma situación.
Cuando estuve por fin dentro del colegio, subí apresuradamente las escaleras, siendo empujada por la multitud, pero fue sólo cuando llegué arriba, que miré atentamente a mi alrededor: todo el mundo iba totalmente despeinado, el maquillaje de las chicas parecía el de un payaso e incluso había gente con pasta de dientes en la cara, todo era un caos. A pesar de la situación, me sentí un poco aliviada al ver que no era la única en esa situación, aunque el estresante ambiente del pasillo enseguida me trajo de vuelta a la desastrosa realidad. ¿Qué más podía salir mal?
La reunión, de Marc Puig
La familia Ortega llevaba años viviendo en la misma casa, pero cada uno vivía en su mundo. Elena, la madre, se pasaba las tardes viendo telenovelas en su habitación; Albert, el padre, llegaba tarde del trabajo y se encerraba en su estudio; y los hermanos Clara y Juan apenas hablaban entre ellos y casi ni se saludaban en los pasillos del instituto.
Un tranquilo sábado por la mañana, algo extraño ocurrió en la casa de los Ortega: el cómodo y tradicional sofá de su casa había desaparecido sin dejar rastro. Al darse cuenta, todos los Ortega buscaron por el salon indicios de robo e incluso sospecharon del perro. Después la familia entró en una fuerte discusión: que si había sido Juan, Clara… Todos se acusaban entre ellos, pero a Albert, dentro de todo aquel caos, se le ocurrió una idea. Como actualmente ellos no tenían para comprarse otro sofá ya que estaban pasando una época de muchos gastos, él sugirió la posibilidad de construir uno nuevo entre todos.
Primero hubo rechazo, pero pronto todos se dieron cuenta que no había nada más que hacer. Así que, con resignación, se pusieron manos a la obra:, empezaron a buscar maderas en el desván, cojines, clavos…Todo lo que les pudiera servir.
En el proceso de construcción, poco a poco las risas y las largas conversaciones regresaron, su sentido del humor volvió a despertar y se volvían a gastar bromas entre ellos. Se podía notar que la familia no tenía mucha gracia a la hora de construir, pero a ellos les daba igual.
Una vez acabaron de montar el sofá, los Ortega se estiraron a la vez sobre él, y lo que antes era un trozo de tela frío se convirtió en un lugar cálido y acogedor donde la familia volvió a compartir sus anécdotas. Gracias a algo perdido, habían recuperado algo de inmensurable valor. Lo que parecía una reconstrucción de un sofá había llegado más lejos y la familia acabó recuperando su afecto y su identidad.
Cuenta atrás, de Marta Riveiro
Segundo tras segundo, minuto tras minuto, hora tras hora, mis brazos metálicos se mueven sistemática e incansablemente. Ahora me rodea la oscuridad, pero aún recuerdo con anhelo los días en los que vivía junto a los latidos de Luis, bajo la atenta mirada de sus ojos azul cristalino, que me observaban como Romeo a Julieta. Yo era su salvavidas, siempre estaba allí, marcándole fielmente la hora. Lo acompañaba en sus logros y desgracias, en sus risas y silencios, nunca le abandoné. Mis días eran felices, éramos dos enamorados viviendo mano a mano, pero poco a poco la situación fue cambiando.
En nuestra relación se interpuso una tercera persona. No sabía cuál era su nombre, era rectangular, del tamaño de la palma de una mano y se iluminaba cada vez que lo cogían. Pronto aprendí que se llamaba móvil. Luis siempre lo miraba, no entendía qué tenía él que no tuviera yo. Yo siempre funcionaba, día y noche, sin descanso, pero el móvil se apagaba cuando estaba cansado.
Al principio pensé que sería algo pasajero. Luis solía distraerse con cosas nuevas, pero siempre volvía a mí. Sin embargo, esta vez fue distinto. El móvil comenzó a ocupar mi lugar, a robarme sus miradas, su atención, su tiempo. Ya no se fijaba en mí cuando quería saber la hora, sino que lo hacía en aquella brillante pantalla que lo tenía hipnotizado. Cada vez que lo veía sonreír frente a aquel aparato, sentía una mezcla de celos y tristeza que golpeaba mis engranajes como una corriente eléctrica.
Pasaron días, semanas, meses, mis agujas seguían girando, fieles a su deber, yo seguía ahí, pero cada vuelta, las sentía más pesada. Un día, mientras Luis se preparaba para salir, me volvió a mirar durante unos segundos, ¿se habría cansado de utilizar el móvil? Cuando pensaba que volvía a ser de utilidad, me desató y me guardó en un cajón. Pensé que volvería a por mí, pero no lo hizo. Desde entonces vivo en el olvido, envuelto en polvo junto a los otros objetos inútiles.
A veces escucho su voz de lejos, riendo, hablando con alguien, quizás con aquel móvil que tanto le gusta, y pienso en cuánto le echo de menos, en cómo me gustaría volver a sentir el calor de su piel. Aunque sepa que mi tiempo con él ha terminado, yo sigo marcando la hora, a pesar de que nadie la mire. Luis cambió, pero yo permanezco aquí, esperando lo inevitable, que mis manecillas dejen de girar.
Un día como una lavadora, de Greta Roca
Aún recuerdo cuando dormía plácidamente, cuando nadie me molestaba. Hasta que un día me desperté. ¿Por qué habían interrumpido mi silencio? Estaba desorientada; recobrar el sentido después de mucho tiempo no es tarea fácil.
Sin previo aviso, todo comenzó a dar vueltas. Me sentía mareada, no sabía qué estaba pasando. Sentía un nudo en la garganta que no era capaz de deshacer. Y, por si la suerte no se hubiera cansado de jugar conmigo, empecé a temblar, como si alguien me cogiera y me sacudiera con todas sus fuerzas, o como si el más grande terremoto se enfadara tanto que la tierra entera vibrara.
Del agobio, un mar de sudor impregnó mi cuerpo. Sentía que me ahogaba en mi propia humedad. Casi al unísono, una espuma me limpió, dejándome tan fresca como una rosa recién regada.
El mareo se pasó y el alivio volvió. Al fin pude volver a respirar. Y para acompañar ese maravilloso momento, una brisa me envolvió: parecía que un gigante hubiera soplado con todo su empeño hasta quedarse sin aliento.
Rompiendo con toda la calma, una puerta se abrió y una luz brillante me iluminó hasta las ideas. Entonces, una fina silueta se acercó, extendió su largo brazo y sacó de mí aquel desdichado nudo.
Yo soy como soy, de Félix Vidal
–El acusado no lo hizo a propósito –dijo mi abogado.
Sé que estaba tratando de defenderme, pero, honestamente, ya sabía que ese juicio estaba perdido. Yo, el acusado, estaba sentado en un banco de madera incómodo, viendo como mi futuro estaba en manos de un abogaducho que parecía que se había sacado la carrera jugando a los dados.
–Mi cliente no tiene culpa –continuó hablando–, desde pequeño, al ser un gato negro diferente a los demás, fue discriminado por todos los gatos y, debido a su color, la gente no se le acercaba porque creía que les transmitiría mala suerte. No sabe usted, señor juez, lo que se siente al ser excluido por el mundo.
El juez levantó sus lentes observándome como si yo fuera una clase de monstruo. Yo solo bajé la cabeza, no porque me sintiera culpable, sino porque estaba cansado… cansado de que se me discriminaran solo por mi color de pelo.
–Soy un gato negro, sí, de un negro profundo, no de ese tipo de negro de los gatos callejeros que se asemeja más al gris; no, mi pelaje es de un negro como la medianoche. Mis ojos, en cambio, son como un acto de rebeldía contra tanto color oscuro, son dos esferas doradas grandes que brillan como las monedas. ¿Y qué, señor juez?, yo soy así y no me escondo ni me esconderé nunca. Si me quieres condenar, hazlo, pero después allá tú con tu conciencia.
Aún me acuerdo perfectamente de ese discurso peliculero que le dije al juez, cosa que no sirvió para mucho ya que todavía me quedan tres años en esta triste prisión. Pero al menos me quedé agusto y no escondí aquello que soy, un gato negro pero con buen corazón.