BINOMIO FANTÁSTICO: AQUELLA CHICA SAGAZ JUGABA MUCHO CADA DÍA

 Mi mejor compañía y mi mayor negocio, Santiago Barba

El sol de la mañana comenzaba a asomarse por la ventana de la facultad y eso significaba un momento de felicidad ya que la hora del café se acercaba. Para la mayoría de universitarios, aquel momento representaba un rato de diversión, gritos y cotilleos sobre profesores y becarios Pero ella se sentía diferente al resto de estudiantes universitarios, le pasaban otros pensamientos diferentes por su cabeza, había algo que no le dejaba disfrutar de aquellos momentos por la mañana. 


En el curso de primero de matemáticas al que pertenecía siempre había un mito presente: “Aquella chica sagaz juega mucho cada día”. Y es que, claro, si conocieran su condición, si supieran por qué juega y apuesta tanto, si supieran para qué es el dinero, todo sería diferente. No podía decir que el dinero era para la operación de su perro, se convertiría en una persona débil, dejaría ver sus sentimientos y eso no podía ser. 


Entró a la timba de poker con su cara neutra de siempre. Si lograba duplicar la apuesta dos veces más, conseguiría pagar la operación al completo. Igualmente siempre tenía una duda presente: ¿Lograría dejar de apostar? ¿Se centraría en los estudios? ¿Volvería a ser la mejor de clase en matemáticas?


Ese día consiguió duplicar dos veces la apuesta, tal y como la había planeado. Al fin su perro se salvaría. Tras llevar al fiel amigo canino al veterinario sacó el libro de mates e intentó empezar a estudiar. Pero algo no la dejaba centrarse, no paraba de pensar en las apuestas del día siguiente.Ya no lo necesitaba pero no podía parar, quería seguir jugando.


Al día siguiente, acabadas las clases de la mañana, salió por la puerta trasera. Una vez fuera, se encontró frente al dilema. Podía quedarse tranquila en la cafetería de la facultad, socializar con su antiguo grupo de amigos, o volver al vicio de siempre. Por un momento se replanteó ir con sus compañeros a pasar el rato y a retomar el contacto. Pero la tentación le ganó y se dijo a ella misma que no era para tanto, que se había convertido en tradición. 


Se dirigió a la parte de atrás del edificio de la facultad, dónde en la antigua sala del conserje se realizan las timbas de poker. Picó a la puerta como de costumbre. La puerta se abrió desde dentro dejando salir el fuerte olor a tabaco. Se dispuso a entrar cuando, de repente, sonó su teléfono. Era la veterinaria. Cogió la llamada, se dio media vuelta y salió corriendo.



La vida de Ana, Mariam Magret


Ana era una chica sagaz y ajetreada que entrenaba mucho cada día porque practicaba diferentes deportes: baloncesto (los lunes), voleibol (los martes) y golf (los viernes). Tenía una vida muy ocupada, entre el instituto y los entrenos. Y no sólo era el tiempo de entrenar, sino que, además, también competía.


Los compañeros, se sorprendían de que Ana llegara tan exhausta cada día. Era por eso que la gente pensaba: ¿Qué le pasa a Ana ?, ¿por qué está así? y ¿qué hace esta chica para estar así? Sus compañeros lo encontraban raro porque tampoco sacaba muy buenas notas. Es decir, aprobaba pero con suficientes.

 

Esto era así, hasta que un día  una compañera  llamada Lina casualmente vió a  Ana mientras iba a la biblioteca. Vio que estaba entrenando a voleibol y se quedó muy sorprendida. Pensó: “Pero ¿no es ésta Ana, mi compañera de clase, la que suele copiar en los exámenes y ni así saca muy buenas notas?


Cuando se lo dijo a sus compañeros, al día siguiente, no se lo podían creer, y por eso la tomaron por mentirosa.  Hasta que,  otro día, un compañero pudo confirmar lo que ella les había dicho. Y entonces, fue cuando  la gente se  explicó  el porqué Ana llegaba tan exhausta a clase. 


Desde aquel momento, la empezaron a apreciar cada vez más. Y cada vez que ella tenía una competición, siempre le hacían pancartas para animarla. A su vez, Ana, al cogerles más confianza, se dejó ayudar por sus compañeros a estudiar más y mejor. Y empezó a aprobar ya no con suficientes sino con sobresalientes.


Y así fue como aquella chica sagaz que jugaba mucho todos los días pasó a ser una de las alumnas más populares y queridas  de toda la clase.




El circo de Lucía, Marc Puig y Félix Vidal


Aquella chica sagaz juega mucho cada mañana.




Esa frase se la repite cada día Lucía, como un eco constante, mientras observa los grises muros que forman el reformatorio. Lucía tiene trece años y, aunque está rodeada de otras chicas, se siente completamente sola. El lugar es frío, huele a encierro y está lleno de normas estrictas y rígidas. Nadie lo sabe, pero Lucía carga con problemas de ansiedad y ataques de pánico regularmente, aunque ella los esconde a la perfección.


Estar internada le hace sentir que no tiene ningún tipo de control sobre su propia vida. Se se siente sola, no recibe ningún tipo de amor ni de afecto, sus padres apenas la visitan y cuando lo hacen sus miradas están llenas de culpa y distancia. Ella, en el fondo, los quiere pero siente que la dejaron sola en el momento que más los necesitaba.


Cada día o cuando puede, se evade de su realidad jugando y divirtiéndose en su propio mundo. El reformatorio se vuelve un circo de colores y de luces en su cabeza. Allí no es una simple interna, en ese circo ella es la estrella principal. Lucía imagina que camina por una cuerda floja, haciendo malabares con sus pensamientos oscuros, mientras el público aplaude con fuerza. Para ella jugar es un refugio, es el único momento del día en que se siente libre. Pero hay una cosa más en aquel circo, allí sus padres sonríen y aplauden a su hija, no discuten, no gritan, no se van. El circo le ayuda a reconstruir su familia perdida y añorada, y aunque sea por unos minutos, olvida el dolor que le rodea.


Cuando termina el circo la realidad vuelve, dura y silenciosa. Pero Lucía conoce un secreto que es solo para ella: mientras pueda jugar, siempre tendrá una salida para escapar de esa realidad que la atormenta y la tacha como invisible.



La vez que la casa no ganó, Ciro Civit

Una alegoría de la filosofía absurdista de Albert Camus



Giraba la ruleta. Las luces perpendiculares a esta iluminaban la totalidad del juego. Una mezcla de rojo, negro y un puntito verde decoraba el contorno de la circunferencia de radio descomunal. En el centro del aparato se alzaba un holograma azul celeste con la palabra «Sara». El resto de la sala era completamente negra, un vacío dominado por la oscuridad.


Rodeando la mastodóntica mesa se encontraba un grupo de ángeles vestidos con esmoquin blanco, cada uno sosteniendo un cáliz de vino en una sola mano, todos callados e impasibles. No había ficha alguna, ni se hablaba de ninguna apuesta. 


En el centro de uno de los lados de la mesa se encontraba una humana joven vestida con esmoquin negro. La mujer miraba la ruleta, expectante.


A medida que rotaba, la diminuta bola dorada fue desacelerando a causa de la fricción. La esfera se paró en el número sesenta y siete mil doscientos dieciséis, una ranura roja. La muchacha festejó levantando los brazos y gritando. Los ángeles dirigieron su mirada al holograma del centro de la mesa, que ahora estaba cambiando. El holograma pasó a mostrar la escena de una niña pequeña, de apenas unos años, disfrutando de un día en el parque con su padre y su madre.


—¡Esa soy yo! ¡Mirad! ¡Sara está!... Bueno, ¡yo estoy pasándomelo bomba ! –exclamó Sara, cuyo nombre ya no era un misterio.


Ninguno de los ángeles reaccionó. Todos miraban la situación con cara de póker. Sara se mostraba emocionada y volvió a accionar la ruleta. La bola cayó en el número  treinta y dos mil setecientos treinta y cuatro, una ranura roja, que hizo que el holograma mostrara a la misma niña que antes tomando un helado y riendo. Extasiada por esas escenas, giró la rueda de nuevo: otra casilla escarlata; la niña ahora estaba haciendo amigos. La hizo girar otra vez; de nuevo fue a parar en un espacio rojo y de nuevo una escena feliz apareció. Cegada por la dicha, probó suerte de nuevo, mientras pensaba en qué vería a continuación; esta vez la bola paró en una casilla negra.


La expresión de la cara de la chica cambió repentinamente. El holograma ahora mostró a los padres de la pequeña Sara gritándose; los berridos eran ininteligibles y una expresión de enfado se desplegaba sobre la cara de los progenitores; el llanto de la menor terminaba de orquestar la sinfonía. Sara palideció.


—Esto… Em… ¿No puedo volver atrás? —masculló la joven mirando a los blancos ángeles. La respuesta fue un silencio tajante.


Después de este suceso, un ángel vestido con esmoquin verde y dos ángeles vestidos con esmoquin rojo salieron de la oscuridad que se encontraba delante de la ruleta, estos se acercaron a Sara.


—Saludos. Venimos a informarle de que una nueva sala ha sido abierta para que juegue. De estar usted interesada, siga el camino de luces —dijo el ángel vestido de verde sin mostrar expresión alguna.


Tras decir esto, los tres ángeles dieron media vuelta y caminaron hacia la oscuridad; una vez que era imposible verlos, una senda se iluminó progresivamente. La muchacha siguió la luz. Tras unos minutos caminando, pudo ver una mesa de ébano en donde había una baraja de cartas extendida boca abajo. La mesa estaba acompañada de dos altos taburetes metálicos con asiento aterciopelado. Uno de los taburetes, el más cercano a Sara, estaba vacío; el otro taburete, ubicado paralelamente al primero, estaba ocupado por un ángel con esmoquin rojo, quieto y con la espalda enderezada.


A medida que la joven se acercaba a la mesa, la sala se iba iluminando ligeramente. En cuanto se sentó en el taburete vacío, un resplandor iluminó las paredes, el techo y los palcos, que hasta ahora resultaban invisibles. La sala se perdía a lo lejos. El suelo estaba decorado con alfombras rojas y negras con pequeños detalles dorados y las paredes estaban repletas de tapices con el mismo juego de colores. En los palcos de enorme magnitud había una multitud de millares de ángeles blancos, indistinguibles de aquellos que observaban la ruleta momentos antes. En la amplia sala reinaba el silencio.


El ángel rojo, hasta ahora inmóvil con las manos sobre la mesa, agarró toda la baraja de una sola vez y la mezcló rápidamente aplicando ostentosos trucos. 


—Bienvenida. ¿Está lista para jugar? —preguntó el ángel rojo sin parar de mezclar.


Sara miraba las cartas, su pierna derecha se movía frenéticamente, los dedos de sus manos estaban entrelazados, escondidos debajo de la mesa. Sara estaba ligeramente encorvada. Entonces alzó la cabeza y miró al ángel a los ojos.


—Sí, estoy lista —afirmó.


El ángel rojo repartió un total de trescientas ochenta y dos cartas a Sara. Cada carta tenía inscrita una acción diferente, detrás de la carta había un patrón de rombos negros y rojos rodeados por un contorno dorado.


Para comenzar la partida, el ángel puso una carta en el centro de la mesa en la cual decía: «Sara comienza el cole». La muchacha miró sus cartas y jugó una en donde había inscrito «Sara hace amigos» y, al instante, apareció un holograma a color sobre la mesa que mostraba a la pequeña Sara riendo y jugando en el patio de su colegio con otras niñas. Una vez acabó de jugar, el holograma se apagó. Acto seguido, el ángel crupier jugó una carta con la frase «Sara se distrae y suspende exámenes», el holograma ahora enseñaba una recopilación de exámenes con notas que iban desde un rango del cero al cinco, acompañadas con gritos y broncas por parte de los padres de Sara como banda sonora. Cuando la escena finalizó, Sara, con decisión, puso una carta en donde estaba escrita la frase «Sara estudia duro». A lo que el crupier contestó con otra carta con la inscripción «Sara saca dieces», el holograma ahora mostraba la antítesis de la proyección vista anteriormente: una serie de exámenes con notas perfectas y con palabras de ánimo con la voz de los progenitores de Sara sonando de fondo.


—Espera, ¿no se supone que tienes que contestar lo que hago con algo malo? —preguntó al crupier arqueando una ceja en expresión de sorpresa.


—No —contestó el ángel rojo secamente.


La partida siguió su curso. La joven pudo ver en el holograma cientos de escenas en las que, ya fueran felices o tristes, ella había participado activamente.


A mitad de la partida, una estridente alarma comenzó a sonar, venía de la zona de la ruleta. Sara se levantó de la mesa y recorrió todo el camino de luces de vuelta hasta llegar a la zona donde comenzó todo.

La ruleta estaba girando sola.


Los ángeles blancos seguían serenos, no parecía importarles en absoluto que el holograma se hubiera tornado rojo y que enseñara terribles escenas de los padres de Sara tirándose objetos el uno al otro mientras gritaban. Sara, en cambio, sí que tenía una expresión de pánico y preocupación. Contemplaba con horror todos estos momentos que se atropellaban: el divorcio, discusiones, silencios, ausencias, copas vacías, despedidas, fotos rotas… Escenas que pasaban rápidamente cada vez que la bola caía en una casilla negra.


—¡Que alguien pare la ruleta! —ordenó Sara.


Todos los presentes escucharon a Sara y la ignoraron. La ruleta giraba y giraba, cada vez más rápido, cada imagen mostrada en el holograma era peor que la anterior. La chica rompió a llorar, se tiró al suelo y dejó de mirar el holograma.


Cuando parecía que la rueda iba a salir disparada de tan rápido que rotaba, comenzó a desacelerar suavemente. Todos los sonidos que provenían del holograma se desvanecieron poco a poco. La iluminación de la sala volvió a la luz blanca de siempre. Sara se levantó, se giró y miró hacia la ruleta. La bolita había caído en una casilla verde.


Mientras Sara se secaba las lágrimas, el ángel del esmoquin verde apareció caminando desde la oscuridad, esta vez sin estar acompañado de ningún otro ángel.


—Hola, Sara. Ha salido el número cero en tu tirada de ruleta antes de lo que normalmente suele salir, por eso vengo a ofrecerte unirte a nuestro equipo. Tengo un esmoquin rojo hecho a tu medida y, si aceptas apagar tu holograma, puede ser tuyo —propuso el ángel verde en un tono neutro.


—¿Pero eso no significa que moriría? —preguntó.


—Morirías en la Tierra, pero aquí seguirías. Con el esmoquin blanco solo mirarías; con el rojo, jugarías en cualquiera de las mesas existentes. Te advierto que una vez te hacemos esta oferta, no volverá a aparecer. 


—Pero si decido morir ahora, me perdería toda la dicha de vivir, ¿no vivimos acaso los humanos para ser felices? Aunque haya casillas negras, las rojas son las que hacen que siga girando la ruleta; aunque el crupier tenga una mano capaz de acabar conmigo, es mi deseo por ganarle lo que me hace seguir jugando.


—Estás demasiado convencida de que la vida tiene que tener sentido. Mira a los ángeles blancos —el ángel verde señaló la enorme multitud que rodeaba la ruleta—, todo lo que pasa en los hologramas nos es indiferente. Por mucho que busques el sentido, jamás lo encontrarás en el universo; la vida nos da igual. Dudo que valga la pena sacrificar un uniforme rojo por unas casillas rojas. De hecho, dudo que la vida humana terrenal merezca ser vivida.


Sara bajó la mirada e introdujo las manos en sus bolsillos. Parecía estar pensando. Después de unos segundos levantó la cabeza y clavó su mirada en la inexpresiva cara del ángel verde.


—Si te soy sincera, me la refanfinfla lo que opine o lo que deje de opinar el universo de mi existencia. Quiero vivir. Quiero amar cada luz y cada sombra proyectada en el holograma. Deseo verme crecer, convertir el negro en rojo, dejar al crupier por los suelos —Sara paró para coger aire, estaba hablando demasiado rápido—, reírme por todo, reírme por nada, llorar por todo, llorar por nada y, más importante, aceptar este azaroso mundo tal y como es. Ningún ropaje de ningún color es capaz de hacerme rechazar el celeste de mi vida.


Tras sermonear al ángel, le dio un tortazo en la cara. Tras el golpe, el ángel se redujo a polvo y se fue volando entre la oscuridad.


Sara sonrió, se dio media vuelta y vio la ruleta, inmóvil.


Y así siguió aquella sagaz chica, jugando mucho cada día, sin parar. Viviendo cada giro como si fuera el último. Jugando cada carta como si fuera un as. Contemplando cada escena del holograma, viendo crecer a la Sara que allí se mostraba y aceptando cada resultado de cada juego.


Pasada una aparente eternidad, cuando la mujer ya había girado la ruleta infinitas veces y había disputado una inmensa cantidad de partidas de cartas, la todavía joven Sara contemplaba su holograma: la Sara de la Tierra ya era mayor, tenía hijos y nietos. La ruleta giró sin que nadie la activara, como lo llevaba haciendo estos últimos tiempos. La bola cayó en el número cuatrocientos treinta y ocho, una casilla roja. Rápidamente la imagen de Sara, ahora más mayor, dándole las buenas noches a sus nietos antes de dormir apareció en el holograma. Sara miró la escena y sonrió. Después de esto, la ruleta volvió a girar. La bola cayó en el cero y el holograma se apagó.


Sara se dio la vuelta, detrás de ella encontró al ángel verde con un esmoquin blanco doblado en sus manos.


—Nos vemos de nuevo, aquí tiene su esmoquin blanco. No tarde en cambiarse la ropa —dijo el ángel verde, tan inexpresivo como la última vez.


—¡Y tanto que me lo voy a poner ahora mismo! Al fin y al cabo, es la única prueba que tengo para demostrar que yo sí que he sabido vivir.


Sara agarró las vestimentas e instantáneamente obtuvo sus alas y su cáliz de vino. Sonrió y se dirigió a formar parte del pelotón de ángeles blancos.


Más tarde, entre nosotros, los ángeles blancos, comentábamos lo siguiente: con esta chica en nuestras filas se nos haría insufrible, por un tiempo, nuestra tarea: fingir que la vida de los humanos que aquí juegan no nos importa y que no vale la pena. Bien es cierto que tenemos que enseñarles que el universo es indiferente a su vida, pero estaría bien que también les enseñáramos cómo vivirla aun sabiéndolo… 


Dicho esto, mejor me callo. Si el jefe y los rojos me escuchan hablando así, no les hará ninguna gracia.


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