CREACIÓ D'UN AMBIENT
La frontera entre dos mundos, Hugo Costa
Como siempre, la cala estaba muy llena. Prácticamente no había sitio por dónde pasar y el ruido era algo insoportable: que si un grupo de adolescentes poniendo música, que si una familia gritando en un idioma de otro sitio, que si un niño pequeño (un poco pelma) gritando y llorando porque no le dejaban meterse en el agua, que si otro niño haciendo lo mismo porque no le dejaban el móvil, que si el socorrista con el silbato más agudo que debió encontrar en la tienda haciendo aspavientos a unos turistas que se estaban tirando de unas rocas hacia la apetecible y cristalina agua… Dejó el libro que estaba leyendo y se preparó para entrar en el agua quitándose las gafas y la gorra y cogiendo las gafas de buceo con el tubo para respirar. El sol caía con una fuerza casi tangible, haciendo que la arena ardiera bajo los pies. Caminó con cuidado entre las toallas desperdigadas por la superficie de la cala, los cubos de colores y las chanclas abandonadas al azar, esquivando a un grupo que jugaba con una pelota de playa que parecía tener voluntad propia, rebotando en cualquier dirección menos la deseada.
Al llegar a la orilla, el agua le recibió con ese primer contacto punzante y refrescante por la baja temperatura. Para evitar ese momento de agonía por frío justo antes de entrar completamente al agua, en cuanto llegó a la profundidad adecuada se tiró de cabeza aprovechando la entrada de una ola no muy fuerte.
Una vez sumergido entró ya en un entorno completamente contrario. El ruido tan intenso se había ensordecido, ahora solo se escuchaba ese sonido vacío del agua. El movimiento de fuera, donde tantas cosas pasaban a la vez, ahora era solo el de los peces nadando y las algas dejándose llevar. Buceando un poco más hacia el interior, observó como el sol se filtraba desde la superficie iluminando pequeños fragmentos de concha que relucían como si fueran pequeñas joyas. Siguió nadando despacio dejando que el sonido sordo de las burbujas le marcará el ritmo. Entre las rocas, algunos peces se movían con rapidez pero a la vez con cierta elegancia distraída. Se acercó a una de las paredes laterales, donde el agua se tornaba un poco más oscura y las algas se mecían al compás de la marea y parecían respirar, expandiéndose y contrayéndose como si el mar mismo tuviera pulmones.
Durante unos segundos se quedó quieto, flotando. Ahí abajo el mundo parecía perfecto, tan silencioso y tan simple. Le habría gustado quedarse ahí más tiempo, pero sabiendo que no podía subió despacio hacia la luz cada vez más intensa y, al romper con la superficie, todo volvió: las risas, la música, los gritos, el silbato. El mar era la frontera entre dos mundos diferentes.
El sabor de la perfección, Berta Farrés
El ambiente es pesado, una atmósfera caliente y pegajosa que se pega a mi piel. El calor procede de los fuegos, una fuente constante que convierte el lugar en una zona de vapor y esfuerzo. El metal de los utensilios refleja la luz bajo la intensidad del trabajo.
Mi oído se satura con muchos ruidos. El sonido seco y constante del acero al afilarse, que indica precisión. Luego, el corte rápido de las tijeras sobre las hierbas. De fondo, el murmullo de la sopa hirviendo, un chup-chup insistente.
Las voces se alzan en órdenes cortas y tensas. Gritos que marcan el ritmo: "¡Más deprisa!", "¡A la mesa cinco!", "¡Atención a eso!". No hay espacio para la calma, solo para la ejecución rápida.
Los olores son una mezcla fuerte. El humo de la grasa caliente se junta con el aroma de una salsa espesa y el olor penetrante del sudor, que demuestra el esfuerzo físico. Percibo el dulce perfume del azúcar caramelizándose y el agrio toque del limón recién exprimido. También huelo el terroso olor a champiñones salteados.
Pruebo algunas cosas. Un sorbo de caldo salado y profundo, seguido de una miga de pan crujiente con una mantequilla suave y ligeramente avellanada. Luego, un bocado de fruta ácida y refrescante que contrasta con el ambiente denso.
El espacio se siente reducido, hasta asfixiante. Cada movimiento debe ser medido para no chocar con los demás. Hay una energía nerviosa que recorre a los cocineros, mi cara muestra concentración absoluta. Es un lugar cerrado donde la única regla es la precisión, la velocidad y asegurarse de que todo sea perfecto.
La rosa, Clara Molist
Me desperté con el sonido de la voz del conductor del bus indicando que aquella era la última parada. Estaba volviendo a casa después del colegio y me encontraba tan cansado que me había quedado dormido. No era la primera vez que me pasaba y sabía lo lejos de casa que me encontraba y lo difícil que era encontrar transporte para volver a esas horas y en esa zona que parecía estar siempre desierta.
En las afueras de la ciudad el ambiente es muy tétrico, muchos afirman que se debe al gran cementerio que se encuentra allí. Lo cierto es que los árboles de la zona son menos verdes y tienen menos hojas, parece que tampoco tengan vida ya. Además, se trata de un lugar muy silencioso, solo suele escucharse el sonido de los cuervos que viven allí junto con las finas arañas que tejen sus telas en la gran puerta de hierro forjado que da paso al interior del cementerio, una puerta que ya casi nadie abre.
Aunque pueda resultar extraño, por mucho que en la ciudad haga buen tiempo, la zona de encima del cementerio siempre está nublada, a pesar de que nunca llegue a llover, como si eso fuera pedirle demasiado al lugar. Para dramatizar todavía más la situación, ese día hacía mucho frío para estar en plena primavera y se escuchaban fuertes truenos de vez en cuando. Como siempre, estaba todo lleno de una húmeda y densa niebla que nunca deja ver lo grande que es el espacio.
Sin duda es un cementerio enorme y, a pesar de estar lleno de personas sin vida, todos los que pasan por allí aseguran haber sentido presencias extrañas y apenas nadie se atreve a entrar dentro. En el centro del cementerio hay un sauce enorme que parece estar muerto también, cuyas ramas se mueven con el viento.
Algo que acostumbra a llamar la atención a quienes lo ven por primera vez, es el hecho de que, a pesar de ser un cementerio muy grande, no hay tantas tumbas, ya que estas están extremadamente separadas las unas de las otras, y es muy curioso el hecho de que ninguna de ellas tenga nunca encima ningún tipo de flores, como si el color estuviera prohibido en este sombrío lugar o aquellas almas estuvieran ya totalmente olvidadas; todas excepto la tumba más cercana al sauce, que siempre cuenta con una rosa blanca en perfectas condiciones.
Una persona, un instante, Marc Puig
El soldado estadounidense Macarthur está a segundos de alcanzar la costa de Normandía. Antes de llegar coge su pequeño diario de dentro del bolsillo de su chaqueta de guerra, lo abre mientras todas las gotas de lluvia caen sobre sus hojas y logra sacar una foto de su mujer, por si la ve por última vez. La lancha frena y alcanza la costa de Normandía, al abrirse las compuertas empieza una lluvia de disparos donde acaba muriendo la mitad de la tripulación, y el general rápidamente comunica que bajen por los lados.
Macarthur cae al mar y nota como el agua helada le sube hasta el torso, y como el cuerpo al instante se le congela. Al dejar atrás la lancha siente como si hubiese cruzado un límite sin retorno. Frente a él se le abre una playa de arena negra y removida por culpa de las explosiones, con cuerpos sin vida, restos de hierro y madera. Rápidamente logra resguardarse en una trinchera natural provocada por una explosión, de fondo se escucha un ruido aplastante y constante, las ametralladoras alemanas disparan sin descanso mientras las balas caen en la arena y el agua. Junto a este alboroto, se escuchan órdenes de generales confusas y gritos desolados de soldados con heridas incurables. A Macarthur le cuesta respirar, el aire es una mezcla de pólvora y humo, provocado por la artillería pesada, cuando respira nota una punzada en el pulmón como si fuera una astilla.
Macarthur ve a su pelotón detrás de un coche militar blindado, resguardándose de las balas y granadas que lanzan los artilleros alemanes. El soldado se decide y avanza. Mientras corre hacia ellos debajo de una ráfaga de balas, nota como su casco oprime su cabeza, la chaqueta llena de agua y botas llenas de fango se le pegan al cuerpo y le pesan.
Macarthur está a punto de llegar, sus compañeros le señalan con la mano y le dicen que se tire al suelo, pero él no los escucha ya que el sonido de las bombas aéreas y las balas eclosionando con la arena y los metales se lo impiden. Pero entonces, en medio de todo ese ruido, los logra entender: una granada está parada delante de él. El soldado se queda helado, en lo que parece un instante eterno, empieza a recordar aquellos momentos pasados tan felices que vivió en su infancia, y con su mujer. En un segundo, todo se vuelve negro, y el cuerpo sin vida del soldado cae al suelo, hundiéndose en el fango de un charco, mientras las gotas de lluvia caen sobre el cadáver de lo que antes era una persona.
No hay esperanza para el vencedor, Marta Riveiro
Los rayos de sol del mediodía caían sobre la piedra del magnífico Coliseo. Los imponentes arcos se extendían alrededor del edificio, proyectando sombras alargadas sobre la arena. Dentro se oían los murmullos de los espectadores, que se convertían en gritos cuando un gladiador hacía un movimiento. La tierra se levantaba cada vez que los combatientes daban un paso, formando una sucia neblina de polvo que flotaba en el aire. Se podía oler la tensión, la agresividad y la sangre en la atmósfera.
Los gladiadores iban equipados con brillantes espadas de hierro, escudos pesados y cascos que relucían bajo el sol. Las gotas de sudor les caían por el rostro y el resplandor de las armas cegaba momentáneamente a los que observaban desde las gradas, repletas con los habitantes Roma, los cuales rugían de emoción. En lo alto, ondeaba la capa roja del emperador, que observaba satisfecho aquel entretenido espectáculo armado.
El sonido del metal al chocar resonaba como un trueno. Cada golpe hacía vibrar el aire, y cada caída levantaba euforia o decepción entre el público que observaba con impaciencia para saber si habían ganado sus apuestas. Cuando el combate finalizaba, se hacía el silencio en el Coliseo, y el vencedor levantaba su espada tintada de rojo hacia el cielo en señal de victoria. La multitud estallaba en vítores, pero aun así el gladiador no mostraba ni una sonrisa, porque sabía que todavía le quedaban muchas batallas por delante, y que, para liberarse de los combates, tendría que morir luchando.
Miedo sobre blanco, Greta Roca
Parecía que mi mundo pendía de un hilo: todos mis conocimientos, todo lo que yo era y sabía, iban a quedar reducidos a una hoja. Un único fallo bastaría para que el esfuerzo de tantos meses se desvaneciera sin dejar rastro.
El pasillo, largo y estrecho, estaba saturado de cuerpos inmóviles. Éramos unas veinticinco personas respirando el mismo aire pesado, cargado de nervios. El silencio no era real: se rompía con toses nerviosas, pasos inquietos y el roce de mochilas contra la pared. El miedo se podía oler a kilómetros. Afuera, el cielo gris aplastaba el edificio.
Nadie parecía realmente presente. Los rostros estaban pálidos, las miradas perdidas en el suelo o clavadas en un punto inexistente. La ropa parecía descuidada, arrugada, elegida sin pensar; no por falta de gusto, sino porque esa mañana nada importaba excepto sobrevivir al examen. El olor a sudor frío y a papel viejo se mezclaba con el del suelo húmedo recién fregado.
Tras los cinco minutos más largos de mi vida, entré. Lo hice casi temblando. Una gota de sudor me resbaló por la sien y terminó cayendo al frío y sucio suelo, rompiendo el silencio con un sonido apenas perceptible. Las mesas estaban separadas por casi cinco palmos, como si aquella distancia pudiera evitar que compartiéramos la ansiedad. Entonces, llegó el momento.
El silencio se volvió absoluto al repartir los exámenes. solo se oía el arrastre de las sillas, el crujido de la madera y la respiración agitada de algunos compañeros. A medida que escribía, observaba de reojo: piernas que no dejaban de moverse, manos húmedas que dejaban huellas en la mesa, miradas que subían al techo como buscando respuestas invisibles. Algún suspiro escapaba cargado de frustración.
Miré por la ventana. El cielo se había oscurecido aún más y los pájaros volaban bajo, inquietos. Entonces comenzó la lluvia. Las gotas, grandes y pesadas, golpeaban el suelo y los cristales con violencia, marcando un ritmo caótico que competía con nuestros pensamientos. Por un instante, todos levantamos la vista, tentados a distraernos y a buscar alivio en cualquier cosa que no fuera el papel frente a nosotros.
El reloj colgado en la pared dominaba la sala. Cada tic-tac era un golpe seco en la cabeza, un recordatorio constante de que el tiempo avanzaba sin compasión. Las agujas parecían girar demasiado rápido, burlándose de nosotros. Algunos lo miraban con rabia; otros, con miedo.
El aire se volvió más denso. El olor a tinta fresca y a nervios se intensificó. Mis dedos empezaron a doler, rígidos, mientras el bolígrafo raspaba el papel. Leí una pregunta varias veces hasta que las palabras comenzaron a perder sentido. Afuera, la lluvia no cesaba. Dentro, el tiempo nos acorralaba.
Y allí, rodeado de silencio, lluvia y latidos acelerados, comprendí que ya no había escapatoria: solo quedaba resistir hasta el final.
Entre el mar y la ciudad, Félix Vidal
Caminar por el paseo marítimo de Barcelona es como salir completamente de la ciudad, con cada paso que hago siento el suelo blando y caluroso, y este olor a mar que me irrita pero a la vez me tranquiliza porque me hace saber que no estoy en la Barcelona que conozco.
Veo a gente por todas partes: turistas con cámaras colgando del cuello, ciclistas que pasan a toda velocidad y corredores que avanzan concentrados, siguiendo la línea interminable del paseo. Algunos caminan descalzos, y menos mal que no puedo oler sus pies de lejos, porque muy buen aspecto no tienen. Otros caminan con los zapatos en la mano con la arena aún pegada entre los dedos,otros se sientan en bancas mirando hacia al mar fijamente como si hubiera algo más allá del horizonte.
El aire está lleno de sonidos: el timbre de las bicicletas pidiendo paso, risas, conversaciones en distintos idiomas, las cuales intento entender. El humo de los chiringuitos desprende un olor a pescado muy bueno pero que al final te deja un regusto amargo debido al café.
La arena aún conserva el calor del día y la gente deja huellas en ella que, poco a poco, desaparecen. A lo lejos puedo escuchar a un saxofonista tocando su instrumento acompañado con las olas del mar, es un dúo inigualable.
Sigo caminando, observando, escuchando y respirando ese ambiente único donde el mar y la ciudad se encuentran. Me siento uno más en el paseo, en el ruido y en el paisaje, disfrutando de un momento único que, sin costar dinero, para mí no tiene precio.