RETO 8: QUÉ SIENTE O PIENSA UN OBJETO

 

 

Una vez quise escribir una historia desde el punto de vista de un árbol. La idea de base surgió al ver un roble al lado de la carretera que lleva a McMinnville. Cuando pasamos con el coche pensé que, cuando ese roble era joven, la Autopista 18 sería un tranquilo camino rural. Me pregunté qué pensaría el roble de la autopista, de los automóviles. Pues bien, ¿de dónde saco la experiencia del árbol para que mi imaginación la elabore? Aquí los libros no son de gran ayuda. Los árboles no llevan diarios. Mi propia observación es el único material de la experiencia con que cuento. He visto un montón de robles, he estado cerca de robles, me he metido entre algunos, por fuera, al treparlos; ahora quiero estar en uno también por dentro. ¿Cómo se siente uno al ser un roble? De entrada, grande; animado, pero tranquilo, y no muy flexible, excepto en las puntas de las ramas, donde le da el sol. Y hondo, muy hondo: con raíces que se internan en la oscuridad… Vivir arraigado, permanecer doscientos años en un mismo lugar, sin moverse, pero viajando muchísimo a lo largo de las estaciones, los años, en el tiempo… Bueno, sabes cómo se hace. Ki hiciste de niña, lo sigues haciendo. Si no lo haces, tus sueños lo hacen por ti. En los sueños, en la imaginación, empezamos a ser el otro. Soy tú. Caen las barreras.

 

Contar es escuchar, Ursula K. Le Guin

 

El azucarero es la casa del azúcar.

Y cuando por las tardes le dé por pensar, imagina que cada grano es un pequeño niño de nieve dulce. Cientos, miles de niños minúsculos que se ríen bajito.

Y el azucarero está seguro de que la vida es como un invierno sin frío. E imagina países de nieve dulce.

 

El lenguaje de las cosas, María José Ferrada

 

Las cosas

 

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías

notas que no leerán los pocos días

que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada

violeta, monumento de una tarde

sin duda inolvidable y ya olvidada,

el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¿Cuántas cosas,

limas, umbrales, atlas, copas, clavos,

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.

 

J. L. Borges

 

 

En el primer texto, Ursula K. Le Guin nos explica cómo una vez intentó escribir desde el punto de vista de un árbol. En el segundo texto, María José Ferrada se pone en la piel de un azucarero. Por último, en el melancólico poema de Borges, Las cosas, el poeta reflexiona acerca de que, después de nuestra partida final, las cosas no sabrán nunca que nos hemos ido.

 

Como ellos, en este reto vamos a mirar los objetos y preguntarnos qué piensan, qué sienten, más allá de su utilidad práctica que todo el mundo conoce.

 

Para ello, debemos aprender a mirar desde el asombro y la novedad, como es la mirada de un niño. Dentro de nosotros hay una niña o un niño que echa de menos el juego; pero, por lo general, nuestra parte adulta no le deja gritar, correr por el parque, llenarse de asombro. Ser niño es venir desde la no existencia al mundo, es despertar y recordar un sueño. Esto nos alimenta siempre, tengamos la edad que tengamos.

 

El reto 8 consiste, pues, en imaginar qué siente o piensa un objeto. Elige el objeto que quieras (por ejemplo, un reloj, un lápiz, un termómetro, la alfombra de nuestra habitación…), permite que exista con su propia personalidad. Déjalo hablar en 1ª persona, a ver qué nos explica…

 

No hay límite de palabras, lo importante es conseguir identificarse con el objeto y plasmarlo en la escritura.

 

 

El Espejo, de Julieta Añoveros

 

Todo empezó el 27 de marzo de 2018. 

 

Mi día a día era ver pasar a gente continuamente delante mío, mientras se miraban, se arreglaban… Hasta que un día un hombre de estatura media y pelo castaño me recogió y me llevó a su casa, donde me colocó enfrente del vestidor. Le solía ver cada mañana y cada noche, cuando se despertaba y antes de irse a dormir. 

 

Una tarde se vistió más elegante de lo normal, con un traje azul oscuro junto a una corbata a juego. Se le veía muy nervioso y más desaliñado que de costumbre. Sobre las dos y media de la madrugada volvió acompañado de una mujer muy atractiva, con la que compartieron momentos muy felices durante los siguientes meses. Empezaron a frecuentar mucho sus visitas tanto que empezó a dejar ropa suya en el vestidor, sus pertenencias por el cuarto y más cosas que daban por hecho que su relación se estaba formalizando. 

 

Un día cualquiera hizo una pequeña fiesta en la que había muchas, muchas chicas. Él entró con una mujer diferente a la que solía venir siempre y que prácticamente vivía aquí, no entendía nada, ¿por qué estaba con otra diferente?, ¿lo habrían dejado?, ¿le estaría siendo infiel? Nada tenía sentido, parecía que se querían muchísimo, tal vez no era lo que él esperaba. A mí se me hizo muy difícil presenciar eso, ya me había acostumbrado a la otra chica, esta no me gustaba mucho. Al día siguiente ella despertó en la habitación y se fue corriendo sin despertarlo, intentando hacer el mínimo ruido posible y con cara de arrepentimiento. Yo estaba confuso, no entendía por qué no se quedaba a desayunar con él o al menos decirle adiós, era todo muy extraño. 

 

Pasaban los días y la primera chica no venía, di por hecho que la relación había llegado a su fin. Pero un día, de repente, llegó ella toda emocionada con una maleta, venía a darle una sorpresa, supongo que volvería de un viaje muy largo. Me quedé impactado con la facilidad que tuvo el chico para tratarla igual que antes de que se fuera, como si nada hubiera pasado en aquella fiesta. Me sentía muy impotente, no podía hacer nada por la pobre chica ilusionada que vivía en una constante mentira. 

 

Pasaban las semanas y todo seguía igual, él no decía nada, a la pobre se le veía cada vez más enamorada, y eso no era lo peor, sino que la otra seguía viniendo cuando ella no estaba. Cada vez me gustaba menos presenciar esas infidelidades y no poder hacer nada al respecto. 

 

Un día, él trajo una caja enorme de cartón, al abrirla sacó un rectángulo enorme de color marrón y, al darle la vuelta, me vi reflejado, ¡era un nuevo espejo! ¿Me cambiaba a mí también por uno nuevo? Me sentí muy traicionado y, a la vez, angustiado porque nunca sabría cómo acabaría la triste historia de esa relación sin futuro.

 

 

La cámara de Mencía, de Carolina Ayo

 

No recuerdo exactamente de dónde vengo. Lo que sí recuerdo es la primera vez que vi su cara. Era pequeña, muy pequeña. Tenía los puños cerrados y estaba encogida en los brazos de su madre, que la miraba agotada y llena de amor. Le enfoqué con el objetivo. Estaba lista para disparar la foto, y entonces la recién nacida abrió los ojos. Unos bonitos y grandes ojos grises. Esta fue la primera fotografía de Mencía. 

 

El primer año fue muy bueno. Cuando conoció a sus abuelos, su primer baño, durmiendo con su hermano… El segundo y tercer año fueron muy graciosos. Sus primeros pasos, sus primeras palabras, amigos, dientes, risas… Recuerdo una vez que me cogió sin la supervisión de sus padres y, toqueteando los botones, se hizo una foto sin darse cuenta, hasta que se resbaló y me caí al suelo. Por suerte, era una niña de dos años, así que no me hice más que un pequeño rasguño en la parte derecha de la pantalla. 

 

Su infancia siguió con normalidad. Empezó el colegio, hizo amigos… Aún tengo grabado el baile que hizo con su prima a los siete años en la cena de Navidad. Me llevó con ella al viaje a Kenia, cosa que agotó casi toda la memoria y el espacio. Pero valió la pena. 

 

Pero, sin embargo, todo empezó a cambiar en primero de la ESO. Capturé la imagen de su regalo de cumpleaños. Era un iPhone. Al principio me pareció bonito. Lo vi un par de veces. Luego, me quedé en el estante de siempre. Pero esta vez Mencía no vino a por mí para fotografiar sus regalos de Navidad. Tampoco vino en el cumpleaños de su abuela, ni el último día de clases. Hasta que llegó la Navidad siguiente. Poco a poco lo escuchaba todo más lejano. No estaba rodeada por nada más que por unos clips, una libreta y unos rotuladores secos que usaba de pequeña Mencía. Recuerdo que una vez me dibujó a mí con ellos, en la libreta que tengo al lado. Y aquí estábamos. La infancia de Mencía, en una vieja caja que había acabado en el desván. Y, poco a poco, me sumí en la oscuridad. Notaba mis fuerzas apagándose, mi batería se agotaba, hasta que caí en un sueño negro.

 

No sé cuánto tiempo hace de eso. Ahora me he despertado en una habitación, conectada a la corriente.  Solo sé que la chica que me sostiene en las manos en este momento parece tener unos veintipicos años. Pero no es hasta que enfoca el objetivo que la reconozco. Su pelo rubio, sus grandes ojos grises y su lunar encima del labio. Es Mencía. Sonríe al ver que me enciendo. 

 

—¡Mira mamá! ¡He encontrado mi cámara!

 

 

El fuego de la chimenea, de Marina Campo

 

-¡Hola Marina! ¿Qué tal estás?

 

-¡Muy bien! Me encanta volver a verte y sentarme en este sofá mirándote. Y tú, ¿qué tal estás?

 

-Pues muy contenta de que estéis aquí. Ahora hace tiempo que no veníais y me encontraba un poco apagada, pero al veros me he alegrado muchísimo porque sé que me lo voy a pasar genial.

 

Estos días me acordaba del último fin de semana que vinisteis con unos amigos y como hacía tanto frío estuvisteis conmigo todos los días en casa haciéndome compañía. Es un placer ver como os acurrucáis en el sofá para ver la tele o para leer, pero lo mejor es cuando os quedáis en silencio mirándome.

 

-Sí. ¡Es verdad! Cuando estoy delante de ti me quedo embobada y parece que no necesito pensar en nada.

 

-Tienes razón, querida Marina. Dicen que mirar el fuego de una chimenea es como mirar un bebé recién nacido. Las personas os quedáis como encantadas por un hechizo mirándome y sé que así os relajáis y os podéis olvidar de los problemas.

 

Y tú siempre lo has hecho. Aún me acuerdo de cuando eras pequeña y querías aprender a encenderme. ¡Cuánto me reí el día que te quemaste al coger un palo que se había caído fuera de la chimenea! Yo te grité para que no lo cogieras pero, como todavía no habías aprendido a hablar conmigo, no me pudiste oír.

 

-¡Uf! Ya me acuerdo. Lo pasé fatal y tuvimos que ir corriendo a la farmacia para que me dieran una pomada para las quemaduras.

 

-¡Qué gracia! Y al volver a casa estabas como enfadada conmigo. Parecía que yo tuviera la culpa. Pero al poco rato ya estabas otra vez intentándolo. ¡Y al final lo conseguiste!

 

-Sí. Lo que me da más rabia es que sólo te podemos ver arder cuando es invierno. Esta estación sólo me gusta porque podemos ir a esquiar y porque podemos estar contigo mucho rato. Bueno, y también para celebrar la Navidad, en especial el día de Reyes.

 

-A mí me pasa lo mismo, pero al revés. La mejor estación es el invierno porque cuando venís siempre estáis conmigo. El resto del año me aburro bastante porque o la casa está vacía o, si estáis, no me hacéis caso. En verdad, prefiero que estéis, aunque no me utilicéis.

 

-¡Ya! Cuando estoy en Barcelona a veces pienso en ti y me da un poco de pena imaginar que estás sola.

 

-Pues es verdad. Mi vida es como una pequeña montaña rusa. En invierno cuando estáis en casa no paro ni un momento. Me paso toda la tarde ardiendo con tanta leña que ponéis y, por la noche, cuando os vais a dormir, me quedo con todas las brasas que se van apagando poco a poco, pero las oigo cómo hablan y se cuentan todo lo que hemos visto durante el día. Y por la mañana volvéis para quitar la ceniza y volverme a encender. A veces es un poco estresante, pero me siento muy útil calentando el comedor y viendo lo a gusto que estáis.

 

Sin embargo, cuando os vais o cuando llega el calor ya no hago nada y no tengo con qué distraerme. Pero ya hace tiempo que aprendí que tenemos que aceptar como somos y que a veces tenemos que pasar momentos que no son divertidos. Estos momentos son buenos porque así nos vamos conociendo y, además, también sirven para prepararnos para cuando alguien nos necesita.

 

Imagino que te debe pasar lo mismo cuando no puedes estar con tus amigas y tienes que hacer lo que no te apetece. Tenemos que aprender a aceptarlas para crecer y hacernos mayores. Y la soledad puede ayudarnos.

 

-¡Oh, querida chimenea! ¡Cuánto me gusta hablar contigo! Siempre aprendo cosas y me haces ver la vida con optimismo. Ahora me voy a dormir. Mañana volveré pronto para estar más rato. ¡Aunque haga calor!

 


El alma de un roble adulto, de Gabriela Durbán

 

Tengo miedo. Cada día mi dueño coge a tres o cuatro de mis hermanos y nunca regresan. No sé ni a dónde van ni cómo acaban. Ser la última hoja de un paquete de folios no es ninguna suerte. Mi vida es un enigma, más bien mi muerte, ya que fallecí cuando las inaguantables criaturas llamadas personas talaron el árbol de donde procedo, un roble que en su etapa adulta ya había desarrollado el tronco con un color indefinido tan característico, las ramas habían crecido formando un laberinto, las hojas se despedían al mismo tiempo que octubre, cuando estas ya estaban completamente marrones y nos saludaban cuando la primavera asomaba y nos llenábamos de color y esplendor. Sin embargo, la belleza de la naturaleza no fue un impedimento para los altivos seres humanos a la hora de matarnos. En vida me llamaban Pulpa de Celulosa, en cambio, al fallecer, pasé a ser una hoja de papel. Una vez muerto he habitado en tres lugares. Primero, en una fábrica de Barcelona llamada J. Vilaseca S.A. donde mi alma se transformó en un folio DIN A4 y me juntaron con quinientos de mis hermanos, teniendo la mala suerte de ser el último del paquete. Más tarde, tomé lugar en una papelería llamada Abacus, donde me colocaron en una estantería y me pusieron un precio. Un día, aparentemente como siempre, apareció una familia un tanto agobiada. La mujer, que yo supuse que era la madre, no paraba de tocarse la cabeza como gesto nervioso, mirar un post-it una y otra vez y decir una frase repetidamente: “¡Es once de septiembre, mañana empieza el cole y no hemos comprado nada!” Al cabo de un rato, esta misma familia me metió en su cesta y me compró. 

 

Hasta ahora vivo en el mueble de la entrada de la familia Ruiz. Me persigue una constante angustia todos y cada uno de los días. Cada vez estoy más solo, pues, ya solamente quedamos cuatro. Hoy, tres de octubre, son las doce de la mañana y el Sr. Ruiz ha cogido a un par de mis hermanos. Los dos restantes estamos histéricos, diría que mi respiración se está acelerando, pero la verdad es que eso es del todo imposible. Intento calmarme, pero es en vano cuando Mateo, el hijo mayor, coge las últimas dos hojas restantes. Mi hermano y yo nos asustamos al ver a otros de los nuestros desperdiciados, tirados con un solo garabato a la basura, ¿qué clase de final es ese?, espero que su futuro vaya a mejor… 

 

Mientras Mateo nos lleva a un parque, mi hermano aprovecha el viento para intentar escapar. En el momento en que se da cuenta que no puede, lleva a cabo un terrorífico plan con el que no estoy para nada de acuerdo. El bailoteo que nos produce el viento le permite cortar a Mateo, produciéndole una brecha, no muy profunda, pero sí lo suficiente como para que le sangre la palma de la mano y que mi hermano se manche. Nuestro dueño corre rápidamente a tirarlo. Mientras Mateo se cura el corte, me da tiempo a despedirme:

 

–Siento mucho lo que te ha pasado aunque no esté de acuerdo con lo que has hecho -le comento con tristeza al que ha sido el hermano que he tenido por más tiempo a mi lado.

 

–No te preocupes, sé que acabaré en un lugar mejor -me dice intentando consolarme-, tú solo cuídate, espero que nos veamos pronto. 

 

Y así, con estas palabras, mi dueño, que no se había enterado de nada, pero ya había acabado de sanarse, procedió a llevarme al parque de la Paz. Delante de una fuente, empezó a redactar en mí. Al principio, cegado por la ira, no quise ni mirar el contenido del escrito. Pero en cuanto el boli de Mateo dejó de trazarme, me di cuenta de que era una carta de amor a una chica llamada María. Nunca me había dado cuenta de la diferencia de edad que hay entre hermanos. Mientras que Juan, el pequeño, todavía iba al colegio, el hermano mayor ya estaba acabando la carrera. Mateo me dobló y me puso en un sobre. Llegué a casa de una chica, que yo supuse que era María, el cinco de octubre. En cuanto me abrió y leyó mi contenido, la joven empezó a derramar lágrimas, una detrás de otra, al principio caían a cuentagotas, pero con el transcurso del tiempo estas se aceleraron. Acto seguido, María sacó el móvil de su bolsillo y llamó a Mateo. ¡Quería quedar con él! Me colgó en su habitación para poder tenerme así a la vista. 

 

Cinco años después, el cinco de octubre de 2028, María, como cada noche, me leyó; sin embargo, esta vez fue diferente, al acabar murmuró: “mañana nos casamos”. Desde ese día no puedo evitar enternecerme con la pareja. Nunca pensé que la especie que me había fastidiado la vida pudiese haber sido también la que daba sentido a mi muerte. 

  



El Big Ben, de Mariona Puig

 

Una fría noche de octubre en 1834, el palacio Westminster de Londres, conocido como el parlamento británico, ardió en llamas y quedó completamente destruido. Lo reconstruyeron pero no donde yo estoy posicionado.

 

1859, aquí mi mandato y mi puesto como vigilante comienzan. Fui encargado para indicar la hora desde cualquier ángulo de mi ciudad. Fui construido en honor a la Reina Victoria, mi queridísima amiga, viene a visitarme a cualquier hora y momento del día, pero después del incendio de dicho palacio ya no había espacio disponible y decidieron construirme a mí. La propuesta de mí nombre fue famosa, me acabaron llamando el Big Ben a causa de ser grande, alto y considerado una maravilla del mundo. ¡Qué bien suena eso!, me siento orgulloso de mí. Siendo la tercera torre más alta, se me sube el ego, veo constantemente gente a todas horas, nunca duermo. 

 

Estoy posicionado todo el día, no me puedo mover de donde estoy, es que claramente sé que, aunque quisiera moverme, nadie haría mi trabajo mejor que yo. Veo coches que conducen por la izquierda, cosa que me parece extraña porque soy diestro y mis brazos giran en sentido contrario a la conducción. Tengo grandes amigos que van pasando a verme como los relojes de mano, de bolsillo, electrónicos, en la televisión, en móviles… Todos me admiran y siempre que vienen me hacen ver lo valioso que soy, tanto para ellos como para los seres humanos, aquellos que no pueden vivir sin tener constancia del tiempo. Hoy he descubierto la gran pregunta del millón durante el día, ¿qué hora es?, juraría que le contesté yo mismo al señor pero supongo que por mi altura no me escucharía, me di cuenta de que estaba preguntándoselo a una joven chica, le dijo que eran las cinco y cuarto. Rápidamente el chico salió corriendo y yo me reí porque sabía que llegaba tarde a algún lado.

 

Hay gente que es impuntual de por sí y no se le puede ayudar pero durante mi estado y poder me aseguro de que mi ciudad, en general, sea puntual. ¿Te imaginas que un reloj llega tarde a algún lado?, estarás pensando que es imposible porque siempre suelen estar en hora o adelantados. Hubo un día en el que tuve un fallo técnico que me hizo perder la noción del tiempo, nunca mejor dicho, hice entrar a los ciudadanos 10 minutos más tarde en plena celebración de año nuevo, cosa que me impactó. Me sentí abrumado, fastidiado, decepcionado conmigo mismo. No sé qué me pasó. 

 

¿Cómo pude cometer ese fallo? Llamé a mis amigos los relojeros y me dijeron, al venir, que una ruedecilla muy pequeña estaba rota y que por eso había tenido ese pequeño percance.

 

Desde ahí me prometí valorar la puntualidad, la mía y la de mis ciudadanos claramente, de manera que, como consecuencia de este error, me propuse hacer campanadas dentro de mi cuerpo para que todo el mundo se acordara de las horas punta. 

 


 

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