RETO 10: EL MICRORRELATO

 

El microrrelato es un relato llevado a su mínima expresión. No debe superar una página y, por tanto, tiende a ser muy concentrado y contiene sorpresa y emoción (se considera microrrelato al relato que contiene menos de 500 palabras).

 

Como género narrativo pero condensado, el microrrelato tiene una única condición, la de responder a una pregunta: “¿Qué pasó?”.  Se trata de sintetizar en pocas frases lo ocurrido. De ahí que no pueda ser una trama larga, ni contener muchos personajes. No importa qué pretenda contar, sino que lo cuente con la mayor brevedad y precisión.

 

“Se lo compara con un rayo, con un estallido, con una fragancia, con un relámpago” (Cómo escribir un microrrelato, Ana María Shua). Un instante, un detalle puede dar pie a un microrrelato y constituir un todo en sí mismo. No importa si no cuenta nada, lo relevante es lo que no se cuenta, lo que está detrás, lo no contado. Para ello conviene elegir muy bien los términos, conociendo muy bien su significado, sabiendo muy bien lo que se quiere expresar. Ajustarse a las palabras exactas. El microrrelato sobretodo pretende sugerir, más que mostrar o describir.

 

Por lo general, tiene un final sorpresivo que te deja pensando. Un lector turbado es la prueba de haberlo conseguido. Un truco es empezarlo y acabarlo con el mismo sujeto o situación (lo que llamamos estructura circular). Si principio y final se tocan, tenemos parte ganada; sino corremos el riesgo de que el efecto que pretende se disgregue, provocando en el lector más de una pregunta.

 

Su género puede ser fantástico, filosófico, social, terrorífico, costumbrista… Incluso entre las historias de la vida podemos encontrar algunas que nos sorprendan, historias reales en las que resaltamos algún detalle o instante sensitivo.

 

Veamos algún ejemplo:

 

“El último hombre sobre la Tierra estaba solo en una habitación. Sonó una llamada a la puerta…” (“La llamada”, de Frederick Brown).

 

El programa de radio "La Ventana" Cadena Ser realiza un concurso semanal (los lunes) de microrrelatos junto con un premio definitivo anual de los finalistas.Incluso, si te atreves, tú mismo puedes participar en el Concurso.

 

RETO 10: Escribe un microrrelato que no supere las 100 palabras. Al escribirlo, intenta responder a la pregunta: “¿Qué pasó?”. Elige las palabras que se ajusten adecuadamente a lo que se quiere decir. Intenta turbar al lector.

 

Para este último reto hemos contado con la visita de la profesora Marian Mir, quien nos habló sobre su experiencia como escritora de microrrelatos. Adjuntamos algunos de sus microrrelatos junto al de los alumnos.

 

MICRORRELATOS DE MARIAN MIR

 

MÁSCARA


Que máscara significa persona lo aprendí sin tener que recurrir a la cultura clásica y al estudio etimológico de las palabras. Cada tarde, día tras día, ella se hacía la cara. “Conste que yo me arreglo para no ofender”, puntualizaba. Y no era una disculpa sino más bien una declaración de principios. Su enorme sentido de la estética la llevó a un mundo lleno de contornos que como una camisa de fuerza la inmovilizó y finalmente la mató. Porque la rigidez de sus últimos años fue sin duda consecuencia de ese aborrecimiento de su físico que la dejó sin coartada.
 
Se hacía la cara y aquello era una operación rigurosa y realizada con precisión matemática. El momento supremo llegaba cuando se disponía a rizarse las pestañas. Colocaba el siniestro aparato en posición vertical y literalmente cazaba la hilera de pestañas que quedaban prensadas en aquel semicírculo con forma de ojo y bordes de goma. Y apretaba. Aquello tenía algo de violento y sutil al mismo tiempo, como cuando cazábamos mariposas y las apretábamos entre los dedos mientras mirábamos fascinados el movimiento de las patas que se agitaban en un grito mudo y exasperado. De aquello luego sólo quedaba el polvo de los dedos. Para hacerse la raya apoyaba un dedo en la mejilla –“para mantener el pulso”, decía– y con el corazón y el pulgar iba dibujando esa línea que bordeaba el ojo y lo agrandaba. Luego venía el contorno de labios y las sombras que daban o quitaban volumen aquí y allá. Creo que para entonces ya se había convertido en persona, pues lentamente su espíritu se iba liberando de la penosa carga de aborrecerse hasta la náusea. Y entonces se la veía feliz, con ganas de salir y llamar a la gente y dar fiestas, que eso le gustaba mucho.
 
Su sueño hubiera sido ser guapa por naturaleza –buen pelo, buen cutis, buenos ojos, labios carnosos, carnes blancas, dientes grandes y relucientes…– y no tener que arreglarse por obligación, cada día, “para no ofender”, como ella decía. Para convertirse, al fin, en persona.

    

LA PELUQUERA


El carrito de la manicura se desliza sobre las brillantes baldosas mientras Lali se dirige a recibir con una sonrisa a una nueva clienta. Una vaga melodía apenas se abre paso por el aire de la peluquería en el que flotan minúsculas partículas de laca en su lento descenso hacia el suelo. A continuación, redecilla en mano, se dispone a retocar los últimos detalles a una hilera de señoras de edad indefinida dispuestas a iniciar, una vez más, el vuelo espacial que cada semana las transporta a un país de ensueño, una dulce tibieza acompañada por las manos de las chicas que acuden a todo con sabia diligencia contenida. –¿Una revista? –. La señora prefiere hablar de las últimas proezas de su nieto, mientras Lali piensa en las toallas que quedaron atrapadas en el último programa de su lavadora y en los garbanzos que, ay, no puso en agua y ahora esperan asfixiados en la bolsa de plástico sobre la encimera.


La mañana avanza. El leve chasquido de las tijeras marca el ritmo de un tiempo que parece detenido en su fragancia de burbuja, y Lali empieza a sentirse cansada, sus piernas pesadas y su nuca entumecida, pero sonríe, coloca peinadores, aparta butacas, masajea con delicadeza las sumisas cabezas entregadas y cada vez está más convencida de que el orden mundial se alteraría radicalmente si ella faltara, si ella faltara un solo día a la peluquería.

 

TAN LEJOS DEL CAMPO


Teresa se mueve despacio por las calles del mercado. Hace frío. Las aletas de su nariz se ensanchan y cierra los ojos. Los abre de nuevo.  Deambula dejándose llevar por el placer de absorber con todo su cuerpo el espectáculo de los frutos expuestos sin pudor. ¿El campo en cajas? No exactamente. Observa el edificio. Tiene algo de medieval con esos techos altos por donde se filtra una luz gris y lejana como la de las catedrales. Todo a su alcance, todo increíblemente ordenado y, a la vez, caótico. 


Ya en casa deja las bolsas sobre la encimera y corre a cambiarse. No soporta la ropa de calle. Le pica, y además con ella se siente ridícula. Se desnuda, se ducha, se pone ropa ancha y de algodón. Qué placer. Y sobre todo el delantal, un atuendo hecho para mancharse, para trabajar con las manos, manos sabias que saben lo que tocan, que reconocen y escogen, que rechazan.

 

La piel de las berenjenas brilla como el charol, un charol mate, sin poro, que Teresa se lleva a los labios.  Corta en rodajas los puerros frescos, verdes, blancos. Los colores se enlazan, danzan sobre la tabla blanca, una esencia mojada lo invade todo, las zanahorias, tercas, ásperas, se resisten en sus manos. Le dan ganas de apretar los tomates, grávidos de jugo, y hacerlos explotar.  Ensuciar no sólo el delantal sino las paredes y el techo. Parece mentira, ella que es tan pulcra. 


Tapa el arroz para que el resto lo haga el tiempo y pone la mesa con esmero. Coloca un jarrito con anémonas en el centro. El sonido del móvil la saca de su ensimismamiento. Es un mensaje.” Se me olvidó decirte que no vengo a comer. Volveré tarde, no me esperes”.

 

En su mano, de Carolina Ayo


Notaba el frío en la piel, pero le daba igual. El gélido viento enredaba sus cabellos y le pegaba la ropa al cuerpo, marcando su figura. Muy por debajo de ella, el sonido del tráfico demostraba que la ciudad nunca duerme, igual que ella últimamente. Arriba, nada más que el cielo estrellado. Notaba en los pies descalzos la humedad de la fría piedra del bordillo de la azotea. Temblando, pero sin dudar, pasó al otro lado de la barandilla de seguridad. Miró abajo. Doce pisos de distancia entre ella y la dura calzada hicieron que se le revolvieran las tripas. Solo entonces cerró los ojos, y sintió que el mundo daba vueltas. Pensó en los últimos sucesos, y cómo la muerte parecía repetir en su cabeza con una voz conocida “a un paso, a un paso de ponerle fin”. Nunca había estado tan cerca, nunca había tenido tanto poder. Las rodillas temblaban al ritmo de su corazón acelerado, con esa sensación de nervios, las manos le sudaban pese al frío. Estaba en su mano, la última decisión que tomaría en su vida.

  

Una presencia, de Marc de la Fuente


Las brisas del viento levantan las cortinas de mi habitación mientras me escondo debajo de mi blanca manta de lana. Tengo el coraje de elevar mi cabeza y observar la puerta medio abierta del fondo de mi habitación. Puedo ver el pasillo iluminado y una silueta de un hombre muy alto de pie, quieto, mirándome sin girar ni un solo músculo de su cuerpo. Intento gritar y llamar a mi padre, pero no se oye nada. Con mucho miedo decido levantarme de mi cama e ir hacia la puerta, me doy cuenta de que la sombra sujeta un objeto largo y puntiagudo. Decido volver a llamar a mi padre; justo mirando hacia la misteriosa y tenebrosa sombra del pasillo, la sombra asintió.

 

Despertar, de Gabriela Durban


De pronto suena la música enemiga y yo sé que mi momento de paz se ha acabado -¿Ya son las siete?-. No sé cómo, mi mano consigue salir de mi manto protector para silenciar esa melodía que tan poco me gusta. Cuento hasta diez. Poco a poco me incorporo. Al apoyar el primer pie en el suelo, el frío se apodera de mi cuerpo. Voy a por mis zapatillas que tienen la suela levantada de tanto usarlas. Me acerco a mi mesilla y me tomo mis pastillas desencarceladoras. Y así, despeinada y con los párpados pegados, cierro la puerta y pienso “¡Bien, el peor momento del día ha acabado!”.



El hilo rojo, de Mariona Puig


Esa leyenda que conectó a 2 personas atadas por un hilo curvado. Me siento atada al hilo y mi cabeza se colapsa. Si rodeara mi cuello, estaría asfixiada. 

Un sentimiento dentro de ambos junto a la sensación de unirse, siendo un simple mito. ¿Qué pasaría si alguien viniera con podaderas punzantes y cortara esa unión?

 Se saturaron y de un día a otro, dicho fantasma atormentado con podaderas apareció, provocando que ya no hubiera esa atadura y quedó rota formando en ella una pared de piedra dura, aparentemente indestructible, pero, en realidad, él sería el único quien podría atravesar dicho muro sin ninguna demora. 

 Ese es mi miedo.

  

Ofertas del catálogo esotérico, de Anma Troncoso


Voy a quitar del catálogo lo de leer la mente de las personas. Entre las ofertas de la temporada de primavera, otoño e invierno respectivamente, está la quiromancia, la adivinación mediante los posos del té y la astrología. Todas con un 20% de descuento. Sale rentable porque el sentido es el mismo: la futurología. Pero cuando el cliente se topa en verano con la telepatía, los beneficios bajan. La esposa que lee los comentarios lascivos de su marido mientras mira a la del topless de la derecha, no necesita saber el futuro. Lo crea ella misma con un sonoro bofetón.

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