RETO 9: EL CUENTO LITERARIO
Aquí teniu la selecció dels millors contes literaris d'aquest curs. I a tu, quin t'agrada més?
Strangers in the night- Frank Sinatra, de Lucía Fabra
Esa noche decidí sacar mis miedos, mis pasiones, mi paquete de tabaco y mi soledad a una cita en uno de los mejores restaurantes de París. La vida parisina me parecía superficial, incluso absurda, y después de mis 22 años de existencia como un hombre parisino me aburría. Lo que me faltaba en mi vida de veinteañero sin dinero era el amor, pero ni de mi soledad me conseguía enamorar. La situación había llegado a un límite, límite del cual me di cuenta de que había llegado cuando ignoraba descaradamente a cualquier mujer que se me acercaba en bares o calles concurridas. Como conclusión, había decidido que, si nadie me parecía interesante ni merecedora de mi tiempo, significaba que al menos yo me tenía que parecer lo suficientemente interesante y atractivo para poder convivir pacíficamente conmigo. Pero he de decir que estaba volviéndome completamente loco, aguantándome a mí mismo, no entiendo lo que las mujeres ven en mí, porque después de la experiencia me encuentro insoportable.
Durante las últimas semanas me había dedicado a estudiar la gastronomía de la ciudad a nivel de restaurantes elegantes y románticos, al final soy fiel creyente de que a mí se me enamora por el estómago, así que si quería poder aprender a estar bien con mi propia personalidad tenía que romantizar mi actitud y llegar a conocerme mejor, y qué mejor forma de conocerte y romantizar que una cita nocturna en un restaurante de París.
Después de muchas búsquedas exhaustivas sobre restaurantes de la ciudad, me decanté por uno de nombre extremadamente largo para mi gusto, servían carnes, caviar y buen vino. Así que con un mes de antelación reservé en el local sabiendo que me pondría mil excusas para no darme una mesa solo porque había lista de espera, sabía que si pedía mesa para uno me dirían que no de inmediato porque es un plato menos que llenar, así que pedí mesa para dos. El camino al restaurante se resumió en discutir con mi mente sobre si realmente tenía la fuerza de voluntad para ir a cenar solo. Al llegar al local me recibieron unas puertas de cristal con cortinas de terciopelo, los camareros me guiaron a una mesa muy bien decorada con vistas a París. Tras negar la llegada de mi supuesta acompañante esta noche, me dieron la carta y pedí un buen vino. Antes de poder reaccionar y llevarme la copa a los labios me llamó la atención una persona a mi derecha sentada en una mesa a solas como yo comiendo alguna cosa con caviar, una cita solitaria como la mía. Morena de ojos azules, no era francesa, eso lo vi de inmediato, hicimos contacto visual durante unos minutos.
–¿Solo? –me preguntó una voz desafiante, venturosa y suave que provenía de los labios pintados de carmesí de la desconocida.
–Por voluntad, que conste –dije con una valentía que me sorprendió. Vi como una sonrisa curiosa nacía en su boca, qué preciosidad de color de labios.
–Ah, qué pena, te hubiera acompañado ya que estamos en la misma posición –me contestó mientras giraba su cuerpo hacia mí y cruzaba sus piernas asomando sus tacones de pinta de diseñador y la apertura del vestido negro ajustado pero elegante que me permitía ver sus piernas largas y bronceadas por el sol.
–Sería un placer, por favor –dije sonriendo mientras le señalaba la silla delante de mí, con movimientos increíblemente fluidos se sentó y cogió mi copa agitando el líquido del interior con suaves movimientos de muñeca.
–¿Nombre? Sin apellido, por favor, lo encuentro innecesario –preguntó después de que yo le hiciera un movimiento de cabeza indicando que podía beber de mi copa.
–Simón, ¿tú? Y en vez del apellido, dime de dónde es ese acento tuyo.
–Mi nombre es un secreto y de dónde soy es una muy buena pregunta, de alguna arte de la península ibérica.
–Vale. ¿Cómo voy a confiar en una desconocida para que se siente en mi mesa y se beba mi vino? Quién sabe, a lo mejor me secuestras. –Sonreí y la miré directamente a los ojos, grises más que azules ahora que me fijaba, ni siquiera eran tan bonitos, pero sí que eran hipnotizantes.
–Seamos sinceros, Simón. –Se sentó bien, poniendo las piernas rectas y se inclinó hacia delante dejándome ver el escote de su vestido. –Tragué saliva. –Confías más en mí, una completa desconocida antes que en ti mismo.
–No lo sabes –fruncí el ceño.
–Claro que lo sé. ¿O me lo niegas? –Claro que no se lo negaba, pero mi ego se quería poner por delante y salir a la defensiva.
Dejé escapar una bocanada de aire que no sabía que contenía y algo me dijo que no iba a llegar a ninguna parte discutiéndole. Negué con la cabeza y ella sonrió. Pasamos unos segundos en silencio, mirándonos a los ojos intentando descifrar a la persona que teníamos delante, de repente se levantó.
–¿Un paseo? –Preguntó mientras se recolocaba el vestido.
–¿Asumes que no estoy esperando a nadie?
–Si estuvieras esperando a tu cita, no dejarías que una chica se sentara contigo, o a lo mejor es que eres un imbécil.
–No te preocupes, no soy un imbécil –dije mientras me levantaba, dejé dinero para pagar la botella en la mesa, le cogí la mano a ella y nos dirigimos a la puerta abandonando el restaurante.
Vi como daba una vuelta, se ponía su chaqueta y encendía un cigarro de la forma más elegante que jamás he visto. Hipnotizante. Preciosa. Espontánea. Y una desconocida. Estar con una persona que en teoría no tendría que saber nada de mí y que me leía como un libro abierto me atraía muchísimo porque era una cosa que yo no había sabido hacer al conocerme. La seguí por las estrechas calles de París, con sus aceras oscuras, con un silencio cómodo y tranquilo, bailaba el jazz que resonaba por las calles llenas de bares y clubs.
–Dime algo de ti. –Prácticamente, le supliqué mientras le sujetaba la muñeca delgada y decorada con pulseras de oro, no quería sonar desesperado pero algo crecía dentro de mi pecho como una curiosidad que me invadía de forma extrema. –Por favor.
Ella se sentó en un banco, se movió el pelo para atrás y meció sus piernas haciendo resonar los tacones contra la acera.
–Me tienes que prometer que entonces no me vas a volver a ver. Tienes dos opciones, Simón –qué bonito sonaba mi nombre en su boca. –Puedes verme más de una noche, quizás una noche y una comida y no saber ni mi nombre o puedes saborearme entera con todo lo que quieras saber de mí y tener que olvidarme mañana.
Paré, pensé, nunca nadie me había propuesto cosa más complicada. Notaba como tenía un deseo de acariciarla entera y no solo su cuerpo, sino su mente, su personalidad, sus rasgos curiosos y sus manías. Pero también quería todo de ella para siempre. En esta vida todo no se puede y ella no necesitó nada más para que yo comprendiera esa extraña situación, incluso me llegué a plantear si era real o una especie de ángel mágico que se había presentado en mi vida porque ya me había vuelto completamente loco y no me soportaba a mí mismo. Se rio, y me miró esperando una respuesta. Me acerqué a ella, le pasé un brazo por la cintura y la pegué a mí.
–La segunda. –Respondí y noté sus manos pasando por alrededor de mi cuerpo para tener un agarre, su cuerpo en contacto con el mío era como un subidón después de una raya de cocaína. No. Mejor.
Sin saber exactamente muy bien cómo, a la mañana siguiente me desperté a eso de las siete de la mañana. París estaba nublado, aún oscuro, y yo estaba sudado, aún revuelto por la mejor experiencia haciendo el amor que había tenido nunca. A mi lado la cama vacía. Mi corazón lleno y mi mente, por primera vez en mucho tiempo, en silencio. La mujer de mis sueños había desaparecido y mi razón de vivir a partir de ahí fue la experiencia de dos desconocidos en la noche. He llegado a la conclusión que hay amores fugaces que duran toda la vida y amores eternos que duran solo una noche.
Tentación de las sombras, de Zhongao Lin
La invocación no se ha realizado correctamente y ahora nuestras vidas corren peligro.
Ocurrió en una noche de ociosidad en mi casa con mis amigas Luz y Margarita. Impulsados por el aburrimiento, decidimos hacer una búsqueda en mi mini biblioteca, donde, a punto de abandonar la investigación, encontramos un libro viejo y mal cuidado. Como buenas cotillas que somos, decidimos echarle un ojo para ver de qué trataba; era una especie de cuaderno antiguo con muchas notaciones raras de las cuales destacaba la presencia del nombre Ángel, como un ser divino, omnipotente y bondadoso. Además, resaltaban las palabras nuestra salvación a la soltería, cosa que era simple de entender, pero que más tarde se nos aclararía como un fraude.
Eran las 3:00 am y quisimos testar la validez del ritual, así que empezamos a recolectar los elementos: tres círculos de sal fina de nueve estrellas que dibujamos, ocho velas encendidas y, por último, apagamos las luces. Una vez ya realizado estos sencillos pasos, tuvimos que nombrar, cogidas de las manos, su nombre tres veces y, a continuación, recitar la frase: “Ángel bondadoso que nos salvará de nuestro mal de amores, hazte notar cuando te llamemos”, “Ángel, Ángel, ¡Ángel!”. El silencio nos gobernó durante un tiempo prolongado, impidiendo que pensáramos con claridad la realidad de este fantasioso experimento. No fue hasta que Margarita, que había sufrido por una relación llena de desengaños y traición, comentó que parecíamos idiotas por hacer un ritual del cual no se tenía ninguna fe o pruebas suficientes para creer que podría funcionar, que las tres concordamos en que aquella era una situación ridícula.
De repente, un escalofrío recorrió la habitación, haciendo que las llamas de las velas parpadeasen violentamente. El viento gélido sopló desde una ventana que yacía semiabierta, erizando el vello de nuestros brazos. Enseguida, un zumbido agudo resonó en nuestros oídos, como si estuviésemos en el centro de una tormenta eléctrica, y una presencia omnipotente pareció invocarse en el aire.
Margarita gritó soltando nuestras manos y retrocediendo hasta la pared. Luz y yo nos miramos, reflejando en nuestras pupilas una mirada de terror inexplicable porque habíamos invocado algo, pero no era aquel ángel benevolente que imaginábamos, sino una sombra oscura y retorcida que se alzaba frente a nosotras, con sus ojos ardientes.
Antes de que pudiéramos reaccionar, la sombra se abalanzó hacia nosotras con una velocidad sobrenatural. Gritamos y nos cubrimos de manera instintiva, pero el impacto pareció desviarse y se sentía como si estuviésemos cayendo en el suelo, como si el mundo se nos viniera abajo.
No fue hasta que recuperamos la conciencia, cuando nos encontramos en un lugar extraño y desconocido para nosotras; el aire tenía un peculiar toque a azufre, la iluminación apenas era presente, como si estuviéramos en la profundidad de algún abismo. Miramos alrededor en búsqueda desesperada de la salida, pero solo hallamos una oscuridad que se iba consumiendo. Es allí donde nos dimos cuenta de que habíamos desencadenado algo terrible, algo más allá de nuestra comprensión. Ahora, nuestras vidas pendían de un hilo, atrapados en un mundo de pesadilla del cual no parecía haber escape.
A pesar de eso, seguimos adelante mientras nos adentramos en el abismo, pudiendo percibir sutilmente las voces inquietantes que flotaban en el aire, como si fueran ecos de aquellas almas atrapadas en un tormento eterno.
Luz, con la mirada llena de determinación, rompió el silencio: “Tenemos que encontrar una manera de deshacer lo que hemos hecho, así tal vez regresemos a nuestro maldito hogar”.
Asentí con la cabeza, pero en el fondo de mi mente, el miedo se apoderaba de cada pensamiento. ¿Cómo podríamos deshacer el poder de una entidad tan oscura y poderosa como la que habíamos liberado?
Margarita, con los ojos llenos de lágrimas, murmuró una plegaria en voz baja, buscando la protección en la fe que había perdido hace mucho tiempo. Pero incluso sus palabras parecían desvanecerse en el aire, devoradas por la malevolencia que nos rodeaba.
Caminamos durante lo que pareció una eternidad, cada paso aumentando nuestra sensación de desesperación. La oscuridad era opresiva y nos envolvía como una manta fría y húmeda, mientras el sonido de nuestros propios latidos resonaba en nuestros oídos.
De repente, una luz tenue parpadeó en la distancia, un resplandor débil, pero reconfortante en medio de la negrura infinita. Nos apresuramos hacia ella con renovada esperanza, cada paso lleno de determinación y miedo. Cuando finalmente alcanzamos la fuente de luz, nos encontramos frente a una puerta antigua y cubierta de musgo, como si hubiera estado esperando nuestra llegada desde tiempos inmemoriales. Con el corazón latiendo con fuerza en el pecho, empujamos la puerta entreabierta y nos adentramos en lo desconocido, rezando por encontrar una salida de este reino de pesadillas.
La torre, de José María Ollé
Hace mucho tiempo, en lo alto de una colina cubierta de verde, se alzaba una antigua torre de piedra. Estaba solitaria, envuelta en misterio, con su estructura desgastada por el paso del tiempo. La gente del pueblo, de casas pequeñas y calles estrechas, rara vez se acercaba a la torre. Los rumores decían que estaba encantada, que albergaba un tesoro o que estaba maldita. Pero nadie se atrevía a averiguar la verdad que ocultaba aquella torre.
Un niño llamado Marti, con una curiosidad tan grande como la torre, decidió averiguar el enigma que esta ocultaba. Era un niño delgado, con grandes ojos de color avellana. Martin vivía con su abuela, Doña Clara, una mujer sabia que solía contar historias sobre la torre.
–Martin, esa torre está llena de secretos –decía doña Clara, mientras tejía junto a la chimenea–. Se dice que guarda un eco, el eco de un trágico amor.
Martin asintió, escuchando cada palabra con atención. Aquella noche, cuando el pueblo estaba durmiendo, Martín saltó por la ventana de su casa y se dirigió a la torre.
El viento susurraba entre los árboles mientras Martin trepaba por la colina. La luna, como un faro en el cielo, iluminaba su camino. Al llegar a la torre, el niño se detuvo, mirando hacia arriba. Las ventanas rotas parecían ojos vacíos, observando en silencio. Sin embargo, la curiosidad de Martin superaba cualquier miedo al que se podía temer.
Con un suspiro, empujó la puerta de madera y entró en la torre. Todo estaba muy oscuro, pero siguió adelante. Una escalera de caracol se extendía hacia lo alto de la torre. Martin comenzó a subir con determinación, mientras los escalones iban crujiendo con cada paso que daba.
Al llegar a la cima, encontró una habitación circular, iluminada por la luz de la luna que se filtraba a través de las ventanas. En el centro, había un cofre de madera. Martin se acercó y lo abrió. En el interior del cofre había un antiguo diario.
Martin cogió el diario con las manos temblorosas y comenzó leer:
"Julia, mi amada Julia, hoy juramos amor eterno en esta torre, nuestro refugio secreto. Nada ni nadie podrá separarnos. Aquí seremos libres para amarnos por siempre. Que este lugar sea testigo de nuestro pacto."
AJ
Martín sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Quiénes eran Julia y el autor del diario? Tan solo conocía sus iniciales: AJ. ¿Qué les había pasado? Con manos temblorosas, pasó la página y continuó leyendo.
"Han pasado semanas desde que juramos amor eterno, pero hay algo que no entiendo y que me asusta. Julia parece distante, como si algo la atormentara en secreto. No puedo soportarlo, debo descubrir la verdad".
A Martin la historia del diario le hacía sentir y oír cosas.., como si el eco de las palabras resonara en la habitación.
"¡Julia ha desaparecido! La busqué por toda la torre, grité su nombre, pero no hubo respuesta. Solo el eco de mi voz resonaba entre las paredes. ¿Qué le ha sucedido? ¿Dónde estás, Julia?".
El corazón de Martín latía con fuerza. ¿Qué había pasado con Julia? ¿Por qué desapareció? Con manos temblorosas, continuó leyendo.
"Lo he descubierto todo. Julia estaba comprometida con otro. Un hombre rico del pueblo. Me traicionó, me rompió el corazón. Pero no permitiré que la torre se llene solo de mi dolor. Volveré a por ti, Julia. Juntos seremos libres, aunque sea en la muerte".
AJ
Martín dejó caer el diario, el corazón le palpitaba en el pecho. Los escalofríos le recorrían mientras una sensación de angustia lo iba envolviendo. De repente, oyó un susurro, que apenas se escuchaba.
–¿Martín? –susurró una voz.
Martin se giró, buscando con la mirada. Pero no había nadie más allí. El eco de la voz resonó nuevamente.
–¿Martín, eres tú?
–Sí, soy yo –respondió Martín, con la voz temblorosa–. ¿Quién eres?
–Soy Julia –dijo la voz–. Estoy atrapada en este lugar desde hace mucho tiempo.
Martín tragó saliva intentando comprender lo que estaba sucediendo.
–¿Cómo puedo ayudarte?
–Necesito tu ayuda para romper este hechizo. Debes encontrar la joya que hay en mi habitación y destruirla. Solo así podré descansar en paz.
Martín asintió con determinación. La voz de Julia le daba fuerzas.
–Lo encontraré, Julia. Te lo prometo. ¿Pero dónde está tu habitación?
–En la torre, ¿ves la puerta que tienes a tu izquierda?, ábrela.
Martin empujó la puerta y vio la que había sido la habitación de Julia, dentro de la torre. Una habitación semicircular sin ventanas y con una cama en el centro. Aquella habitación había sido una cárcel para Julia, la cárcel donde el enigmático AJ la encerró. Martin buscó por la habitación y, al final, encontró una joya en la mesita de noche. La cogió y la tiró con todas sus fuerzas al suelo. La joya se hizo pedazos.
–¡Gracias, Martín! –dijo la voz, mientras el alma de Julia desaparecía en un susurro.
Martín salió de la torre con el eco de la voz de Julia resonando en sus oídos. Al bajar la colina, el sol comenzaba a asomar en el horizonte, iluminando el pueblo con sus cálidos rayos.
Desde ese día, la torre ya no estuvo encantada. La gente del pueblo, al enterarse de la valentía de Martín, comenzó a visitarla. Y Martín se convirtió en el héroe que liberó el eco de la torre.
Se levantará de la silla, de Inés Ruiz
Mi rutina siempre había sido muy sencilla, me levantaba, desayunaba y me iba a trabajar para sacar a delante mi empresa de ropa que había creado con mi hermano Alfonso, años atrás, justo cuando mi querida madre, que descanse en paz, murió por una simple gripe. Pero ese día era diferente, ya por la noche no podía dormir, las cuentas llevaban unas semanas sin cuadrar y estábamos desesperados por buscar alguna solución.
Al día siguiente, mi mujer Manuela me despertó para decirme que se iba al mercado a comprar algunas cosas que le faltaban para la comida de hoy, a lo que le contesté que seguramente comería en casa de Alfonso, que si quería, podía pasarse para comer todos juntos. Ella dijo que sí, pero que se iba al mercado igualmente, que sus amigas la esperaban.
Al llegar a casa de mi hermano, me lo encontré sentado en su sillón, en bata, leyendo el periódico manchado de café y con un bizcocho hecho por Dolores, la vecina del segundo segunda. Alfonso era un tipo de esos que no se andaban con rodeos. Su mirada, siempre fija y penetrante.
—Buenos días, hermano —lo saludé intentando ocultar la preocupación que llevaba dentro.
A diferencia de mí, Alfonso siempre mantenía la calma y seriedad, incluso en aquellos momentos donde no había por dónde coger el problema, y ahora estábamos en ese momento. Pero cuando mi hermano se determinaba a encontrar la solución, la encontraba sin importar la dificultad.
Levantando la mano para pasar la página, me ofreció una taza de café, el cual rechacé, sentía un nudo en mi garganta que me impedía tragar cualquier tipo de alimento. Me senté frente a él, intentando escoger las palabras adecuadas, pero Alfonso me mandó a callar.
—Lo sé, David. No eres el único que ha estado mirando la contabilidad. Este es otro de los muchos obstáculos que te vas a encontrar en la vida, y no podemos perder el control como lo estás haciendo tú —dijo mientras se levantaba para servirme una taza de café—. Así que siéntate y tómate esto, que hace milagros, y mientras lo revisamos juntos y buscamos posibles soluciones. Que yo no me vuelvo a levantar de esta silla hasta que no lo solucione.
Le hice caso, saqué mis gafas de ver y comencé a sacar todas las carpetas de los gastos, beneficios y posibles soluciones que podrían ayudar para salir del marrón en el que habíamos caído.
Pasamos toda la mañana revisando y analizando los números e informes. Hasta a Alfonso, con su mente brillante, analítica y perfeccionista, le costaba encontrar algún error que se nos hubiera escapado. Eran ya las 14:05, cuando unos golpes a la puerta nos desconcentraron. Era Manuela, con un buen plato de canelones en su mano.
—Sabía que no tendríais nada preparado para comer. Vosotros seguid trabajando, que yo en cuanto tenga caliente la comida os aviso.
—Gracias, Manu. Te lo agradecemos —respondió Alfonso con una sonrisa de oreja a oreja.
La observé con gratitud mientras se dirigía a la cocina. A pesar de lo difícil que estaba la situación, tenerla siempre a mi lado me motivaba más.
Alfonso y yo volvimos a lo de antes, y en cuanto empezó a rugir mi barriga, Alfonso, sin levantar la mirada de los papeles y determinado a encontrar una solución, la encontró.
—Creo que deberíamos considerar la posibilidad de reducir ciertos gastos como el de los folletos de publicidad y encontrar un buen cliente. ¿Supongo que de lo segundo te encargas tú, ¿no? —Dijo mientras se levantaba para ver cómo iba la comida.
Yo siempre me había ocupado de todo el tema de las relaciones con los proveedores y los clientes. Es lo que realmente se me daba bien a mí. En ese momento caí en el señor Hernández, lo conocí hace tiempo, en el bar de al lado de casa cuando me contó que compraba grandes cantidades de todo tipo de ropa, y era eso lo que realmente necesitábamos en ese momento.
En ese instante, mi esposa me llamó para ir a comer y, agradecidos, nos sentamos los tres en la mesa, dejando de lado todo, mientras disfrutábamos de lo delicioso que le habían quedado los canelones.
Enigma Lovegood, de Alexia Saura
CARTA 1
Escocia, febrero de 1883
Querida Sissy,
Sé que debería haberte respondido ya hace meses, pero debido a ciertos percances no he podido gozar de un agradable rato para poder escribirte. Seguramente un millar de preguntas se habrán maquinado en tu cabeza estos últimos meses, desde el interrogante de mi partida hasta el motivo o motivos por los cuales debes pensar que no he osado responderte antes. ¡Puedo imaginarme tu rostro enfurecido por la incomodidad de tener muchas preguntas sin respuesta! Después de todo, siempre fuiste una chica curiosa y chismosa. ¡Oh, pero no te adelantes, querida Sicilia! No he escrito esta carta con la finalidad de responder a tus rebuscadas preguntas. ¡Sino no al contrario! Me he tomado el privilegio de agarrar una hermosa pluma y un lustroso papel para darte una respuesta rápida a tus ya amontonadas cartas que descansan encima de mi escritorio.
En cuanto a temas de salud, me complace decirte que mi cuerpo goza de una buena salud, aunque no puedo alabar el estado de mi mente. Pero eso, querida, no es nada de lo que tú debas preocuparte.
Hace poco me llegaron noticias sobre el reciente accidente que se dio lugar el pasado 10 de enero en Milwaukee. No fue leve mi sorpresa al enterarme de que el hotel Newhall fue incendiado y, por lo tanto, destruido, llevándose por delante la vida de 70 personas. Pero acaso, querida Sissy, ¿no es aquel el hotel donde tu íntima amiga iba a hospedarse durante su estancia en Wisconsin? Si es así, confío en que ningún mal le haya sucedido a tu amiga, pues no me gustaría que cargaras con el peso de una pérdida, pues el mundo ya es lo suficiente duro para que tú, querida Sissy, debas compartir más tiempo con el dolor.
No dudes en escribirme una carta si te encuentras melancólica o desolada, y también si te sientes feliz o agradecida, pues siempre estoy dispuesto a ayudarte.
Y aunque tarde en enviar una respuesta, no dudes en ningún instante de que siempre te animaré y apoyaré.
Sin más que aportarte, este humilde servidor se despide de ti.
Atentamente, Max Blackwell.
CARTA 2
Francia, mayo 1883
Querido Max,
He recibido tu carta con gran alegría y alivio al saber que te encuentras bien. Me entristece profundamente la noticia sobre el incendio en el hotel Newhall y lamento mucho las vidas perdidas en ese trágico evento. Sí, efectivamente, mi íntima amiga se encontraba hospedada en ese hotel durante su estancia en Wisconsin, pero afortunadamente logró escapar a tiempo y se encuentra a salvo. Agradezco tu preocupación y tus palabras de aliento en este momento difícil.
Por otro lado, me alegra saber que tu salud física está bien, aunque lamento escuchar que tu mente no se encuentra en el mejor estado. Recuerda que siempre puedes contar conmigo para apoyarte y escucharte en cualquier situación. La vida puede ser dura a veces, pero juntos podemos enfrentar cualquier adversidad que se presente.
En cuanto a mis días aquí en Francia, han estado llenos de nuevas experiencias y descubrimientos. La primavera ha llegado con todo su esplendor, y los campos están llenos de color y vida. He tenido la oportunidad de explorar más a fondo la cultura francesa y he quedado fascinada con su riqueza histórica y artística.
Espero que podamos reunirnos pronto y compartir nuestras experiencias y alegrías en persona. Mientras tanto, seguiré escribiéndote para mantenernos conectados.
Con cariño, tu Sissy.
CARTA 3
Inglaterra, septiembre 1883
Querida Sissy,
Me alegra mucho recibir noticias tuyas nuevamente. Aprecio tus palabras de aliento y tu constante apoyo. Me reconforta saber que tu amiga logró escapar a salvo del trágico incendio en el hotel Newhall. La vida es frágil y a menudo nos enfrentamos a situaciones inesperadas que ponen a prueba nuestra fortaleza. Pero es reconfortante saber que tienes amigos cercanos que te acompañan en momentos difíciles.
Siento que debo ser honesto contigo en cuanto a mi estado mental, pues confío en tu comprensión y apoyo. Lamentablemente, debo admitir que mi salud mental continúa deteriorándose. Lo que en un principio eran solo algunas noches en vela se han convertido en una constante lucha contra el insomnio. La esperanza de volver a dormir una noche entera se desvanece cada vez más, y me encuentro atrapado en un ciclo de pensamientos y preocupaciones que no me permiten descansar. Esta situación ha abierto puertas que preferiría mantener cerradas, llevándome por caminos que nunca antes hubiera siquiera considerado. Mi mente divaga por territorios oscuros y desconocidos, y me encuentro enfrentando pensamientos e impulsos que me resultan inquietantes y perturbadores.
Quiero que sepas que no comparto esto contigo para preocuparte o causarte angustia, sino porque confío en ti y en tu capacidad para entenderme. Tu amistad y apoyo son un rayo de luz en medio de esta oscuridad, y me reconforta saber que puedo contar contigo en los momentos más difíciles.
Por otro lado, me alegra saber que estás disfrutando de tu tiempo en Francia y explorando nuevas experiencias. La primavera siempre trae consigo un aire de renovación y esperanza, y estoy seguro de que te está brindando momentos inolvidables. Me encantaría escuchar más sobre tus aventuras y descubrimientos cuando nos reunamos.
Espero que nuestras cartas sigan siendo un puente que nos una a pesar de la distancia. Siempre estaré aquí para ti, querida Sissy, para escucharte, apoyarte y compartir nuestras alegrías y preocupaciones.
Con cariño, Max.
*
La noticia se había extendido por toda Europa en cuestión de semanas. Aquel inquietante incidente que se había llevado a cabo en un pequeño apartamento al este de París, había dejado mucho de lo que hablar tanto para los periodistas de los más influyentes diarios hasta para las viejas señoras que se juntaban para comentar las novedades más escandalosas de la sociedad los domingos por la tarde. Pues no era de extrañar, un incidente de ese calibre no sucedía cualquier día.
La Sûreté Nationale había dado el veredicto de que ese sangriento asesinato, en realidad, se trataba de un suicidio. ¡Menudo chiste! Exclamaban aquellos que conocían a la víctima. Pues si por algo se caracterizaba Sicilia Lovegood, era por su gran amor a la vida y a su futuro marido.
Lo único que se sabía de la escena del crimen era que en la pared continua en la que se había hallado el cuerpo sin vida de la muchacha, se encontraba escrito con su propia sangre un mensaje firmado por M.B.
Su ahora ex prometido sabía por contactos en la policía que la intención del asesino había sido clara, pues como bien había escrito en el mensaje: “Si no puedes ser mía, no serás de nadie”.