Reto 6: Extrañamiento y desfamiliarización

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Entre el Miedo y la Redención: Relato de un rifle en la batalla, de Sergio Gonzaga



Estaba muerto de miedo, mi soldado, Blaked, solo se escondía mientras se escuchaban gritos de guerra y desesperación. Estaba entonces siendo sostenido por sus frías manos, heladas por el clima y el miedo que sentía. Él no era capaz ni de asomar la cabeza o disparar una bala de mi cargador. Entonces solo mirábamos a ambos lados, viendo como iban cayendo cuerpos uno por uno. Algunos estaban aún escondidos igual que nosotros. Y otros, con extremo orgullo y honor, salían de las trincheras a jugarse la vida. Se metían entre el humo de las granadas y la tierra y no se les volvía a ver. ¿Qué podría hacer yo, un simple rifle y un soldado tan cobarde, para acabar con esto? Nada. Mi única función era disparar balas que acabarían pronto con la vida de una persona que seguro no tenía ni la más mínima idea del porqué estaba allí. 


Pasaron minutos que se hicieron eternos. Hasta que después de un largo rato de ser abrazado por Blaked, escuchamos una voz imponente y fuerte gritando. Fue ahí cuando nos dimos cuenta de que se trataba del teniente Hide. El cual, a empujones, sacaba a los soldados de sus resguardos y los mandaba a luchar. 


–¡Avanzad! –gritaba mientras tocaba el silbato dando las órdenes. 


Entonces se acercó a nosotros, cogió a Blaked y lo levantó de forma inmediata, dejándome caer. Lo empujaba mientras lo apartaba de mí. Yo solo podía ver como había empezado a decirle cosas que no oí, ya que me había quedado en el piso cubierto de tierra tras caerme cuando el teniente cogió a mi soldado. Pasaron apenas unos segundos y vi que la cara de Blaked había cambiado completamente. Estaba mirando a su alrededor, y yo no entendía por qué. Se empezó a notar un gesto de enojo y terror en su cara. Blaked me tomó con sus manos frías y, sin dudarlo dos veces, trepó a la superficie y comenzó a correr. Yo no comprendía lo que estaba pasando, solo veía explosiones y soldados caídos por todas partes. Pensé entonces que Blaked estaría huyendo, hasta que me di cuenta de que se había puesto en posición de disparo. Apuntando a un enemigo en un abrir y cerrar de ojos, sentí como jaló el gatillo y el enemigo terminó tendido en el piso. Yo solo podía sentir que Blaked estaba completamente asustado aún, sacudiéndome por sus manos temblorosas. Estaba suspirando mientras reflexionaba en pocos segundos lo que acababa de hacer antes de tener que volver a correr para que no lo abatieran. Aceleró el paso nuevamente y repitió el mismo proceso unas tres veces más. Mientras lo hacía podía ver en sus ojos el temor, aunque su cara no lo manifestara de esa manera. Yo no pude soportar lo que estaba viendo y lo único que hice fue soltar mi cargador para que no pudiera disparar más. El cargador cayó y Blaked no pudo recogerlo ya que los proyectiles venían de todas partes. 


Siguió avanzando hasta que nos vimos situados cerca de otra trinchera. Habíamos llegado a la base Alemana. Blaked miró a su alrededor y solo encontraba cuerpos muertos de aliados y enemigos. Pero algo más llamó su atención. No tan lejos de ellos se venía aproximando el teniente Hide, eliminando a todos los objetivos a su paso. Tanto Blaked como yo estábamos sorprendidos y atemorizados por lo que era capaz de hacer aquel hombre. Terminamos siguiéndolo al interior de las trincheras. Al parecer estaba despejado. Allí el teniente se acercó de nuevo a mi soldado. 


–Mis palabras le ayudaron a reaccionar un poco, ¿verdad? –decía de forma irónica.


–Eso pa-pa-re-ce –contestaba Blaked tartamudeando de los nervios.

–Sígueme, aún nos queda más que limpiar aquí.


Así entramos en un cuarto donde se podían refugiar los alemanes. Estaba todo lleno de ratas y suciedad por todas partes. Mi portador y yo nos encontrábamos asustados aún, mientras que el teniente empezó a revisar que no se encontrase nadie. Prendió su linterna buscando algo que pudiera servir. Entonces se dio cuenta de que había un cable trampa en medio de la habitación. 


–No te muevas –dijo el teniente.


Sentí como Blaked empezaba a temblar nuevamente. De repente la vista del teniente y mi soldado se dirigieron hacia arriba, era una rata que estaba por caer sobre el cable. Blaked me soltó y corrió a cogerla para que no cayera. Pero lo único que consiguió fue que su pie ligeramente rozara el hilo. En menos de dos segundos la onda expansiva nos había mandado por los aires dejando al teniente noqueado y a mí cubierto de piedras y apenas se me notaba. Blaked no volvió a aparecer después de eso, aunque la explosión no lo hubiera hecho pedazos, la estructura de la trinchera le habría caído encima. 


Pasaron unos minutos y el teniente recobró la conciencia. Había perdido su arma entre los escombros pero yo aún sobresalía entre las piedras. Me tomó y me colocó un cargador lleno. Intenté soltarlo porque no quería repetir lo mismo de antes con Blaked, pero lo había colocado tan fuerte que no podía hacerlo. Entonces solo acepté que, de ahora en adelante, me tocaría ser usado con este objetivo tan sádico, mientras añoraba tener a mi soldado Blaked sosteniéndome con la inocencia y bondad que le caracterizaba. Tan solo esperaré a ver qué me depara la guerra, quizá otra explosión en la cual alguien más me encontrará, alguien como Blaked que aún guarde su sana conciencia.



Un vínculo irrompible, de Carla Guardia


Solía abrazarme. Solía tratarme de persona y compartir sus experiencias conmigo. Dormía en la cama con ella y comía a su lado también. Yo era la prioridad. Pero todo aquello se ha ido perdiendo con el tiempo, escondiéndose poco a poco en sus recuerdos y convirtiéndose en el único valor que me queda. Me pregunto si a veces ve más allá de lo que soy: un montón de algodón cubierto por una tela, costuras y botones. Me pregunto si me ve con los mismos ojos con los que solía verme, o si en algún momento se para y recuerda aquella unión tan característica que formábamos. 


Ella llora, ríe y grita. Dibuja, lee y canta. La veo existir por su cuenta desde la única perspectiva que mi sitio en la estantería me ofrece. Y cómo me duele no poder acompañarla; no sentir sus brazos a mi alrededor mientras descarga su amor, tristeza o rabia. Cómo duele estar ausente, y saber que no puede contar conmigo como solía ser antes. 


A pesar de todo, de vez en cuando sus ojos pasan por mí y después de un breve pero significativo vistazo, sonríe. Cuando estudia, cuando lee o cuando habla por teléfono, le roba diez segundos a aquella acción para darme una pizca de atención. Este evento diario me hace recordar que soy y seré siempre parte de ella.


Es por eso que, aunque ella ya no note mi presencia y no necesite mis apoyos, sée que guarda una parte de lo que represento en su corazón. Y por mucho tiempo que pase y tanto polvo que coja, el vínculo que se formó al conocernos a su tan temprana edad se guardará en lo más profundo de sus recuerdos, dándole a su peluche de la infancia una vida que ni siquiera un humano puede llegar a imaginar.



¿No sería lindo ser un conejo?, de Zhongao Lin


Me encontraba, como de costumbre, yendo en un bus en dirección hacia mi oficio muy bien pagado. Y, a pesar de que gane la considerable suma de 2.130 € mensuales, mi gente más cercana (mis amigos o familiares) no aplauden, ni de lejos, mis actos. Pero siendo sincero, la verdad es que me importa “un pimiento” lo que digan o piensen de mí, por lo que continuaré trabajando.


El largo viaje que debía realizar me estaba matando, ¡dos horas de viaje! Tal vez fuera porque me encontraba somnoliento o tal vez por aquella música clásica que envolvía el bus de tranquilidad y de armonía, lo que provocó que mis párpados cayeran pesadamente, logrando a la perfección que me sintiera en total oscuridad y tranquilidad.


No fue hasta que un ruido extraño me despertó y una luz no natural me penetró por completo, dejándome incapaz de abrir los ojos. A la lejanía, escuchaba unos pasos silenciosos, acompañados de voces ligeramente familiares que se aproximaban cada vez más hasta sentirlas enfrente de mí. Con miedo, retrocedí unos pasos y sentí como mis piernas se moldeaban a la forma de unos barrotes fríos, sólidos y finos hierros. Confundido, me eché a correr con el corazón agitado en vano. Algo azul me agarró agresivamente. Aquel gigante me trasladó a una especie de suelo metálico, un poco resbaladizo, pero estable. Seguidamente, sentí que por detrás me acariciaba como si tratara de encontrar algo y luego un ruido estridente acariciaba mi piel dejando caer así un montón de pelo ¿blanco?


Nada tenía sentido, nada. No podía defenderme porque me tenía enredado e inmóvil, como si de una red se tratara. Lo único que pude lograr fue ver a través de aquel suelo metálico un reflejo estupefacto. Aquel “espejo” me mostraba un ser blanco, peludo, de morro ligeramente alargado y de orejas extremadamente largas y caídas; sus ojos rojos como el tinto vino parecían llamarme silenciosamente. En efecto, era el reflejo de un conejo.


Me quedé paralizado. ¿Qué hacía yo transformado en este ser?, ¿cómo terminé metido aquí?... Tantas preguntas rondaron por mi mente en un instante. Pero en un abrir y cerrar los ojos, sentí como un pequeño, afilado y frío objeto atravesaba lentamente la parte trasera de mi espalda. El dolor no perduró mucho y fui liberado a una jaula con más personas como yo. No, con personas no, sino con más conejos como yo.


A medida que el tiempo transcurría, mis compañeros de jaula y yo sentimos una extraña comezón que se intensificaba más y más, convirtiéndose en algo infernal. Asustado, volteé a mirar al conejo más cercano a mí, pudiendo ver la parte posterior de su cuerpo. Allí se lograba observar como le faltaba parte del pelaje que le cubría, y en esa oquedad asomaba una hilera de pequeñas erupciones, comedones, ampollas, enrojecimientos, entre otras cosas. Todos aquellos males comenzaban a multiplicarse y, asimismo, el dolor insoportable, parecido a romperse un hueso, eran imposibles de ser ignorados debido a que escalaban a más altura. Sentí como mis pequeños ojos se evaporaban y empezó a haber mucha neblina que me taponaba la visión. Estaba quedándome ciego. En un ataque de pánico, me tropecé con algo con mucha masa y volumen, que resultó ser aquel amigo de celda que una vez tuve. Intenté levantarme, pero resultó inútil, por mucho que intentara no lograba ningún resultado (parecía como si hubiera recién nacido e intentara por primera vez caminar). Las energías se iban agotando y mi respiración, antes agitada, ahora era más lenta. ¿Es este mi fin?


Es allí cuando por fin abrí, de manera brusca y de golpe y porrazo, mis párpados. Observando mi entorno alternadamente, me di cuenta de que la parada deseada se encontraba enfrente de mí. Sin más remedio, entré al edificio, donde me vestí y me preparé para acceder a una habitación llena de conejos enjaulados.



Balada contrastada, de Olivia Perceval


Avanzaba con determinación hacia la cuarta fila, a la tercera casilla desde la izquierda, ignorando el juicio silencioso de mi alrededor. 


Mi cabellera blanca se mecía con el viento, y en mi sien sentía la mirada del negro alfil enemigo. 


La tensión se palpaba en el aire, en este cruzado juego de miradas, una jugada de tácticas desafiaba el poco tiempo que teníamos para poder conquistar el tablero. 


Intentando marcar territorio, nuestros peones, con movimientos calculadores, repasaban los colores a sus pies, las torres vigilaban desde las esquinas, y nuestra reina deslumbraba con su versatilidad. 


Mi función es única, una danza estratégica que rompe con la monotonía del tablero. En esa travesía, encontraba la oportunidad en ocasiones para bloquear o capturar a nuestro enemigo, y poder ser ese elemento sorpresa del equipo. 


En algunas partidas salto casilla a casilla con delicadeza y honor, soy el sacrificio de otras, dejando mi huella en la historia del tablero, pero mi presencia siempre deja una marca indeleble en el juego que trasciende al mismo tablero. 


Encontrándome en esta blitz, con solamente 1 minuto restante, gotas resbalan por cada uno de nosotros, lentamente avanzando, simultáneamente tratando de descubrir el próximo movimiento de nuestro enemigo. 


Jaque mate. 



Las múltiples facetas del destino, de Marta Rebollo 




Mi vida como dado es todo un viaje lleno de altibajos emocionales y constantes cambios de escenario. A primera vista, podría parecer que mi existencia se limita a ser lanzado y determinar un número aleatorio, pero hay mucho más de lo que aparenta.  A medida que viajo de mano en mano, descubro mi propia personalidad y desarrollo una visión única del mundo que me rodea.

Como dado, siento una mezcla constante de emoción y anticipación cada vez que un jugador me toma entre sus manos. En ese momento, mi destino está en juego y mi única tarea es revelar un número que puede marcar la diferencia entre la victoria y la derrota. Es un poder abrumador y una gran responsabilidad. A veces, enfrento la presión de ser la clave del éxito o el desencadenante de la frustración.


Sin embargo, también experimento una cierta sensación de orgullo cuando obtengo un resultado favorable. Puedo sentir la alegría y la euforia de los jugadores que celebraen su victoria, y eso me hace sentir como si hubiera cumplido mi propósito en la vida. En esos momentos, me siento parte de algo más grande, una fuerza que puede cambiar el curso de un juego y brindar momentos de felicidad genuina.


Pero no todo es gloria y triunfo. También me encuentro con momentos de decepción y desilusión cuando obtengo un resultado desfavorable. En esos momentos, puedo sentir cómo los jugadores me lanzan con frustración, como si mi falta de suerte fuera culpa mía. A veces me pregunto si podría haber hecho algo diferente, si hay alguna forma de influir en los resultados. Pero en última instancia, me doy cuenta de que soy solo un objeto inanimado y que mi papel es simplemente obedecer las leyes del azar.


A medida que he viajado de mano en mano, he notado patrones interesantes en los jugadores. Algunos son supersticiosos y realizan rituales complicados antes de lanzarme, como si eso pudiera influir en mis resultados. Otros, en cambio, confían en su intuición y lanzan el dado con una actitud relajada pero confiada. Es fascinante ser testigo de las diferentes estrategias y creencias de los humanos, y me hace darme cuenta de hasta qué punto estamos dispuestos a aferrarnos a la idea de controlar el azar en nuestras vidas.


En conclusión, como dado, siempre estoy en busca de un propósito más allá de mi tarea básica de determinar números. A través de mi existencia, puedo ser parte de momentos de diversión, competencia, entre otras cosas. Mi papel va más allá de ser un simple observador y objeto de juego. Soy un vehículo de emociones y una forma de unir a las personas en torno a la diversión y la emoción. Y eso, en última instancia, es lo que más valoro en mi vida como un modesto, pero poderoso dado.



Pensando bajo la lluvia, de Blanca Reguart


Hoy fue un día peculiar. Después de estar guardado en un rincón oscuro del vestíbulo durante semanas, finalmente, me eligieron para salir a la calle. Una anticipación vibrante recorrió mi estructura de varillas mientras me tomaban del perchero, ansioso por desplegarme y mostrar mi utilidad al mundo.


El cielo estaba cubierto de nubes grises y el sonido de las gotas de lluvia anunciaba su llegada. Sentí como mi dueño me desplegaba con cuidado, extendiendo mis brazos de metal y deslizando mi lona con destreza. Las primeras gotas cayeron sobre mí, y mi propósito se hizo evidente.


La lluvia comenzó a caer con más intensidad, pero yo estaba listo para la tarea. Me convertí en el refugio móvil que todos buscaban. Las risas de los niños resonaban a mi alrededor mientras corrían para resguardarse y, las parejas, se acurrucaban bajo mi cobertura compartida. Incluso los transeúntes solitarios encontraban en mí un aliado contra las inclemencias del tiempo.


Entre las risas y charlas, noté que algunos me desplegaban con cierta aprehensión, como si fuera un mero objeto funcional. Otros, sin embargo, me trataban con suavidad, reconociendo mi papel más allá de la simple protección contra la lluvia.


En un momento, un joven se acercó apresuradamente y me abrió de golpe. Me estremecí ante la brusquedad, pero pronto entendí su urgencia. Estaba persiguiendo algo, algo importante. Mientras corría bajo la lluvia, me di cuenta de que, a veces, mi utilidad podía ser más que solo proporcionar un refugio; podía ser cómplice de aventuras y emociones.


La lluvia continuó, y yo, extendido en todo mi esplendor, era parte de esa escena urbana mojada pero viva. Cada vez que alguien se refugiaba bajo mi resguardo, sentía una conexión efímera pero significativa con ellos.


Con el paso de las horas, la lluvia cesó, y mi dueño me plegó con cuidado, devolviéndome a mi estado compacto. Regresamos al vestíbulo, donde quedé en espera de la próxima oportunidad para salir y ser más que solo un paraguas; ser un testigo de historias pasajeras en días de lluvia.



Desde esa mañana, de Inés Ruiz


Mi trabajo siempre ha sido muy sencillo. A las 6:40 de la mañana, bien puntuales, tenía que levantarme y empezar a cantar esa horrible canción que Samuel, mi dueño, había escogido. Nunca he entendido como alguien puede ser tan incapaz de poder levantarse solo, puesto que yo lo he hecho sin problemas. En cambio, a Samuel siempre le ha costado mucho. No importaba qué canción eligiera, él nunca se despertaba con la primera nota. Siempre tenía que sonar unas ocho veces para que finalmente se levantara y llegará medianamente pronto al trabajo.


En repetidas ocasiones, escuchaba las mismas frases como “cinco minutos más” o “no quiero levantarme”. Otras veces, cuando estaba profundamente dormido, simplemente se limitaba a esconderse bajo la almohada y quedarse dormido otra vez.


Una mañana, mientras cantaba la rutinaria melodía, noté algo extraño en la actitud de Samuel. Se movía inquieto en la cama y, en lugar de aplastar el botón de posponer, o de tirarme al suelo, sus ojos se abrieron de golpe, como si hubiera visto un fantasma. Por un momento, pensé que finalmente, después de muchos intentos año tras año, había logrado despertarlo con mi canción matutina. Sin embargo, en lugar de levantarse para prepararse para el trabajo, Samuel se quedó mirando el techo con una expresión pensativa. Me pregunté qué estaría pasando por su mente en ese momento.


De repente, antes de que pudiera hacer sonar la última nota, Samuel suspiró profundamente y, con mucha determinación en su mirada, apagó la alarma y se levantó de un salto. Parecía tener una nueva energía que nunca había visto.


A medida que pasaba el tiempo, me di cuenta de que algo en él había cambiado. Dejó de depender tanto de aquella canción sumamente repetitiva y cansina que tenía que cantar, y empezó a abrazar las mañanas con una actitud más positiva, ya no gruñía ante la idea de levantarse temprano. En ese momento, fue cuando las mañanas empezaron a ser más felices para todos. La luz del amanecer, el aroma del café recién hecho y el canto de los pájaros afuera se convirtieron en nuestros nuevos compañeros matutinos.


Aunque ocasionalmente se quedara dormido unos minutos más, mostraba un  nuevo aprecio por el inicio del día. Me di cuenta de que, a veces, pequeñas variaciones en la rutina pueden desencadenar cambios significativos en nuestra perspectiva. Así, mi tarea de despertar a Samuel se convirtió en un recordatorio de que incluso las rutinas más simples pueden llevarnos a descubrir nuevas formas de apreciar la vida.



Un extraño objeto, de Alexia Saura


En un rincón de un laboratorio abandonado, destaca un objeto que nunca había visto, un objeto que va más allá de mi comprensión. Tiene una forma intrigante, ya que sus líneas curvas y cuchillas afiladas escapan a mi entendimiento. ¿Acaso será una reliquia de alguna antigua civilización?


Mis manos se dirigen hacia dicho artículo, analizando a través del tacto, pero no encuentro indicios de cómo podría llegar a usarse. El objeto carece de botones, pantallas o cualquier señal reconocible. ¿Podría ser un artefacto místico?


Mis manos, que vuelven a trazar la figura de esa extraña pieza, buscan algún tipo de rasgo familiar. La textura, fría y metálica por una parte, mientras que por otra es rugosa y hecha de algo parecido al plástico, me resulta extraña. Mi mente se esfuerza por darle alguna utilidad a ese misterioso objeto. Todas las teorías que logra imaginar mi cabeza en ese momento son tan válidas como absurdas.


Mis manos colocan el artefacto en varias posiciones, girándolo, examinándolo desde diferentes ángulos, pero aun así no logro entender el propósito de ese extraño ítem que tengo en mis manos. ¿Quizás era un adorno? ¿O tal vez alguna especie de herramienta?


Dejo el objeto en su lugar inicial, mientras mi vista vaga por toda la estancia en busca de alguna señal sobre lo que podría ser ese objeto. Entonces, mi atención se detiene al observar como en un post-it amarillo está inscrito un mensaje: "No olvides limpiar las tijeras antes de guardarlas".


¿Entonces, ese extraño artículo se llama ‘tijeras’? Vuelvo a coger aquel ítem, guardándolo en mi bolsa. Seguidamente, me dirijo hacia la salida con la firme determinación de, una vez en mi nave, estudiar este artefacto denominado ‘tijeras’.






El lobo que vio con ojos de hombre, de Alejandra de Zanger




En el corazón de un antiguo bosque, un lobo solitario deambulaba entre los majestuosos y grandiosos árboles. En un giro inesperado del destino, la esencia del lobo se transforma no en otro ser del mundo animal, sino en un ser humano. Ahora, de pie en dos piernas y con manos que exploran el mundo, el lobo experimentó un cambio único que marcaría un antes y un después en su vida.


El humano recién formado siente la textura de su nueva piel y el peso de su propia existencia. En lugar de ojos dorados, ahora observa el mundo a través de pupilas humanas, contemplando la maravilla y complejidad que lo rodea, la soledad, que antes era una sombra en el bosque, ahora se convierte en una reflexión más profunda.


Con la capacidad de hablar y comprender el lenguaje humano, el lobo reflexiona sobre su experiencia única, la que está viviendo. Se da cuenta de que, aunque ha cambiado de forma, la esencia de la soledad  continúa en el corazón de su ser. Sin embargo, en lugar de ser una carga, la soledad se convierte en una oportunidad para la conexión y el entendimiento más profundo de sí mismo y de los demás.


Este nuevo humano, antes lobo, encuentra que la verdadera transformación es el despertar de la empatía y la compasión. Observa las relaciones entre los árboles y la vida que pulsa a su alrededor y se da cuenta de la interconexión de todas las cosas. Se sumerge en la consciencia de que, aunque puede estar solo en su forma, es parte de algo más grande, una red de vida que lo conecta con el bosque y la humanidad. 


Con manos humanas, el antiguo lobo acaricia las hojas y siente la textura del suelo. Mientras camina por el bosque. En su metamorfosis, encuentra un propósito más profundo, ser un motor para un mundo donde la comprensión, la empatía y la conexión trasciendan las diferencias, mostrando que independientemente de la forma que tengamos, todos compartimos la experiencia universal de la existencia y la soledad, que puede convertirse en una fuente de sabiduría y comprensión.


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