RETO 8: EL MICRORRELATO
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DE BLANCO, de Lucía Fabra
Al final de la catedral decorada con flores blancas se acercaba la que sería mi futura señora, la mujer más preciosa que ha pisado el planeta tierra. El latido de mi corazón resonaba cada vez más fuerte hasta que era incapaz de escuchar la música de fondo, con cada paso que ella daba los latidos sonaban más fuerte y rápido, tanto que me dio miedo de que alguien alrededor mío lo pudiera oír.
Cuando se acercó a mí, me sonrió y entonces supe que estaba con la mujer correcta, a punto de concertar matrimonio con un ángel caído del cielo. Vi sus labios diciendo mi nombre, pero mis latidos no me dejaban escucharla, el blanco de su vestido me deslumbraba de forma que tuve que pestañear para ajustar la vista a la luz del hospital donde ahora me encontraba.
–Alberto Martínez –exclamó una joven vestida con un uniforme de enfermera blanco mientras con una mirada de pena me sonreía preocupada– Señor, ¿Sabe usted dónde está?
No respondí, ya no estaba con ella, estaba aquí, y una lágrima me corrió por la mejilla.
–Bianca –invoqué el nombre de mi amada como si de alguna forma pudiera hacer que volvieran a mí sus recuerdos y su tacto.
–Nada, doctor no reacciona, el Alzheimer le está jugando una mala pasada, solo dice el mismo nombre una y otra vez, tiene la mente en blanco.
LA CASA DE CAMPO, de Carla Guardia
Se trata de una vieja masía con un jardín más grande que cualquier parque. No me extraña que no la hayan querido vender todavía, porque no se me ocurre un valor que pueda igualar el de sus vistas al mar, la rica y abundante decoración interior y el gran número de habitaciones. Es por eso que, cuando recibí una carta que solicitaba mis servicios para mantenerla limpia, no dudé en aceptar. Trabajé ahí durante cinco meses, y no cobré una sola semana. Muchos me preguntan por qué no volví a reclamar mi dinero. No suelo contestar, es mejor que no sepan que me crucé por los pasillos con la mujer que hace diez años fue hallada sin vida en su casa de campo.
YA ESTÁ, HE EXPLOTADO, ¡NO AGUANTO MÁS!, de José María Ollé
Lo vi en la parada del bus, con ese gesto arrogante que siempre me saca de quicio. Esta vez no pude evitarlo y me acerqué a él. “Nunca es tarde para aprender modales”, le dije en la oreja. Su mirada se clavó en la mía, una mezcla de sorpresas y desprecio. Pero lo disfruté y mucho. A partir de ese momento, cada encuentro era una oportunidad para sembrar desconcierto en él.
Un día, mientras caminaba por la calle, lo vi cruzar despreocupado frente a mí. Fue entonces cuando decidí hacer algo para volver a sembrar el mismo desconcierto que lo paralizó hacía ya unos días. Con movimientos rápidos, lo arrastré hacia un callejón oscuro. Su rostro era de temor cuando le saqué la navaja. “¿Qué haces?”, dijo con voz aterrada…
Al final lo dejé allí, hecho mierda. Sabía que nunca más sería el mismo. Y yo, bueno, yo había encontrado una nueva forma de expresar mi desprecio hacia las personas.
DESMEMORIA, de Olivia Perceval
El niño despertó nuevamente, atormentado por la misma pesadilla noche tras noche. Recuerdos pasados llenos de dolor se aferraban a él como sombras persistentes, fantasmas que se negaban a abandonarlo. Todas las noches, este temía dormir, sabiendo que los fantasmas volverían a atormentarlo.
Intentando encontrar la paz dentro de sí mismo, decidió buscar la ayuda de una vieja bruja que vivía en lo profundo del bosque. Lleno de esperanzas, se arrodilló frente a ella y le suplicó:
—Bruja, por favor borra todos los malos recuerdos de mi mente. Quiero liberarme de estas pesadillas que me atormentan. Haré cualquier cosa a cambio.
Con una sonrisa cruel, esta accedió a su pedido y realizó un ritual mágico para borrar los recuerdos dolorosos del niño. Conforme pasó el tiempo, las pesadillas cesaron, pero la felicidad que el niño esperaba nunca llegó. A medida que fue creciendo se dio cuenta de que la ausencia de esos recuerdos no lo hacía más feliz, sino todo lo contrario.
En una noche de luna llena, la bruja se apareció al niño para reclamarle lo que le había prometido. Frente a ella, el niño, lleno de ira y dolor, gritó:
–¡Maldita bruja! Los malos recuerdos se han ido, pero todavía no soy feliz. ¡Tu hechizo no ha servido de nada!
Con voz fría y serena, ella explicó:
–Los recuerdos dolorosos, de remordimientos, recuerdos de herir y de ser herido… Esos recuerdos son parte de lo que nos hace humanos. Al privarte de esos recuerdos, te he privado de la oportunidad de crecer y de encontrar tu verdadero ser.
Y con esas palabras, la bruja reclamó el alma del niño, volviendo a lo profundo del bosque.
INSTANTES DE CAFÉ Y DESTINO, de Marta Rebollo
En un frío campo de concentración en Austria, donde la desesperanza se palpaba en el aire denso, él, un joven fotógrafo, luchaba por encontrar un atisbo de inspiración entre los barracones desolados. Entonces recordó aquel día en una acogedora cafetería del centro de la ciudad. El día en que cambió su vida por completo.
Era una fría mañana de invierno; dos desconocidos se encontraron de manera casual. Él, un fotógrafo en busca de inspiración, se refugiaba del frío exterior con una taza humeante de café. Ella, una escritora en busca de palabras perdidas, se sentó frente a él, huyendo del bullicio de la ciudad.
Sus miradas se cruzaron en un instante preciso, dos extraños en un mundo de prisas y distracciones; sin decir una palabra, conociéndose en medio del caos cotidiano.
Luego, él se sumergió de nuevo en su libro, pero su mente divagaba, perdido en los pensamientos que la presencia de ella le había despertado. Mientras, ella escribía frenéticamente en su libreta, tratando de atrapar las palabras que danzaban en su cabeza, pero su atención siempre volvía hacia él, como si fueran imanes destinados a encontrarse.
Fue ella quien rompió el silencio, con una pregunta casual sobre el libro que él estaba leyendo. Pronto, la conversación fluyó con la naturalidad de aquellos destinados a encontrarse en el momento justo y el lugar adecuado. Hablaron de sueños y aspiraciones, de amores perdidos y de esperanzas renovadas; compartieron risas, como si se trataran de amigos de toda la vida.
Justo cuando el calor de su encuentro empezaba a fundir el hielo entre ellos, el caos irrumpió de repente en aquella cafetería. Soldados armados con uniformes oscuros invadieron aquel lugar arrastrando a todos los judíos presentes, incluyendo al joven fotógrafo, hacia un destino incierto en un campo de concentración cercano.
OJOS EN LAS ESTRELLAS, de Blanca Reguart
Me paso los días observando a la gente desde mi ventana, viendo cómo se comportan, cómo hablan y aprendiendo de ellos. Nunca elevan la mirada, no se dan cuenta de que les miro. He llegado a la conclusión de que los humanos son muy egoístas, muy centrados en ellos mismos. A veces intentan camuflarlo con actos de falsa caridad, dando comida a personas necesitadas para limpiar sus conciencias o acusando a la gente de no reciclar mientras beben usando pajitas de cartón. ¡Qué inutilidad! Si vieran las cosas con más perspectiva repararían en mí y en el resto de los de mi especie.
Cansado de su indiferencia, decidí actuar. En lugar de tratar de comunicarme con ellos directamente, opté por mostrarles quién era de una manera sutil. Dejé pequeños rastros de mi presencia, como extrañas luces en el cielo nocturno o patrones misteriosos en los cultivos cercanos.
Al principio, la gente lo tomó como fenómenos naturales o simples coincidencias. Sin embargo, con el tiempo, comenzaron a surgir teorías y especulaciones sobre la posibilidad de vida extraterrestre. Los debates se extendieron por la ciudad, alimentados por avistamientos inexplicables y testimonios confusos.
Una tarde, mientras paseaba por el parque, escuché a un grupo de jóvenes discutiendo animadamente sobre la posibilidad de que no estuviéramos solos en el universo. "¿Y si realmente hay extraterrestres entre nosotros en este momento?", se preguntaba uno de ellos con entusiasmo.
El sol comenzó a ocultarse en el horizonte, pintando el cielo de tonos rojizos mientras la conversación continuaba. Me alejé lentamente, desvaneciéndome entre las sombras del atardecer, dejando tras de mí una estela de incertidumbre y misterio. Tal vez, en algún momento, volvería a cruzarme en sus vidas, pero ¿cómo? ¿Cuándo? Y lo más intrigante de todo, ¿por qué?
HADAS DE JARDÍN, de Inés Ruíz
Desde hacía años, una señora de ojos grises tenía como su mayor pasatiempo cuidar el jardín de su casa. Era pequeño y acogedor, lleno de flores que crecían en un desorden armonioso. Aquel jardín destacaba al entrar por la pequeña puerta de madera que separaba el antiguo salón de paredes azules y alfombras orientales.
Descubrí aquel curioso placer de observar cómo su cuerpo experimentaba felicidad por cada vena al cruzar la puerta de madera y dirigirse a su lugar sagrado. Desde que era niño la observaba por la ventana de mi cuarto, la cual proporciona una maravillosa vista del entorno.
Antes creía que vivían hadas en el jardín y que ayudaban a la señora, aunque con la edad esa idea se fue esfumando, cuando empecé a darme cuenta de todo aquel esfuerzo, mañanas y tardes dedicadas a él.
Ahora que soy yo el señor mayor que cuida mi jardín, he vuelto a replantearme la existencia de criaturas mágicas que tienen como objetivo cuidarlo. Hace más de 20 años que murió la señora de ojos grises, pero su rincón sigue tan verde y vivo como cuando ella lo cuidaba. A lo mejor es que sobrevive gracias al amor acumulado de tantos años de cariño.
NO LLORES PORQUE YA SE TERMINÓ, SONRÍE PORQUE SUCEDIÓ, de Sonsoles Sampere
Todo comenzó con un llanto. La gente se suele entristecer o preocupar cuando suena uno, pero esta vez era diferente. Un nuevo llanto significa una nueva vida. Todos comenzamos así.
¿Cómo algo tan feliz como aquello acaba tan mal como esto? Sonrisas y risas nunca faltaban cuando se trataba de ella, la alegría la inundaba y se expandía entre la multitud.
Todo se resume en ropa, recetas y pocas cosas más. El tiempo vuela más rápido de lo que me gustaría expresar.
Y tristemente, como todo empieza, todo acaba. Se finaliza con llantos igual que el del comienzo, y se sella una vida llena de recuerdos y momentos vividos.
COMO UNA MANZANA, de Alexia Saura
La roja manzana rodó hacia mis pies, mis ojos se clavaron en la fruta y el terror se apoderó de mí. Mis manos, encadenadas, buscaron la forma de zafarse, aunque mis esfuerzos resultaron nulos. La fruta color sangre se detuvo frente a mí y mis ojos volvieron a posarse en ella. Mi cuerpo empezó a temblar al ver que la monstruosa mano del ser que se escondía en la oscuridad agarraba la manzana y la devolvía a su lecho. Me tensé a la espera de lo que podría pasar, pero a los pocos minutos me permití relajar.
La manzana volvió a rodar hacia mí, pero esta vez las marcas de una inhumana dentadura adornaron la roja fruta. Comencé a hiperventilar y el terror se apoderó de mi mente. Velozmente, el ser estiró su brazo hacia mí, agarrando mi pierna y atrayéndome hacia él de un tirón. Lo último que recuerdo fue el ruido de unas de mis extremidades siendo desgarrada.
CAÍDA LIBRE A LA TRONERA, de Pepe Solans
Notar el viento en la cara es una cosa que suele relajar o calmar a una persona. En mi caso, cayendo directo en dirección al suelo no es tan agradable. Pero primero recapitulemos un poco para ver cómo he acabado así. Siempre he sido una persona muy impulsiva y orgullosa. Mi orgullo me ha llevado a hacer estupideces y a acabar metido en diferentes situaciones que podríamos describir como exóticas: por ejemplo, una vez, por una apuesta, acabé metido en un contenedor en un barco rumbo a Nairobi, y por perder otra, estoy donde estoy ahora. Básicamente, podríamos decir que un amigo mío había vuelto de saltar en paracaídas y dijo que no teníamos –para decirlo sutilmente– narices de hacerlo. Como ya he dicho, tengo tendencia a acabar en situaciones así por mi orgullo, y le dije: “¿Que no? ¿Nos lo jugamos al billar?”. Y aquí estoy cayendo de un avión mientras grabo esto por si muero. Mi único consejo es que no juguéis al billar a menos que estéis 100% seguros de que podéis ganar.
EL TIC TAC DEL ALMA, de Alejandra de Zanger