Cambio de perspectiva

 


MARÍA, de Lucía Baurier


Recuerdo perfectamente el día en que llegó María. Era un día especialmente caluroso de verano en el que un medio derretido polo de limón resultaba mi único compañero frente al mortal aburrimiento que suponían mis vacaciones de verano y las de todos los niños que las pasan en el pueblo de su abuela, perdido en Castilla y León.


De golpe, el zumbido de la radio estropeada de la cocina y el coro de grillos que la acompañaba se vio interrumpido por el sonido del motor de un coche.


Me asomé a la ventana y, del coche, salió una chica, era muy alta y esbelta, su piel bronceada relucía y resaltaba el contraste con su vestido blanco de algodón, pero lo que más llamaba la atención era su largo pelo castaño que al sol tomaba reflejos de un rojo intenso. Parecía disgustada y discutía acaloradamente con el conductor del que se despidió con un portazo., Lla verdad, la entendí, esta no era la localización soñada para nadie, pero aun así, miró hacia arriba y al verme me sonrió y, desde allí, supe que acabaría teniendo peso en mi vida.


Mi teoría no tardó en confirmarse cuando, esa misma tarde, mi abuela me pidió que le enseñase el pueblo un poco y la acogiese al ser nieta de una amiga suya. No pude negarme y me callé el hecho de que al no tener ningún amigo yo estaba en su exacta misma posición.


Dimos un par de vueltas hasta que el intenso calor nos obligó a parar a sentarnos un rato a la sombra en las escaleras de la plaza. Estuvimos hablando un rato y me explicó que era de Barcelona, yo eso ya lo sabía, no me lo había dicho, pero a los catalanes se les nota un poco el acento en la pronunciación de la “l”, además, los temas de los que hablaba y sobre todo su opinión al respecto eran solo propios de una chica de ciudad para la época.


En un momento dado se encendió un cigarro, eso me sorprendió, y ella al notarlo río:


–¿Qué pasa, nunca habías visto uno?


La pregunta me avergonzó, por alguna razón no quería que pensase que era una mojigata.


Ella lo notó y simplemente cambió el tema y pronto adoptamos una dinámica en la que María hablaba sin parar y yo escuchaba y añadía algo cada vez que ella daba una calada a su cigarrillo o sonreía desafiante a algún octogenario transeúnte que la miraba con desaprobación.


–Pero, ¿que te ha traído aquí?, quiero decir, ¿por qué veraneas en este pueblo de mala muerte? –Pregunté en algún punto de la conversación.


Fue entonces cuando esa aura de confianza y picardía con la que parecía que buscase batallar con todo aquel con el que hablase se vino abajo de golpe. 


Su voz directa y burlona tembló por primera vez en toda la tarde y, esos ojos azules penetrantes que no había pasado por alto se cristalizaron.


–Bueno, mi padre quería venir aquí, así que…


Fue en ese preciso momento que entendí que a María no le gustaba fumar, no era tan confiada como le gustaba aparentar, no ignoraba todos sus problemas riéndose de ellos, no  disfrutaba desafiando a la autoridad constantemente, simplemente, a su manera, pedía ayuda y, por alguna razón, también sufría.



BLANCA, de Lucía Baurier


Recuerdo perfectamente el día que conocí a Blanca. Era un día especialmente caluroso de verano en el que el cuero de los asientos del descapotable de mi padre te quemaba la piel y los espejismos se difuminaban al final de las largas carreteras a causa de las altas temperaturas.

Yo siempre había veraneado en la costa, pero ese año, a raíz de la muerte de mi madre, mi abuela nos había propuesto pasar las vacaciones en su pueblo para cambiar de aires un poco. Sinceramente, la idea no me inspiraba demasiada excitación, pero todo era mejor que las, más vacías que nunca, habitaciones del piso de Barcelona.


Llegamos allí sobre la hora de comer y después de un viaje corto, pero insoportable en el que, de alguna manera, mi padre se las había arreglado para recordarme todos mis fallos y defectos como hija y como persona en general, solo me apetecía relajarme un poco.


Él siempre se las había ingeniado para poder culparme a mí de lo que pasó, supongo que era la forma que tenía de canalizar su dolor, pero a día de hoy sé que eso es algo que nunca le perdonaría.


Yo sabía que en el fondo, aunque me gustase fingir ser indiferente a todo lo que pasaba a mi alrededor, era una niña muy frágil que sufría y que en ese momento solo necesitaba a alguien que la escuchase y creo que, por eso mismo, me aferré a Blanca como a un salvavidas, porque desde el primer momento, supe que ella sabía que mentía.


Blanca era totalmente contraria a mí, era muy delgada, pero no muy alta, tenía los rasgos afilados, pelo oscuro y brillante y una piel blanca que parecía porcelana.


Mi abuela me había contado que no tenía muchos amigos, aunque yo eso ya lo supuse cuando la conocí un poco. Era extremadamente tímida y hablaba poco, además, tenía una forma de mirar a la gente muy intensa, que podía llegar a resultar incómoda, Pero tenía algo que la hacía muy especial, tenía una capacidad para escuchar increíble que parecía invitarme a contarle mis problemas. Yy es que, esa tarde, a la sombra, sentada en las escaleras de la plaza, pude abrirme como no lo había hecho con nadie y le conté el origen de todo mi dolor a través de solo un par de miradas.




Nuestra despedida 1, de Chloé Boixet


Cuando me quedo sin café voy a ver a mi madre y le robo una taza de té, además de las horas que tardamos en ponernos al día. A veces voy con mi mujer, e incluso los niños me acompañan. 


Hoy vengo solo y subo las escaleras, no hay nada diferente, hasta que le veo la cara y sé que es grave. Insisto, pero hasta que no tengo el té en la mesa, no se pronuncia.


–Hijo, me queda menos de lo que creían.


Me paralizo, hasta que el té empieza a arder en la garganta. Entonces vuelvo a ser un niño, y temblando pregunto:


–¿De qué hablas?

–No supe cómo contarlo; tu hermana tan lejos, y tú tan ocupado…Pero hace meses que sé que tengo cáncer hepático.

–¿Y no nos dijiste nada antes?


Intento reprocharle algo cuando solo estoy triste, es ridículo.


–Te lo estoy diciendo ahora. Y también lo siguiente que me va a pasar, sabiendo que me quedan escasos meses de agonía. Algo muy agotador y humillante para una anciana como yo. Por eso, voy a suicidarme. Porque prefiero huir yo misma del infierno que me queda por vivir.


Mamá anuncia todo con calma, y yo creo que es una broma. Hasta que pone en la mesa los papeles de diagnóstico y una vieja cuchilla que conservó de papá. Estaba atónito, siempre había sido excéntrica pero la vejez la había enloquecido y no nos dimos cuenta.


–Tienes que darnos tiempo a la familia para asimilarlo ¡No puedes irte de repente!

–No lo veo así. Vosotros, hijos míos, me queréis mucho, pero ya no me necesitáis. Sois adultos, podréis entender la muerte a la que el mundo se enfrenta a diario y sin aviso. 

–¿Además, qué pasará con los niños?

–Mis nietos no deberían ver a su abuela débil en una cama, mientras la vida se escapa del cuerpo. Esa escena no debería ser la última que recuerden de mí.


Reflexiono sobre todo lo que ha dicho, ya ha tomado una decisión y yo también. 


–¿Pero por qué me lo explicas si podría impedirlo?

–No lo harás. 


Aun anciana y yo adulto, ella me conocía perfectamente. Por eso me acabé el té, y al marcharme la abracé. Quizás fue un abrazo largo o corto, no lo sé, pero sí fue intenso. Me aferré a cada segundo para despedirme de ella por última vez.


Y marché en paz, casi feliz. Ella había encontrado la paz en su final, y yo en nuestra despedida.


En una semana, y vestido de negro le agradezco a una lápida recordarme el valor de apreciar la vida para saber afrontar la muerte.



Nuestra Despedida 2, de Chloé Boixet


Regorafenib, qué nombre tan largo y complicado. Para que todo se resuma en la corta vida que me queda. Pero, siendo los médicos quienes decidieron el nombre, no me puede extrañar. Al único que he logrado cogerle cariño es a mi hijo David, a pesar de ser todo lo prepotente que puedo esperar de un médico. A las once, durante mi oración matinal, debo confesarles que he pedido a Dios que no venga con su mujer. La falsa preocupación por mí y la soberbia con la que carga cada consejo que me da, –y lamento admitir este pensamiento–, me hace querer arrancarle las mechas rubias del pelo y las extensiones de pestañas.


De nuevo, espero que esta confesión quede entre ustedes y yo, pero me gusta invitarle a tomar té solo por si acaso trae a mis nietos. Dulces e inocentes criaturas, ya sometidas a la presión de sus padres por un obligado futuro brillante. Hoy no venían seguro, ya me había asegurado de preguntar. Por suerte, la última vez que los vi, pude abrazarlos como necesitaba.


Mejor que ponga ya el agua a hervir, David llegará en veintidós minutos. Es el mejor té; el más sabroso y más caro. La situación consideraba que lo merecía cuando lo compré, pero ahora espero que, siendo tan fuerte, no me levante el paladar. La medicación me causa estos estragos, y es quizás lo menos práctico de todas las consecuencias.


Ya con las pastas preparadas, el té servido y los documentos puestos debajo de la vieja cuchilla que usaba mi marido. Él fue el amor de mi vida, y un hombre justo, bueno y trabajador, y sé que está en el cielo. Pero dudo que, a pesar de ser una creyente fiel, nos reencontremos. O quizás no haya algo después, pero espero que no sea así. Porque me conozco, y sé que enfrentar el vacío durante la eternidad me aburrirá.


Veintidós minutos después oigo el interfono sonar. Está subiendo las escaleras a paso tranquilo. Mientras tanto, giro el cuello, y, al mirarme al espejo, veo a una anciana decrépita, ojerosa y raquítica. Lamento no encontrarme con la mujer vital que recuerdo ver, y que aún la siento por dentro.


Abre la puerta, observo canas que se hacen notar en su cabello, pero guardo el comentario para mí. Y de manera egoísta, agradezco no poder ver cómo al pelo castaño lo sustituirá el gris, el porte robusto se convertirá en una figura frágil y los ojos azules perderán su vitalidad mientras se entierren lentamente entre arrugas.


Al instante, él lo nota, sabe que pasa algo. Me pide explicaciones, pero espero a que se siente en la mesa.


Sin rodeos, siempre me ha gustado empezar por lo más importante:

 —Hijo, me queda menos de lo que creían.


De repente, mi niño me está mirando con ojos temerosos y desconcertados. Hace una mueca con la boca, el té le está atravesando dolorosamente el esófago.

 —¿De qué hablas?
—No supe cómo contarlo; tu hermana tan lejos, y tú tan ocupado… 


Pero hace meses que sé que tengo cáncer hepático.

 —¿Y no nos dijiste nada antes?


Debo reservarme para mí que ella ya lo sabía y me prometió guardar el secreto. Ha estado ayudándome a hacer la herencia, sus estudios de derecho me facilitaron hacer todo el papeleo. Y me sorprendió la honestidad con la que dividió todo igualitariamente con su hermano, a pesar de todo. Espero que cuando me entierren se vean, y al menos conozca a sus maravillosos sobrinos.


—Te lo estoy diciendo ahora. Y también lo siguiente que me va a pasar, sabiendo que me quedan escasos meses de agonía. Algo muy agotador y humillante para una anciana como yo. Por eso, voy a suicidarme. Porque prefiero huir yo misma del infierno que me queda por vivir.
—¡Tienes que darnos tiempo a la familia para asimilarlo! ¡No puedes irte de repente!


El tono me irritó, nunca me ha ganado en una discusión. Y pretende que la última que tenemos se convierta en la primera que pasa.

 —No lo veo así. Vosotros, hijos míos, me queréis mucho, pero ya no me necesitáis. Sois adultos, podréis entender la muerte a la que el mundo se enfrenta a diario y sin aviso.


Esas palabras me rompieron aún saliendo de mí. Una vida de amor y entrega a mi familia, pero ahora me veía siendo solo un recuerdo doloroso para ellos.

—¿Además, qué pasará con los niños?


No me gusta admitirles que los ojos se me quieren inundar, pero logro mantener la compostura.

 —Mis nietos no deberían ver a su abuela débil en una cama, mientras la vida se escapa del cuerpo. Esa escena no debería ser la última que recuerden de mí.
—¿Pero por qué me lo explicas si podría impedirlo?
—No lo harás.


Se nota en su cara, lo ha asimilado. A la vez, yo me doy cuenta de que es la última vez que miro la cara de mi hijo, el último té que le prepararé, la última sonrisa que le ofreceré en silencio.


Y antes de marchar, un último abrazo. Él se despide con fuerza, aferrándose a minutos que se han convertido en oro para él. Se lo devuelvo con menor fuerza y aún más dulzura. Intentando así desearle en silencio suerte con la vida que aún tiene por delante. Todo lo largo que pudo ser, me pareció corto. Y la puerta cerrarse supuso el punto final.


Recogí todo, me puse mi mejor abrigo y cerré el gas. Bajé a confesarme, a modo de unción. Quería confesar mis pecados, incluido y el que al volver a casa cometería. Esperaba que así fuese posible volver a ver a mi gran amor, y por fin descansar juntos.


Al volver a casa, cumplí con mi cometido. Y desde entonces, deben saber ustedes que me encuentro aquí.



Obsesión bajo el agua, de Adriana Martí


Allí estaba, parada frente al espejo repasándose los labios con su labial rojo cereza mientras se sonreía a sí misma al espejo con una expresión de admiración. Tenía una mirada desafiante y eso me gustaba. 


Después de perderla de vista durante todo el día, por fin coincidimos en la optativa de la tarde. Me sorprendió ver por primera vez una expresión distinta en ella, parecía triste, desanimada y por lo hinchados que estaban sus ojos deduje que había estado llorando. 


Hoy ella tenía un examen, ¿quizá había llorado por eso? ¿O puede que se hubiese peleado con alguna amiga? No lo pude evitar y me lancé a preguntar.


–¿Por qué llorabas? –le pregunté.

–No sé qué dices, vete –me respondió ella, con un tono claramente seco.

–Tienes los ojos rojos e hinchados, ¿por qué llorabas? –insistí.

–Por el examen de historia, ¿vale? Ahora pírate. -debería haberme pirado pero sabía que me estaba mintiendo.

–No es verdad, no estabas llorando por eso. –afirmé.

–Mira que eres pesado Lucas, a ver ¿cómo lo sabes? -exclamó ella en un tono de enfado, a lo que yo le respondí:

–Porque… tú nunca sufres cuando tienes un examen, tú sufres cuando Marcos no te hace caso y cuando te queda mal la ropa o el maquillaje. Aunque no mucha gente sabe que también lo pasas mal en los espacios pequeños con mucha gente, te auto exiges mucho en el hockey y por alguna razón tienes una relación pésima con tu padre, eso es lo que de verdad te hace sufrir, y seguramente sea por eso que hayas llorado, no por el examen de historia.

–Lucas, no sé cómo cojones sabes todo eso, ni quiero saberlo, pero ¿puedes dejar de ser raro? Vete a acosar a otra tía que te aguante, me das grima.


Supongo que así hubiese sido nuestra conversación si yo no fuese tan raro. Pero me temo que desde que la conocí no me he atrevido a dirigirle la palabra, sino que  me he limitado a observarla, o ¿puede que a acosarla?, no lo sé.


–Eh! Lucas, ven aquí, rarito, –me encantaba oír su voz pronunciando mi nombre. –¿Te apetece ir a bucear un rato? 


Antes de poder decir una palabra ya tenía la cabeza metida en el váter. Así es como, cada día antes de la optativa de la tarde, Martina me hacía bucear para divertirse un rato con sus amigos. Seguramente penséis que soy un masoca por dejarme acosar por la chica que me gusta, pero vosotros no lo entenderíais, de verdad que no seríais capaces de entender que cuando ella me agarra la cabeza para meterla en el váter yo solo puedo pensar en que ella me está tocando la cabeza, y cuando ella pronuncia mi nombre acompañado de mil adjetivos despectivos, yo solo me quedo con el hecho de que ha pronunciado mi nombre, y del mismo modo que cuando ella se ríe de mí yo simplemente me alegro porque esta guapísima cuando sonríe.


Y que sepáis que no soy tonto, yo sé que Martina me odia, pero aún así cada día espero que llegue la optativa de la tarde para poder oír su voz.



Una adicción destructiva, de Adriana Martí


Hoy es otro día de mierda, en este instituto de fracasados, con la misma gente subnormal de siempre. Me he despertado tarde así que me ha tocado acabar de maquillarme en el baño. Y allí estaba el pesado de turno mirándome mientras me pintaba los labios. Por suerte he podido perderlo de vista durante todo el día porque sino no me aguantaría. A tercera hora, en la clase de inglés, me ha llegado un mensaje de mi padre que como siempre estaba borracho. El mensaje decía: 


“Cada vez me recuerdas más a tu madre, no vales nada, solo eres una cara bonita, que no sabe hacer nada, solo me haces gastar aún más dinero, eres una carga para la familia, búscate una casa para esta semana porque en mi casa no entras.”


A ver, no quiero que me malinterpretéis, no me estoy intentando victimizar, yo sé que soy mala persona, pero por lo menos tened en cuenta que no es culpa mía, sino algo hereditario. 


Que a mi padre le den estos ataques de ira contra mí no es nada nuevo, pero eso no quita que me afecte igual, así que procuro que no me vea nadie y me meto en el baño a llorar.


Pero como no puedo llegar tarde a la optativa de la tarde, me doy prisa y entro en clase, este es por fin el momento más esperado del día. El momento donde por fin siento que tengo el control y, como he dicho antes, es hereditario. Así que del mismo modo que mi padre se desahoga en mí, yo me desahogo en Lucas, el rarito de turno. 


–¡Eh! Lucas, ven aquí, rarito –le digo mientras me acerco a él. –¿Te apetece ir a bucear un rato? –Antes de que pueda decir una palabra, ya le he metido la cabeza dentro del váter. 


Así es como, cada día antes de la optativa de la tarde, le hago bucear un rato, y así saco la impotencia de tener una vida de mierda. 


Lo peor es que cada vez que lo hago me siento tan mal que no sé bien bien ni cómo explicarlo, pero el problema es que soy adicta a hacerlo, necesito hacerlo. Y estoy esperando el día en que Lucas me de la cara y me meta una paliza porque sé que es lo que merezco. Pero hasta entonces, seguiré haciendo esto porque por mucho que no sea lo que me hace feliz, sí es lo que me ayuda a seguir con mi vida, si así puedo llamarla.


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