Noticias que inspiran

 Una cagada monumental, de Xavi Megias


Llevaba hablando con Diego por Tinder durante semanas. Era simpático, tenía sentido del humor y, lo más importante, parecía muy normal. Así que, cuando me invitó a cenar en su casa, acepté con la esperanza de que la noche terminara con final feliz. 


La cena fue bien. Charlamos, reímos y parecimos conectar muy bien, todo parecía ir perfecto, hasta que me llegó la llamada de la naturaleza, la comida de hoy estaba empujando la de ayer, y me veía en la urgencia de ir al baño. Así que me dirigí al baño con total normalidad. Ya sé que en una primera cita nunca se debería hacer eso, pero me veía en la máxima urgencia. Cuando entré en el baño, cerré la puerta con el pestillo y me preparé para hacer lo mío, y cuando terminé, tire de la cadena,. Pero cuando parecía que el monstruo se había ido, volvió. Así que volví a tirar, y seguía sin irse, en ese momento, en mi cabeza parecía que la caca hubiese cobrado vida, y que hablase conmigo:


–¡No me iré!

–¡Sí, sí lo harás!

–¡No!

–¡Que sí!


Entré en pánico. ¡No podía ser la chica que en su primera cita deja un regalo que no lo traga el váter! Miré a mi alrededor buscando una solución y con mi mente privilegiada, tuve la maravillosa idea de coger un poco de papel, y envolver el “regalo”. ¿Después de envolverlo, seguía con el mismo problema, pero ahora con una capa de papel, ¿qué hago ahora? Porque no puedo tirarlo a la basura porque olería muy mal, y tampoco puedo salir porque me vería con el “paquete”, y por supuesto que tampoco me lo puedo esconder en el bolso porque me lo dejé en el salón. Así que después de pensar bastante, se me iluminó la bombilla, y tuve otra idea maravillosa., ¿Y si la tiro por la venta?, era una ventana con una apertura por arriba, ósea que haría el efecto rampa y caería hacia abajo, y eso hice, ¿qué podría salir mal?, pues todo. La ventana tenía un doble fondo, en lugar de caerse hacia el jardín, se quedó entre cristal y cristal. Justo en ese momento, Diego picó a la puerta, y dice: “¿Oye, va todo bien?”, y mi increíble respuesta en ese momento fue: “Sí, sí, todo bien, no te preocupes”.  Estaba super estresada en ese momento, hasta que se me volvió a iluminar la bombilla, y tuve otra maravillosa idea, meterme por la apertura de arriba de la ventana, y sacarla con la mano. Me subí con cuidado al borde de la bañera y metí primero un brazo por la apertura de la ventana, intentando alcanzar mi “paquete”. Pero claro, no llegaba. Así que, sin pensarlo mucho, decidí meter la cabeza. Y luego, un hombro. Y cuando quise darme cuenta, ya tenía medio cuerpo dentro. Fue en ese momento cuando supe que la había cagado, nunca mejor dicho. Mis caderas se quedaron atascadas en el marco. Tiré con todas mis fuerzas hacia atrás, pero nada. Empujé con los brazos hacia adelante, pero tampoco. Estaba oficialmente atrapada. Justo en ese momento, Diego volvió a llamar a la puerta.


–¿Seguro que estás bien? Es que escucho muchos ruidos.

–Sí, sí, todo bien, solo dame un momento.


Pero la verdad era que no tenía ni idea de cómo salir de ahí sin ayuda. Después de varios intentos inútiles, acepté mi destino. Con la poca dignidad que me quedaba, le pedí ayuda a Diego. Cuando abrió la puerta y me vio metida en la ventana, no sabría como describir su cara


–¡Madre mía! ¿Cómo has terminado ahí?

–Larga historia. Pero ahora mismo lo importante es sacarme de aquí.


Diego intentó tirar de mí, pero fue inútil. Estaba atrapada de verdad. Así que, tras pensarlo unos segundos, tomó la decisión más lógica, aunque más humillante, llamar a los bomberos. Cuando llegaron, los bomberos intentaron no reírse, pero estaba claro que la situación les hacía mucha gracia. Aunque al final, con unas herramientas y mucho esfuerzo, lograron liberarme. No por ello sin dejarme un trauma para siempre y desinstalando Tinder por una temporada.




Buscando la verdad, de Ada Solanilla


Noto por primera vez el calor arropándome y siento los rayos iluminando delicadamente mis escamas. Es algo maravilloso, después de toda una vida en la oscuridad, puedo ver la luz. Cada día ha sido igual desde que nací. Las tinieblas de las profundidades resultan monótonas, no quiero decir aún así que no sean interesantes, pues disfruto observando al resto peces que voy encontrando. Pero es realmente tentador descubrir quée hay más allá de todo ese negro que nos rodea. Creo que la respuesta a esto se encuentra en la misma razón por la que la luz que produce mi antena atrae a mis presas. No pienso que eso se deba al hecho de que les parezca atractivo el acercarse a mi luz, pues poseo un aspecto monstruoso, pero es quizás ese miedo a lo que se esconde tras ese foco lo que realmente les atrae. 


Mientras sigo nadando hacia esos rayos que cada vez me cubren más, me doy cuenta de que me espanta este acto. ¿Quizás debería dar la vuelta y regresar a la fría pero conocida oscuridad? Eso supondría que, seguramente estaría a salvo y viviría cada día de la misma forma que todos estos años, pero también significaría no llegar a conocer la verdad, no experimentar la sensación de alcanzar esta luz que cada vez me cubre más. Me limitaría a pensar lo que mi imaginación podría suponer que se halla más allá de las profundidades. Y siempre estaría esa tentación por descubrir lo desconocido. Definitivamente no tengo otra opción. 


No puedo regresar, si lo hago nunca encontraré tranquilidad. Sin embargo, mientras más subo menos siento mi cuerpo. La luz me ciega, la respiración me falla y el calor me quema. Pero es extraño, pues, hay algo en esto que me gusta, como si mi ser y mi esencia dejaran de pertenecer al mundo que conocía, como si entrara en un nuevo mar, en otro tipo de agua. A mi entrada, me reciben unos peces que desconozco, los cuales me miran curiosos. Aunque, a pesar del hecho de que no tengan aletas y no se parezcan a nada que he visto anteriormente me sorprenda, no debo dejarme llevar por estas distracciones. No he tomado esta decisión para dejar que algo sin importancia impida alcanzar mi objetivo, debo llegar cuanto antes al final de la luz que apenas se encuentra ya a una corta distancia. Impulso como puedo lo que aún siento de mi cuerpo físico y llego, al fin, al final que tanto ansiaba alcanzar. 


El agua deja de cubrirme por completo. Tengo una mitad sumergida mientras la otra se halla en un lugar que no sabría nombrar. Hay un vacío que lleva consigo una especie de corriente y observo en la distancia, encima de mí, una especie de mar, azul y enorme con manchas blancas. La luz me ciega, mis ojos no están acostumbrados a esta ausencia de oscuridad, y un ardor nace dentro de mí. No sé realmente cómo describirlo, lo que sí puedo decir es que no se parece a nada que haya experimentado antes, y es tan hermosamente doloroso que a pesar de que esto sea lo último que haré, sé que ha valido la pena.


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