Continúa el relato

 Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el mago o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el rey urdió un plan:Organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago y después la cena, pediría la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y delante de los cortesanos, le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro.El invitado, tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando así la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama. El rey estaba seguro de que escogería la segunda posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la fecha en la que el mago del reino iba a morir. Éste daría una respuesta, un día cualquiera, no importaba cuál.En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar su espada y matarlo. Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro, y que se había equivocado en su predicción. Se acabaría, en una sola noche. El mago y el mito de sus poderes…


(Fragmento de El temido enemigo, de Jorge Bucay, en Cuentos para pensar)




El mito del mago, de Emma Braggion


En una sola noche acabarían con el mago y el mito de sus poderes, o así pensaba el poderoso rey. 


La fecha del gran día, que el rey llevaba tanto tiempo esperando, finalmente llegó. Se aseguró que todo el palacio estuviera impecable, y que hubiera un gran banquete preparado, lleno de productos de mejor calidad, con tal de demostrar su generosidad y amabilidad a través de sus riquezas, una de sus habituales costumbres interesadas. 


Los salones brillaban con la luz de cientos de candelabros de oro macizo, y la música llenaba la sala con su melodía dulce y alegre, disimulando escasamente la tensión que el rey llevaba consigo. Los invitados reían, ajenos a la razón por la que estaban todos reunidos, y brindaban por su gran rey, su fortaleza y bondad. Todos esperaban ansiosamente la llegada del mago, quien, como invitado principal, les había prometido una de sus mejores actuaciones. 


Esperaron, y esperaron, pero para la sorpresa de todos, el mago nunca se presentó. Su ausencia fue notoria, dejando un vacío en el aire que rápidamente llenó la inesperada reacción del rey.  Los invitados observaban cómo la sonrisa del rey se desvanecía, cómo su rostro se contraía de ira y su voz se volvía áspera al hablar de la ausencia del mago. Las palabras amables se transformaron en órdenes bruscas, y los gestos de generosidad se tornaron en arrebatos de impaciencia. Algunos se dieron cuenta de que el rey no estaba molesto por la falta del mago, sino porque su autoridad había sido desafiada públicamente.


El rey, furioso y humillado, intentó revertir la situación ,ordenando a algunos de sus criados que le trajeran al mago, pero poco sabía que era ya demasiado tarde.


Cuando finalmente se encontraron en privado, el rey, con su rostro trastornado por la ira, le reclamó:


—¿Por qué no viniste? ¿Acaso temías enfrentar tu destino?


El mago, sereno y sin rastro de temor, respondió:


—No temo a la muerte, majestad. Sabía que si iba, me mataría. Precisamente por esa razón no fui, no para salvar mi vida, sino para darte la oportunidad de mostrarle a todos quién eres realmente, sin la necesidad de mi presencia. Si hubieras podido mantener la calma, tu imagen de rey justo y noble habría perdurado. Pero no has sido capaz, has dejado que tu furia, tu necesidad de demostrar poder y control, tu incapacidad para tolerar un simple acto de desobediencia, tomen el control, y eso es lo que ha visto tu pueblo. Mi simple ausencia ha sido el espejo en el que acabas de reflejar tu verdadera cara.


El rey quedó mudo, sintiendo el peso de las palabras del sabio mago más fuerte que cualquier espada. Porque al final, no fue el mago quien expuso la fragilidad de su poder, sino él mismo, incapaz de ocultar su verdadero rostro cuando nadie jugaba el papel que él quería y esperaba.


El mago completó su mayor actuación, con la cual no necesitó hechizos ni trucos, fue con su ingenio, que mostró la inmortalidad del mito de sus poderes. Porque el verdadero poder, reflexionó el mago mientras regresaba a su cueva, no se encuentra en predecir el futuro, sino en saber cómo influir en el presente.



Sombras en el castillo, de Paula Braggion


Por fin llegó el día en que el monarca había decidido celebrar la gran fiesta en su lujoso castillo. Los nervios lo consumían por dentro; no estaba muy seguro de su decisión, pero tenía claro que no podía continuar con el sentimiento de inferioridad e inseguridad que el mago conseguía crearle. Si no hacía algo, llegaría un día en que le habría arrebatado tanta confianza que acabaría repercutiendo en el pueblo que él, con seguridad, se suponía que debía gobernar.


El monarca notó la llegada del mago al ver que, de repente, ya no había nadie a su alrededor. Alzó la vista y lo vio, con su larga capa, rodeado de un gran grupo de personas, todas en busca de sus palabras y consejos. “Deberían pedírmelos a mí. Por alguna razón, soy el rey más influyente de Europa”, pensó, sabiendo que todo esto acabaría pronto.


El mago, como suponía el rey, no se inmutó ante su pregunta.


—Moriré hoy mismo, mi rey —anunció con voz firme.


La felicidad del monarca nunca había sido mayor. Por fin, aquel hombre que había sido el centro de tantas historias, caería. Sacó la espada y la clavó en el pecho del mago. Un murmullo ahogado recorrió la sala mientras el anciano caía al suelo, inerte.


Pero antes de cerrar los ojos, con su último aliento, susurró:


—Tú mismo has escrito tu destino, Majestad.


El rey no le prestó mucha atención y simplemente ordenó a los sirvientes que se llevaran el cuerpo del recién fallecido. Luego alzó su copa como señal de victoria. Un escalofrío lo recorrió justo cuando sus labios tocaron el vino. La copa tembló en sus manos, pero hizo como si nada y continuó con la larga fiesta que tenía por delante.


Esa noche, cuando por fin el pueblo abandonó su castillo, se retiró a sus aposentos. Las velas de su habitación se apagaron de repente, y en el espejo vio una sombra que no debía estar ahí.


Sintió cómo su piel se erizaba al notar el gélido viento que recorría la estancia, pero no había viento aquella noche.


Fue entonces cuando los susurros comenzaron, al principio como un eco lejano, pero cada día más y más fuertes.


—Tú mismo has escrito tu destino…


El reflejo del mago aparecía en cada espejo, en cada esquina; parecía que el castillo cobraba vida, respondiendo.


El rey, incapaz de soportar la locura en la que vivía, corrió hacia la sala del trono, donde todo había comenzado.


—¿Dónde estás? —gritó—. ¡Aparece!


Desesperado, miró al suelo y se encontró con su sombra… y al lado, otra.

La del mago.


Al amanecer, los guardianes encontraron su cuerpo rígido, con el rostro congelado en una expresión de horror.


La leyenda dice que el rey murió de miedo y que el mago, aunque enterrado, seguía vivo en cada rincón del castillo.






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