SITUACIÓ D’APRENENTATGE TREPITJANT FORT i Repte 5: El binomi fantàstic
Las fiestas de Pedralbes,
de Pau Collado y José María Ollé
En una soleada tarde de primavera en el barrio de Pedralbes de Barcelona, las calles se llenaban de alegría y emoción por las fiestas del barrio. Este año, la familia Collado, que destacaba por su posición económica, decidió abrir las puertas de su mansión para celebrar las fiestas con sus amigos y vecinos. La madre, Sonia, una talentosa bailarina, y su padre, Albert, un guitarrista de gran prestigio, preparaban los preparativos para la majestuosa fiesta que iban a dar.
El patio decorado con muchas plantas tenía una energía que se hacía notar en el ambiente. Cuando la pareja empezó a dar su espectáculo conjunto, mientras Albert tocaba la guitarra con una sutileza, y Sonia bailaba al ritmo de las notas que expresaba la guitarra, los invitados de la fiesta empezaron a quedarse asombrados debido a que las plantas se estaban moviendo al ritmo de la melodía creando un espectáculo que parecía digno de una película de Disney. A medida que las flores se movían al ritmo de la música, una extraña pero hermosa conexión se estableció entre todo el mundo: la música, las plantas y la gente que había invitado la familia Collado.
Entre las notas de un violín y el susurro de las flores,
de Lucía Fabra y Carla Guardia
¿Qué pasaría si me contestaran? ¿Qué pasaría si realmente el viento no fuera quien las mueve? ¿Qué pasaría si esta interacción fuera real, que las azucenas y las hortensias del jardín que se ve desde mi balcón acompañaran la voz de mi violín? Mis amigas, mis amadas y las únicas que salvan mi soledad, aunque nuestro único medio de comunicación sea Tchaikovsky. Los libros de lengua de signos y los botes de medicamentos que llevan en mi estantería años me recuerdan constantemente mi incapacidad para hablar y la razón por la que llevo recluido tanto tiempo en mi estudio.
Mi compañera más tóxica, la causa de mis sufrimientos, esa enfermedad terminal que algún día acabará con mi vida de forma repentina. Así que vivo aferrándome a las luces del día que me despiertan por la mañana, dándome calor en las mejillas, con la incertidumbre de si va a ser el último. Ya no compro calendarios porque en mi estado el tiempo pasa a ser relativo, me paso los días delante de la ventana de mi salón tocando para mis amigas las flores del barrio.
Después de muchos años viviendo en la soledad con la compañía de mi violín y sin haber experimentado nada del mundo real, he llegado a desvelar un secreto muy importante de la humanidad: no escuchamos ni tocamos música porque es bonita. Escuchamos y tocamos música porque pertenecemos a la raza humana, y la raza humana está llena de pasión, eso es lo que lleva a personas como yo, nacidas con la incapacidad de hablar, a comunicar sus pasiones a través del cuarto arte, la música.
Danzas encantadas: la venganza del viejo Zarnok,
de Sergio Gonzaga, Marc López y Aaron Valls
Laimer se alejó del barullo organizado alrededor de la hoguera. Ya estaba cansado y además era del tipo de persona que prefería estar solo a ratos. Mientras Laimer se sentaba al lado de sus caballos, podía observar un curioso movimiento rítmico que parecía venir de unas flores de las que estaban comiendo los caballos. Casi parecía que estuvieran bailando. Laimer dejó de mirar y se dijo que seguramente se lo estaba imaginando por el cansancio. Cabe mencionar de que el príncipe Laimer estaba volviendo de una exitosa campaña militar en la lejana provincia de Orgoth en donde las tropas del emperador Blinder, comandadas por nuestro protagonista, habían logrado matar al dragón Shirlerk, el cual desde hacía 10 años quemaba las cosechas de los campesinos de la provincia. Después de acabarse su sopa de diente de camaleón, se retiró a su tienda privada y se puso a dormir.
Al día siguiente llegaron a Forthen, la capital del Imperio. Al entrar por las puertas de la ciudad amurallada, mientras se dirigían hacia el palacio real, Laimer observó que algo pasaba en su querida ciudad: las flores estaban bailando, pero no solo eso; podía observar cómo habían elfos y enanos que parecían hipnotizados. Al llegar al palacio, habló con su padre, quien le dijo que hacía unos días habían recibido un misterioso mensaje que decía: “Me habéis intentado destruir, sentiréis mi venganza”. Lo único que se sabía de este mensaje era que provenía del centro del bosque negro. Al parecer, desde hacía unos días las flores habían empezado a bailar una especie de baile hipnótico que, días después, se había contagiado a algunos elfos y enanos, los cuales cuando empezaban a bailar no podían dejar de hacerlo, permaneciendo hipnotizados al igual que las flores.
Presionado por la urgencia de la situación, Laimer se despidió de su padre y fue hacia el bosque a intentar averiguar quién era esa misteriosa persona que amenazaba con acabar con la población de Forthen.
Laimer se adentró en el bosque negro, enfrentándose a criaturas extrañas y caminos enmarañados. Después de muchos días, encontró a la anciana elfa Sabrina, la única que conocía la ubicación de la casa del viejo brujo, Zarnok. Sabrina le contó sobre una cueva oculta en el centro del bosque, donde se cuenta que vive Zarnok. Pero para llegar allí, Laimer debía superar el Paso del Silencio, un lugar lleno de susurros engañosos que confunden a los viajeros. Con valentía, Laimer enfrentó el Paso del Silencio, ignorando las voces confusas que intentaban desviarle. Finalmente, alcanzó la entrada de la cueva, donde se encontraba Zenok. Se enfrentó a Zenok, y después de una épica batalla lo pudo matar.
Al regresar a Forthen, Laimer descubrió que las flores, los elfos y los enanos habían dejado de bailar hipnóticamente. Los ciudadanos se habían despertado de ese mal sueño. Aclamado como héroe, entró sonriendo al ver que la ciudad había recobrado su normalidad. Agradecido por la ayuda de Sabrina, Laimer gobernó después de la muerte de su padre (que sucedió una semana más tarde) con sabiduría, asegurando que Forthen permaneciera a salvo de las artimañas de los malvados hechiceros. Y así, la paz retornó a la tierra de Crandel.
¿Qué pasaría si las flores del barrio bailaran?,
de Zhongao Lin y Alexia Saura
Flores que sois hermosas y
bellas y coloridas,
siempre contagiando el barrio con vuestras risas,
¿por qué os escondíais cada que os seguía?
¿Por qué dejabais de bailar cuando presente estaba?
Cuando sabéis que bailáis tan viviente
y a escondidas todas disfrutáis del ambiente
y a mí me dejáis sin poder veros alegres.
Osé al mirar entre todo aquel estadio imperioso
y resultó imposible no observaros.
Rosa, la primera en verla, fue la más hermosa.
Ella, rojiza como llama ardiente, toda espinosa,
alardeando siempre de sus pétalos orgullosa.
Y a su lado, su compañera blanca rosa,
que brillaba por sí sola, grandiosa y poderosa.
Dueña del show, siempre introduciendo la actuación.
Ella era Margarita, la que bailaba con emoción.
Era blanca como nieve en invierno,
era amarilla como sol en septiembre.
Siempre andaba y sonría con gran empatía.
Siempre hablaba y cantaba con gran diversión.
Ella era Margarita, la que bailaba con emoción.
Orquídea, una de las flores que más brilla,
con su destacado color amatista lila.
Tal vez no sea la flor más tranquila,
tal vez no sea la novena maravilla,
pero será una de las que mejor desfila.
Porque para la moda siempre oscilas
y en la pasarela siempre brillas.
Encanto floral,
de Olivia Perceval y Sonsoles Sampere
En el barrio, las flores al amanecer,
sus pétalos despiertan con gran placer.
Imaginemos, ¿qué pasaría si al danzar,
las flores entonaran canciones al brillar?
Debajo del sol, en un jardín de color,
las flores lo bailan con gracia y ardor.
Mientras cada tallo se mece al compás,
una música floral, un baile tenaz.
En el barrio, la calle se llena de luz,
las flores danzan, espectáculo de cruz.
Canciones en el aire, perfumes en flor,
cobrando vida con encanto y fervor.
Casilda y la armonía floral urbana,
de Marta Rebollo e Inés Ruiz
Aquellos campos florecientes en los que se crió Casilda desde una muy temprana edad crearon un vínculo muy valioso entre la niña y la naturaleza. Casilda siempre había sentido una conexión especial con la naturaleza. Las flores cantaban, bailaban e incluso daban señales de felicidad en cada uno de sus días. Cada pétalo se convertía en un intrépido bailarín.
Un día, su padre, un hombre de negocios que había aceptado una oferta laboral en la bulliciosa ciudad, llegó a casa con noticias inesperadas. La familia tendría que mudarse a un nuevo lugar, alejándose del hogar que Casilda amaba tanto. La noticia llenó el corazón de la niña de incertidumbre y nostalgia.
A pesar de la mudanza, la curiosidad de Casilda persistía. ¿Qué pasaría si las flores del barrio bailaran canciones? Decidida a descubrirlo, Casilda se embarcó en la búsqueda de la respuesta, apenas llegaron a la ciudad.
Sin embargo, la realidad de la ciudad era diferente. A diferencia de las flores del campo, las urbanas parecían más tímidas y reservadas. Casilda se sentía desanimada, pero no dispuesta a darse por vencida. Decidió acercarse a los expertos en plantas que encontró en los viveros locales y a los jardineros de los parques para indagar sobre la posibilidad de que las flores bailaran.
Sus preguntas iniciales fueron recibidas con miradas de incredulidad, pero Casilda no se rindió. Pasaban las semanas y, un buen día, encontró a un anciano jardinero que, con una chispa de picardía en los ojos, le contó una antigua leyenda urbana que hablaba de un lugar mágico en la ciudad donde las flores sí bailaban. Guiada por la historia de aquel anciano, Casilda exploró los callejones más escondidos de la ciudad hasta que finalmente llegó a un pequeño rincón olvidado por el bullicio urbano. Para su sorpresa, descubrió un jardín encantado donde las flores no solo bailaban, sino que también cantaban al ritmo de una melodía que solo ellas podían escuchar.
Emocionada y llena de alegría, Casilda comprendió que, aunque la ciudad podía ser un lugar ruidoso y frenético, aún albergaba rincones especiales donde la magia de la naturaleza persistía. Con esta revelación decidió compartir la historia del jardín encantado con sus nuevos amigos de la ciudad, recordándoles que, incluso en medio de la rigidez del asfalto, la belleza y la magia de la naturaleza pueden florecer si se busca con el corazón abierto.
La rebelión de las plantas,
de Pedro Salgado y Pepe Solans
En el antiguo barrio de Sarrià, en el paseo de la Bonanova , había un árbol al cual le gustaba observar la zona a su alrededor. Había sido plantado hace tanto tiempo que ni se acordaba. Había visto todo el cambio que el barrio había sufrido desde la aparición de los carros tirados por ruedas.
No pasó de un día para otro, pero cada vez se notaba el aire más pesado a su alrededor. Poco a poco, las flores dejaron de bailar con la brisa fresca y los árboles no crecían tanto, ya que no sabían muy bien dónde estaba el sol debido a que el humo de los carros no dejaba ver el cielo.
No solo eso, sino que los edificios crecían más que ellos, ya no eran casas de un solo piso, eran estructuras gigantescas que impedían que las plantas más pequeñas pudieran ver su límite.
El árbol había sido testigo de todo esto, había visto como la falta de luz no dejaba crecer a los que antes sí podían desarrollarse libremente. Pero él seguía resistiendo acompañado de los árboles que habían sido plantados junto a él en aquellos primeros momentos antes de la contaminación.
Estos, al final, decidieron vengarse y arrebatarle a la gente lo mismo que les habían quitado a ellos. Por eso, en un esfuerzo por tapar el sol en una calle entera, los árboles torcieron sus copas hacia los otros, creando así una capa de hojas que separa la luz del sol de la gente.
¿Qué pasaría si las flores del barrio bailaran canciones?,
de Blanca Reguart, Alejandra de Zanger y Nuria Vega
Imagina un atardecer donde el silencio del vecindario se rompe de repente. Las calles adoquinadas cobran vida al compás de una melodía mágica. ¿Qué pasaría si las flores del barrio bailaran canciones al ritmo de una música celestial? Sería un espectáculo fuera de lo común, un evento que transformaría la monotonía en un festín para los sentidos.
Las margaritas moverían sus pétalos al viento como bailarinas expertas, girando con gracia al son de una sinfonía desconocida. Los tulipanes, tímidos al principio, se sumarían poco a poco a la danza, desplegando sus colores en una coreografía armoniosa. Los girasoles, con sus rostros radiantes, se balancearían con alegría, persiguiendo los rayos de sol que iluminan sus pasos. Los vecinos, al asomarse por las ventanas, quedarían perplejos al presenciar este inesperado espectáculo. Los niños, encantados, saldrían de sus hogares corriendo para unirse a la algarabía floral, mientras que los ancianos sonreirían recordando cuentos de antaño donde la naturaleza cobraba vida. Las hojas de los árboles, como aplausos naturales, crearían una sinfonía única, acompañando cada movimiento floral con un susurro rítmico. El aroma embriagador de las flores se esparciría por el aire, mezclándose con la música, creando una atmósfera de ensueño.
¿Qué pasaría si las flores del barrio bailaran canciones? Quizás nos recordarían la belleza efímera de la vida, la importancia de la alegría en lo cotidiano y nos enseñarían que la verdadera magia está en apreciar las maravillas que nos rodean, incluso en los momentos más inesperados.




