Repte 3: La creació d'un ambient

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Trazos de vida: pan, reflexiones y sonrisas, de Sergio Gonzaga


Al salir la paz me calmaba, como el olor de esos panes que yo anhelaba, tentándome a comprar uno por las calles los olía, solo uno necesitaba para saciar el hambre que tanto tenía. Pensaba yo mientras veía a los pájaros cantando felices como si me estuvieran animando a darme ese aperitivo que tanto quería. Se fueron y miré al cielo de mediodía que me vigilaba desde que empecé mi caminata, mientras el sol me acechaba y más pájaros oía cantando una serenata. Entonces pasé por la panadería y me detuve mirando al tahonero, volteó y me sonrío al verme como alguien pasajero, pero lo que no sabía era que en comprar eso tan apetitoso yo quería ser el primero. Entonces entré en su tienda y lo vi, contento con lo que estaba haciendo, le gustaba su trabajo, eso hizo que me le quedase viendo. Le pedí el que estaba preparando, entonces me lo dio y me dijo: “Buen provecho”, sabía que me iba a quedar satisfecho. Salí de su tienda y me dirigí a casa, mientras disfrutaba del pan y su suave masa. Miré al cielo y los pájaros habían vuelto, me sentía tan bien por la felicidad que me había envuelto, en esta tarde perfecta, que un bonito atardecer proyecta.


Mas no todo puede ser tan emocionante o feliz siempre: seguí caminando y de repente pasé por ese terreno con todos los lados cercados, en donde descansaban los que, al perecer, estuvieron destinados. Sentí compasión por todas estas personas y se me generó una sensación rara en el cuerpo, todo esto se me produjo en un momento. Aquí fue cuando me di cuenta de que el ambiente había cambiado mucho en tan poco tiempo, y que lo que me hacía sentir era diferente en este sombrío templo. 


Después de un rato seguí caminando, respiré luego de volver a ver a los pájaros de hace rato y de haber pasado por ese lugar que me hacía reflexionar. Y en nuestra existencia me ponía a pensar, en que en algún momento estaremos en la vida ultraterrena, por eso debemos aprovechar cada momento y experiencia buena. Al pensar eso miré lo que tenía para comer, y me puse más contento por el aperitivo que iba a tener. Fue así como, con una reflexión, y una sonrisa puesta en la cara, empecé a ver mis días de forma más clara, y también a sonreírle a la vida y aceptar las cosas como vengan sin sufrir, porque si nunca superas cosas del pasado, cosas nuevas no podrás descubrir.



Un espectáculo nocturno, de Carla Guardia



Hace horas que Roberto intenta dormir. Se ha medicado en base a lo que le recetó el médico, pero las pastillas no hacen efecto. Harto de no poder conciliar el sueño, se levanta, coge la silla del escritorio y la coloca frente a la ventana. Sabe por experiencia que es la mejor distracción para su insomnio.


Lo primero que visualiza es el cielo, tapado por nubes oscuras que cargan la lluvia que cae tan a menudo en su pueblo. Luego dirige su mirada hacia el viejo cementerio extendido al lado de su hogar, y contempla el espectáculo que le ofrece este noche tras noche. El olor a tierra mojada acompaña su visión, así como el maullido de los gatos que cada vez le presentan una nueva banda sonora. Las hojas caídas bailan con el viento y los árboles desnudos se menean con lentitud. 


Roberto nota cómo esas figuras de piedra que representan a los fallecidos tienen, todas, la atención puesta en él. Sonríe con asombro ante el acontecimiento aún sabiendo que cada noche ocurre lo mismo. 


La niebla que en un principio se encontraba en la lejanía empieza a esconder las tumbas frágiles y destrozadas, seguidas de las siniestras figuras que parecen haber recuperado su forma normal. Mientras esto ocurre, las luces parpadeantes que iluminaban el cementerio a duras penas, cada vez se van atenuando y, poco a poco, el canto de los gatos se escucha más lejano. 


Roberto sabe que esto indica el fin de su pequeña distracción, y regresa a su cama satisfecho, sabiendo que ahora dormirá sin problemas.



Mi ventana, mi fantasía, mi verdad, de Zhongao Lin


Vi, a la lejanía, la llegada de aquella esfera abrasadora que sofocaba y pintaba, como si de acuarelas se tratara, el sombrío cielo de unos tonos amarillentos y rojizos, donde el despegar y el gorjear de las aves se hacía notar.


Descendiendo la vista, una inmensa oleada de rascacielos tratan de esconder el grandioso y bonito paisaje que se halla detrás de él. Y es justo en esos mismos edificios donde un músico, cuyo nombre se desconoce, se dedica a tocar su preciado saxofón desde su diminuto balcón, haciendo sonar unas melodiosas notas musicales que viajan por toda la inmensa ciudad, recorriendo cada rincón y resonando en cada habitación.


Son esas mismas partituras que llegan a su fin cuando se topan con el amable olor a pan recién horneado y de croissants recién pintados de un dulce azúcar. Al lado, una señora de edad avanzada que, tranquilamente y de manera relajada, toma su amargo y acaramelado café con una sonrisita que define la paz que existe en aquel lugar.


No tan alejado de la zona, se empiezan a despertar los coches que arrancan de manera brusca, causando entrecortes en la melodiosa partitura. 


Y ahí estaba yo, encerrado en mi espaciosa habitación, mirando todo con atención y disfrutando de toda la atracción. Tarareando con pasión y con emoción.


No fue hasta que aquel vil olor me arrojó a mi cruel realidad donde vi, de nuevo, mi verdad. La vista era completamente diferente; aquel sol que una vez pintaba el cielo con alegría, ahora solo lo tiñe de oscuridad y de temor. Aquellos rascacielos que antes escondían la vista, ahora dejan al descubierto toda aquella infinitud de injusticias. En el salón de aquel músico anónimo que una vez tocó el saxofón, ahora solo yace el huérfano instrumento. De aquella señora que una vez tomó un acaramelado café, ahora solo se siente su alma en pena, que en paz descanse. La música transformada en gritos y en sollozos, acompañadas del olor a sangre que penetra en cada parte. 


Así es, pues, mi turno ha llegado, y con esto mi relato ha acabado, donde el final aproximado me lleva a una muerte asegurada. 



La vida de la gente, Marc López



Estaba aburrido en mi casa, después de jugar mi partido de fútbol, y quería salir de casa, estar en la calle, quedar con un amigo.


Cuando llegué a casa de mi amigo, decidimos salir fuera. Paseamos un buen rato, charlamos y nos sentamos en un banco. Mientras mirábamos el móvil, observamos a la gente pasar, primero vimos a un hombre que paseaba su perro, le daba su espacio, se veía que lo cuidaba bien, le dejaba olfatear a otros perros y hacer sus necesidades, que luego recogía en una bolsa y depositaba en la papelera correspondiente. 


Más tarde vino una mujer con su bicicleta, parecía ir con prisas y no se paraba por nada. Un joven que vimos hablando con algún conocido suyo, y más tarde, cogió su patín y se dirigió a algún sitio a toda prisa por la carretera donde los coches circulaban. Cuando llevábamos un buen rato hablando, un hombre se sentó al lado nuestro y se prendió un cigarro, no nos demoramos en irnos porque empezaba a molestar el humo de tabaco. No pasó mucho tiempo cuando nos fuimos andando al Bar restaurante neutral de Ganduxer. Cuando entramos dentro, olía a estofado y a comida. Pedimos los platos y nos pusimos fuera porque hacía calor, pero mientras estábamos sentados esperando, nos molestaba el ruido de las obras del edificio de al lado, así que durante un tiempo esto nos fastidió la comida y no pudimos disfrutar del todo, hasta que vimos a unos niños jugar a la pelota.

 


En el bosque hay un cementerio, de José María Ollé


El Sol se ocultaba detrás de las montañas, creando sombras siniestras sobre un cementerio que parecía haber sido sacado de las pesadillas más profundas. Un bosque de árboles curvados y negros se extendía a lo largo de la tierra, sus ramas parecían garras que se alzaban hacia el cielo, listas para atrapar a cualquiera que pasase demasiado cerca.


El silencio del bosque se vio interrumpido por el ruido que producían los búhos fantasmales y el susurro de las hojas secas que se arrastraban por el suelo debido al viento. La niebla descendía lentamente, ocultando todo, envolviendo los árboles como si fueran una manta, haciéndolos invisibles en la oscuridad.


En el centro de este paisaje de miedo, se veía una mansión en ruinas, sus ventanas estaban rotas, el viento soplaba a través de las grietas de las paredes, creando un miedo interior. 


En la distancia, el cementerio abandonado, con sus cruces torcidas y las tumbas saqueadas, hacía parecer que susurraban historias de almas inquietas que rondaban por allí. El aire estaba cargado de un olor a podrido, como si la muerte misma hubiera impregnado el ambiente.



L’encant ocult del castell, de Inés Ruiz



—Queralt, em sembla que hem arribat! —va cridar el Roc, el meu estimat.


Vaig mirar, i només veia unes escales brutes plenes de fulles seques que pujaven i ens portaven a un camí de pedra. Ens dirigíem a un castell abandonat on ens van dir que succeïen coses molt estranyes. El dia acompanyava molt amb l’ambient decadentista del castell, estava molt ennuvolat com si estigués a punt de ploure. 


Dos minuts després ja havíem arribat, veiem una fortalesa immensa amb plantes enfiladisses que ocultaven la pedra tan bonica amb què estava feta, les finestres estaven o brutes o trencades. El Roc va obrir aquella porta gegant de fusta de la qual era notable la seva deixadesa. Només entrar es veia una escala molt gran i una làmpada de vidre que vestia aquell rebedor. 


—Anem cap a la sala de la dreta? —li vaig dir.


Jo el seguia, només entrar un piano antic de cua presidia l’estança tot ple de pols i teranyines, les parets estaven decorades amb un paper que començava a caure i unes finestres que arribaven fins a dalt del sostre. Hi havia també unes butaques de color vermell on es trobava una nina asseguda amb un vestit blanc i sabates roses descolorides. 


Estava tot molt silenciós, en sortir d’aquella sala ens vam dirigir a les escales, havíem de pujar amb compte ja que podries caure en algun forat. Des de dalt teníem una bona perspectiva de tot el rebedor. 


Vaig encaminar-me cap a l'habitació del final, on hi havia un llit tapat amb uns dossers blancs, i em vaig dirigir al balcó. I d’aquesta manera em va quedar clar que aquesta seria la casa on m’agradaria envellir.  En saltar pel balcó, les meves ales negres de vampir es van desplegar i van volar cap a l'infinit.



La dulce incertidumbre de la realidad, de Sonsoles Sampere


Gris, apagado, oscuro, frío, sombrío, pero, sin embargo, también tranquilo. Así se describe su día a día. Rodeada de la nada, se encuentra en una habitación blanca. Dicen que la gente miente desde dos a veinte veces al día, sin embargo, ella siempre decía la verdad. ¿Será por eso que acabó ahí dentro?


Ahora la inquietud la llena por dentro, escuchando siempre ese rítmico y chirriante sonido. ¿Qué podría ser? No lo sé. Entonces, un agudo ruido inunda sus oídos y una luz clara le ciega la mirada. No ve nada, pero lo siente, siente como se adentran y se detienen los hombres de blanco. Una vez de pie, contemplándola se compadecen. ¿Cómo una persona tan risueña acaba siendo tan pequeña? 


Es intenso y penetrante, ya que nunca deja entrar a nadie. Pero hoy de fuerzas carece, así quien la ve palidece. Brillante e independiente solía ser, hasta que la puerta y la ventana a la fuerza aquellos de blanco le abrieron y su vida patas arriba le pusieron. Pero… ¿En verdad esta es la realidad, o es todo virtual? Ya nada es lo que parece, puesto que lo que era verdad ya no existe y ahora su entorno es aquello a lo que llamamos ficción.


Mientras en la incertidumbre se adentra, la dualidad de su realidad enfrenta. La habitación blanca que la rodea parece tangible, pero los sonidos y la luz la transportan a un mundo indescriptible. La pregunta  persiste: ¿Es esta una realidad o simplemente es virtual?


La pequeñez que siente, contrariando su naturaleza del pasado, destaca la transformación que ha experimentado. La intensidad de su entorno, antes cerrado y fuerte, se ve comprometida, revelando grietas creadas por historietas. La narrativa se sumerge en la ambigüedad, desafiando la realidad y manchando la claridad.


En este escenario de cambio constante, se encuentra atrapada entre dos mundos y un desafío enfrentando. La historia, como la vida misma, se despliega en capas de misterio y lleva al lector a cuestionar la naturaleza de la misma existencia. Bajo este suelo incierto, donde la flor de la realidad perece, la dulce incertidumbre la dirige hacia un destino desconocido. 



Entre olas y sueños, de Alejandra de Zanger


En una pequeña aldea junto a la costa, donde el sol brillante iluminaba las mañanas y las piedras y palos pulidos por el constante vaivén de las olas se esparcen por la playa, vivía una familia. A menudo, cuando el viento traía la brisa marina, los niños saltaban de alegría y corrían hacia el agua para nadar en el mar cristalino.


La familia estaba compuesta por cuatro generaciones, desde la abuela, María, con sus canas plateadas y ojos llenos de sabiduría, hasta el bebé recién nacido, quien apenas comenzaba a explorar el mundo. Los lazos familiares eran tan fuertes como las olas que constantemente abrazaban la orilla.


Los días transcurrían con una calma sutil, la rutina diaria consistía en compartir comidas alrededor de una gran mesa de madera, donde los platos se llenaban de pescado fresco capturado por el padre, Juan, quien había heredado la habilidad de la pesca de su abuelo. El pescado, cocido a la brasa, desprendía un aroma fragante que se mezclaba con la brisa del mar.


Los niños, Lucía y Marcos, pasaban sus días explorando la playa en busca de tesoros, como conchas marinas y piedras brillantes. A menudo, jugaban a saltar las olas, riendo. Cada noche, antes de dormir,  el abuelo Antonio les contaba historias sobre el mar y sus misterios, mientras el sonido melódico de su voz los acercaba hacia el sueño.






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