Repte 4: El canvi de narrador

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Conectados, de Pau Collado

Lo encontré en el autobús, un viejo amigo cuya su cara había envejecido con el tiempo. Al principio, su mirada era imprecisa sin ser capaz de reconocerme, como si el paso de los años hubiera borrado los recuerdos compartidos. Sin embargo, insistí con una sonrisa de lado a lado de la cara y, finalmente, sus ojos se iluminaron con la memoria recuperada.

Recordó nuestros días de juventud, las risas compartidas y las travesuras que solo los verdaderos amigos pueden entender. A medida que la conversación fluía, los recuerdos resurgían. El traqueteo del autobús se convirtió en la sensación de inquietud que recordábamos al pensar en nuestros momentos de juventud. 

Compartimos anécdotas de los caminos a los que la vida nos había llevado desde nuestra última reunión. Sus historias,  algunas de éxito, otras de desafíos superados. Aunque nuestras vidas habían tomado rumbos diferentes, en ese momento éramos dos personas conectadas por la historia que habíamos compartido.


Arrugas, pasta y la caída de las corbatas, de Lucia Fabra

Las arrugas y la habilidad de hacer la mejor pasta a l’amatricciana de toda la ciudad es por lo que la gente de la ciudad reconoce a la señora Donatelli, la dueña del café-restaurante donde desayunaba todas las mañanas al lado de la estación de metro abandonada. La cosa que me gustaba más de la señora Donatelli, aparte de su fuerte acento italiano al hablar, era que no le daba miedo expresar abiertamente lo en contra que estaba de que el anarquismo reinara en su ciudad. Se excusaba diciendo que ella era tradicional y que no estaba acostumbrándose bien a este sistema de vida. 

No he tenido muchas conversaciones con la señora Donatelli pero lo que siempre le he oído decir es la decepción que le da ver a Berniche, expresidente y dictador del país, salir de la estación abandonada. El político cada día se veía peor y cada día se llevaba las mismas miradas de desprecio de los habitantes de la zona a favor del anarquismo. Aunque la señora Donatelli miraba contenta el cartel de los precios de su restaurante, ahora tachado, cada vez que veía salir al señor Berniche con su corbata, la esperanza de que el régimen dictatorial volviera la ponía contenta y me regalaba una galleta. Pero las galletas dejaron de llegar y el menú tachado desapareció de la ventana del café-restaurante de la estación abandonada cuando la mañana del 17 de octubre de 2034 Berniche apareció sin corbata. 

Se dice que la esperanza es lo último que se pierde, pero ese día, junto con la esperanza, se fueron muchas cosas, entre ellas una corbata de Charvet, un cartel con el menú del día y unas galletas fruto de la felicidad.



Las vueltas que da la vida, de Pedro Salgado

La lluvia golpeaba las ventanas del autobús, creando un ritmo relajante que me hacía sumergirme en mis pensamientos. Miré alrededor y, entre los rostros desconocidos, distinguí a alguien que se me hacía especialmente familiar. Me acerqué, y, al hacerlo, me llevé una gran sorpresa. ¡Era Pepe! Hacía mucho tiempo que no lo veía, tenía un aspecto muy mejorado.

—¿Pepe? —dije con un tono de incredulidad. Al principio no lograba reconocerme. —Pepe soy yo, David, tu antiguo compañero de clase, ¿no me reconoces? 

Se quedó un buen rato mirándome e intentando reconocerme hasta que después de un buen rato y un largo silencio cayó en la cuenta y logró reconocerme.

—¡David! —exclamó estrechando mi mano con entusiasmo. 

Nos sentamos juntos y empezamos a recordar viejas historias. La vida de Pepe había cambiado desde aquella turbia etapa con las peleas callejeras, ahora se le veía como una persona totalmente nueva. Veía a Pepe totalmente cambiado, ya no iba vestido de aquella manera tan descuidada, ¡ahora iba en traje! Estaba totalmente impresionado.

Durante el viaje, compartimos risas y reflexiones sobre las vueltas de la vida. Pepe me contó cómo, después de superar sus desafíos, se esforzó por reconstruir su relación con su familia y perseguir sus sueños. Fue una gran alegría que al fin pudiera lograr encarrilar su vida. 

Mi parada ya llegó y nos terminamos despidiendo con un abrazo. Al volver a casa seguí investigando un poco sobre la vida de Pepe. Resulta que se había convertido en un gran empresario exitoso como él siempre había soñado ser. De momento seguimos en contacto y gracias a este inesperado encuentro en un simple viaje en bus nuestras vidas se han vuelto a encontrar.


De camino a casa, de Nuria Vega


Nunca olvidaré ese día de otoño de hace dos años. Para una adolescente tan friolera como yo, que odia todo lo relacionado con el frío, recuerdo que cayó un diluvio en Fort Collins, el pueblo donde vivo, lo cual hizo que se quedara todo sucio por bastante tiempo. Yo estaba tomándome un chocolate caliente con mi mejor amigo cuando, de repente, se puso a llover. Tenía que llegar a casa de alguna manera pero mis padres estaban ocupados con el trabajo y mi amigo tenía que quedarse en la biblioteca para hacer un par de trabajos de matemáticas, así que ninguno podía acercarme. 


Decidí por primera vez buscarme la vida sola y tomé otra solución: me subí en el autobús más cercano que vi, y, como soy una chica con mucha suerte, le pregunté al conductor cuál sería la parada más próxima a la dirección donde quería llegar y, ¡vualá!, resulta que la sexta parada me dejaba justo en la calle de enfrente de mi casa. Al pasar la tarjeta, caminé hacia delante, observando la cantidad de gente que había, todos sumidos en sus pensamientos o teléfonos. Bajé la cabeza por unos segundos pero la alcé al instante al ver a una vieja amiga de la infancia. Me hizo mucha ilusión verla y me quedé con ganas de hablar con ella, pero fue imposible. Yo estaba sentada en el penúltimo sitio, mientras que ella estaba de pie justo al lado de la primera puerta, además había mucha gente, la cual no me dejaba ni mover un solo dedo. Decidí levantarme de ese agobiante sitio e ir cerca de donde estaba mi amiga para hablar con ella y, así, que se me hiciera más ameno el trayecto. Pero vi que me miró fijamente por dos segundos y ni se inmutó, lo cual me pareció extraño por su parte. Desde ese momento se me fueron las ganas de hablarle por completo, mi cara se puso roja de la vergüenza que pasé. 


Aunque todo tiene una explicación ya que, al bajarse del bus, giró la cabeza y desde fuera puso cara de sorpresa, se tapó la boca y me sonrió. Eso fue una clara prueba de que me reconoció minutos después de haberme visto dentro del autobús.



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