RETO 3: PASEO POR LA CIUDAD
Este desafío comienza caminando. Sal a pasear.
“Ahí fuera está cuanto estimula casualmente el nacimiento de un relato, topa con nosotros, topamos con ello, nos confunde, se confunde. Dentro –dentro de nosotros– solo tenemos los mecanismos frágiles de nuestro organismo. Eso que llamamos ‘vida interior’ es un destello constante del cerebro que quiere materializarse en forma de voz, de escritura. Por eso yo miro expectante alrededor; para mí escribir se compone esencialmente de ojos: el temblor de la hoja amarilla, mis hermanas peleándose en el patio, las enormes orejas del hombre calvo con delantal azul. Quiero servir de espejo. Asocio fragmentos según un antes y un después, los encajo entre sí, y me sale un cuento”. (Elena Ferrante, En los márgenes).
Estas fases de acercamiento pueden ocurrir en cualquier momento: sentada en el escritorio, paseando por la calle…
“El aire está lleno de melodías, yo sólo estiro la mano y cojo una”.
“Lo más importante que puedo decir sobre este periodo preliminar es: no te apresures. Tu mente es como un gato que sale a cazar; ni siquiera sabe con seguridad qué está cazando. Escucha. Sé paciente como el gato. Permanece muy, muy atento, alerta, pero siempre paciente. Avanza lentamente. No obligues a la historia a cobrar forma. Déjala que se muestre. Déjala tomar impulso. No dejes de escuchar. Toma apuntes o haz cualquier otra cosa si tienes miedo de olvidar algo, pero no te precipites al ordenador. Deja que la historia se acerque a ti. Cuando esté lista para arrancar, lo sabrás.
Para un narrador, el mundo está lleno de historias, y cuando una historia está presente, lo está, y sólo hace falta estirar la mano y cogerla. Luego hay que ser capaz de dejar que se cuente a sí misma. Se trata de un acto de confianza. Confianza en ti mismo, confianza en el mundo. Piensa el artista: el mundo me dará lo que necesito y yo seré capaz de utilizarlo correctamente” (Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar).
El vivo recuerdo de los muertos, de Carolina Ayo
7:50 de la mañana. El cielo azul ya comienza a clarear y se mezcla en el este con las nubes rosas y anaranjadas que indican el inicio del día. El sol empieza a alzarse, los primeros rayos asoman por detrás del muro, iluminando así el mármol tallado que se encuentra más alzado y, llenándolo todo de luz dorada que, al mezclarse con el cálido cielo, crean un paisaje idílico. O, al menos, eso es lo que pensaría una persona que nunca ha visto un cementerio y no sabe qué es lo que se encuentra detrás de las lápidas.
Nada más Miguel, el vigilante del turno, abre las puertas con un par de minutos de retraso, entra el primer visitante. Reconozco en él la típica boina gris de rayas, siempre a juego con su chaleco. Don Anselmo Segura, marido de Mercedes Segura, enterrada aquí hace doce años, seis meses y tres días. Desde entonces, no ha habido un solo día que no haya venido su viudo marido a visitar su recuerdo. Camina con su bastón en la mano derecha, y en la mano izquierda lleva una rosa.
A diferencia del primero, los segundos visitantes llevan un gran ramo de lirios que debe de haber costado una fortuna. Se trata de Manuel García y familia. Dejan el ramo en las lápidas de Enrique y Carmen García, sus abuelos. Reposan juntos aquí desde hace ya 8 años, cuando Don Enrique pidió como última voluntad que le enterraran junto a su esposa en el cementerio del barrio. Desde entonces, el número de visitas ha ido bajando a medida que pasan los años. Quizás por eso traen ramos tan elegantes y especiales cuando vienen, ya que no lo hacen a menudo.
Me sorprende ver al tercer visitante. Se trata del hijo de David Sanchez. El padre murió hace apenas un año en un accidente de coche, y fue enterrado aquí. Desde entonces, su hijo no había puesto un pie en el cementerio, hasta ahora. Si bien sabía que vendría, como todos lo hacen, no me esperaba que lo hiciera aún. El chico, de no más de 17 años, saca dos cigarrillos. Los enciende, deja uno encima de la lápida y fuma el otro en silencio. Se limita a quedarse ahí de pie. Cuando el cigarrillo de la lápida se consume del todo, se va.
Con el tiempo, he aprendido el valor oculto detrás de cada visita y de cada detalle que traen con ellos para sus seres queridos. La rosa de Don Anselmo, ya un poco marchita, será sustituida mañana por una nueva, ya que no hay día en el que el anciano venga a ver a su amada con las manos vacías. Por el contrario, los lirios serán retirados de las lápidas de los García en unos días, y quedarán vacías esperando la siguiente visita, quizás durante meses. El viento soplará, y la colilla de encima de la lápida caerá al suelo, pero el recuerdo de ese cigarrillo será algo que el joven nunca olvidará.
Y quizás os preguntaréis quién soy yo y por qué sé todo esto. La respuesta es sencilla. No soy más que la estatua negra que acompaña la tumba más grande y lujosa de todo el cementerio. Sin embargo, no puedo responder mucho acerca de la persona a la que pertenece. Quién era, dónde vivía, de dónde venía, a quién amaba y por qué lloraba son preguntas a las que no tengo respuesta. Toda su historia ha ido quedando en el olvido con el paso del tiempo. Incluso su nombre se ha ido borrando. Está grabado en la piedra, pero, ¿hace cuánto que nadie lo pronuncia? ¿Cuál sería su última visita? ¿Alguien repara en su mera existencia? ¿Habrá alguien que aún le tenga en sus recuerdos? Quizás es precisamente eso lo que nos mantiene con vida. Son nuestros seres queridos quienes mantienen vivo nuestro recuerdo. Puede que todos existamos hasta que caigamos en el olvido.
El trayecto, de Julieta Añoveros
Gabriela era una niña enferma que desde muy pequeñita tuvo recurrentes visitas al hospital. Eso significaba un infierno para ella, ya que le conllevaba a volver a estar ingresada, volver a ver las batas blancas, las mismas explicaciones sin solución a su enfermedad, a escuchar buenas y malas noticias y volver a ver a Mercedes, su enfermera. Esto último constituía lo único bueno de toda aquella experiencia.
Ellas dos tenían muy buena relación. Mercedes era la que le solía acompañar a los paseos que le dejaban hacer durante la mañana. Al pasar ese tiempo juntas, compartían muchos recuerdos y vivencias, eso las unió mucho e hizo las diferentes estancias de Gabriela más amenas.
Siempre solían recorrer el mismo trayecto. Salían del hospital, bajaban la calle, observando los diferentes edificios y estructuras arquitectónicas que les rodeaban, fijándose en cada detalle para luego comentarlos. Al acabar la bajada llegaban a un enorme cruce, en cuya esquina había un fornet, la pastelería favorita de Gabriela, donde siempre pedía lo mismo: un muffin de chocolate y un zumo de naranja natural. Luego seguían bajando la calle y llegaban por fin al sitio preferido de Gabriela para desconectar. Era un sitio íntimo para ella, en el que mantenía largas conversaciones con su abuela, que tristemente falleció dos años atrás. Gabriela le explicaba todo lo nuevo que sucedía en su vida, cómo iba avanzando el tratamiento, cómo le iba en los estudios, con la familia y sobre todo lo mucho que la echaba de menos. Si fuera por ella estaría horas y horas hablando con su abuela, pero el tiempo de paseo era limitado, así que seguían su recorrido.
Al salir del cementerio se dirigían a la plaza Mayor de Sarriá, donde solían comprar un famoso pastel de nata con fresas en la pastelería Foix, una de las preferidas de su madre. Llegando hasta Reina Elisenda, había un palacete en el que siempre se paraban a contemplarlo. Justo al lado había el hospital de la Cruz Blanca, en el que Gabriela había estado ingresada.
La siguiente parada les llevaba hacia Mayor de Sarria. A las dos les encantaba mirar las pequeñas tiendecitas de accesorios y ropa. Había casas con una fachada preciosa y con muchos detalles. Una vez acabado el recorrido se tomaban unas bravas en el Tomas y de vuelta a la rutina del hospital.
Gabriela recordaría siempre estos momentos vividos con Mercedes.
Desvelando una muerte, de Marina Campo
12 de septiembre. Llegamos muy cansados de un viaje de 9 horas y 50 minutos y es que nos mudamos hace cuatro años a Florida, una ciudad preciosa llena de colores. Pero este año queríamos pasarlo aquí, en Barcelona, donde poder reencontrarme con mi familia y mis amigos. Volvimos a mi hogar de la infancia donde pasé los mejores momentos de mi vida hasta ahora. Al llegar a mi casa noté que muchas cosas por la zona habían cambiado, todo era muy nuevo, muy colorido. Pero no le di mucha importancia porque a lo mejor era cosa mía ya que hacía mucho que no pasaba por aquí.
Salí del coche y entré rápidamente a casa (era una casa blanca muy grande, tan grande que parecía un palacio, llena de columnas y balcones). Lo primero que hice cuando entré fue dirigirme a mi habitación a ver si algo había cambiado o simplemente seguía todo igual. Noté que algo me había tocado y rápidamente me giré a ver qué era. No vi nada por lo que me asusté y salí rápido de la habitación. Nada más salir alguien me dió un susto, era mi abuelo que había venido a darnos la bienvenida.
A la mañana siguiente me levanté temprano y quise ir a dar una vuelta por el vecindario.
Yo siempre he tenido un sexto sentido observando y dándome cuenta de pequeñas cosas sin importancia. Antes de empezar mi pequeña excursión por Barcelona, decidí ir a visitar a mi abuela al cementerio y llevarle un pequeño ramo de flores. Ella murió hace cuatro años de cáncer.
Nada más llegar me fijé en una gran grieta que abría la lápida de una punta a la otra. Esa grieta no estaba así hace cuatro años, me dije. Lo sabía porque era la lápida que estaba al lado de la de mi abuela y siempre que venía a visitarla me aseguraba de que todo estuviera bien, y esa grieta no estaba ahí. Me dirigí rápidamente para contarle lo sucedido al vigilante del cementerio. Estaba sentado en las escaleras mientras fumaba un cigarro. Nada más explicarle lo sucedido me apartó de un empujón y me dijo que no le contara historias, que eso no era su problema. Yo muy decepcionado volví a donde estaba y decidí averiguar lo ocurrido por mi mismo.
Día dos en Barcelona. Me desperté, desayuné muy rápido, cogí mi mochila favorita y ya estaba listo para la investigación. Cuando llegué al cementerio todo empezó a oscurecerse de repente a mi alrededor. Algo o alguien salía de esa lápida tan extraña. Nada más salir, me escondí detrás de una pared para que no me pudiera ver. Pero ya era tarde, ese algo ya me había visto y me dijo que saliera de ahí, que no tuviera miedo, que no me haría nada. Éste se presentó, se llamaba Juan y me contó que había muerto asesinado. Me pidió ayuda para que averiguara quién era el culpable de su muerte. Yo no sabía qué hacer, me quedé un poco sorprendido pues un muerto me estaba pidiendo su ayuda para descubrir yo qué sé qué cosa. Así que le pregunté cómo podía ayudarle. Él me explicó que era muy sencillo ya que solamente tenía que ir a la iglesia de San Vicente y allí me encontraría con un hombre un poco extraño. Era un hombre que vendía periódicos publicados hace unas cuantas semanas y que a través de éstos conseguiría averiguar toda la verdad.
Yo no sabía cómo llegar ahí, pero él me explicó el camino. Cogí mi mochila que había dejado en el suelo y me dirigí hacia mi destino. Fui muy rápido para llegar cuanto antes y que no se me hiciera de noche a la vuelta.
En el camino me tropecé con unos hombres que estaban organizando una fiesta que se celebraría aquella misma noche en el barrio de Sarriá. Me quería quedar, pero fue recordar que tenía una misión, que no podía entretenerme, y me apresuré para llegar a aquella iglesia.
En cuanto llegué, me dirigí a aquel hombre y cogí rápido el periodo indicado, me senté en unas escaleras y empecé a leer.
Cuando acabé me sorprendió mucho, pues no me creía lo que acababa de leer. Con tantas prisas para contar a Juan toda la verdad regresé al cementerio. Cuando llegué él no estaba por lo que decidí esperarlo. Lo estuve esperando durante horas pero él no aparecía y ya era muy tarde. Era hora de regresar a casa, seguro que mis padres estarían muy preocupados.
Me quedé muy triste porque no podría contarle toda la verdad. Juan se había muerto hace un par de semanas y nadie le había matado sino que se había suicidado. Pero todo esto él no lo sabía ya que había perdido la memoria hace mucho tiempo.
Volviendo a casa me encontré al hombre de los periódicos, éste al verme me empezó a perseguir con muy mala cara como si me fuera a hacer algo. Eché a correr para huir de aquel hombre y que no pudiera hacerme nada. Sin embargo, al dar el primer paso me tropecé y me caí golpeándome la cabeza contra el suelo.
Al despertar, pude comprobar
que mi cuerpo había desaparecido, yo tan solo era un espíritu. Sin duda, había
muerto. Pocos instantes después encontré al espíritu de Juan que me estaba
esperando. Le pude explicar lo que había averiguado. A él nadie le había matado.
Se había suicidado.
Se sorprendió de mi noticia pero ya nada podíamos cambiar. Decidimos seguir juntos y vivir como espíritus el resto de la vida. Lo primero que hicimos fue ir a visitar a mis padres para poderles decir que no se preocupasen por mí. Estaba bien y siempre les acompañaría.
Almas perdidas, de Mariona Puig
Empezaba a ser invierno, ya todo el mundo llevaba chaquetas, jerseys, sudaderas, bufandas, guantes… Pero todo era muy frío dada la época y no había ni siquiera ilusión por la llegada de las navidades. Todo era distinto aquel año. Un día normal en el cementerio con mi alma perdida, relacionándome con otras almas compañeras mías e incluso familiares cuando, de repente, nos sorprende una llegada (bueno, creo que fui el único que se sorprendió). Era una chica morena, guapa, bien vestida, parecía que vivía por la zona, me quedé paralizado. Venía a traerle flores a la tumba de su padre fallecido donde yo mismo vi el alma de este enfrente de ella (obviamente ella no la podía ver).
De repente nos escuchó hablar y me quedé alucinado. Una mujer que me veía y me escuchaba, no podía ni creérmelo. Resultaba que era el único de todos los espíritus a quien le llamó la atención aquella mujer. Yo llevaba un rato preguntándome cómo alguien como ella podía venir a un cementerio tan viejo, poco robusto, pero que a la vez mantenía sus estructuras según las arquitecturas antiguas. Ella vino hacia mí y empezamos a hablar:
-¿Y tú vives por aquí? -le pregunté.
-Sí, bueno, al lado de la iglesia central de Sarria -respondió ella.
-¿Cómo te llamas? -dijo ella.
-Eric, ¿y tú?
-Cristina -afirmó.
-Encantado -dije.
-Igualmente -respondió ella.
Al cabo de un rato hablando –ya le había entregado dichas flores a su padre–, me propuso una idea muy noble y destacable por su parte, pero antes me hizo una pregunta:
-¿Y tú puedes salir de aquí? -preguntó tímidamente.
-No lo he intentado nunca, ¿por qué lo dices?
-Me gustaría dar una vuelta contigo y enseñarte toda la vida que no estás viendo fuera de este cementerio. Barcelona, en esta zona, está llena de edificios emblemáticos que se conservan después de tantos años e incluso te podría explicar alguna anécdota sobre ellos si quieres.
Ella se quedó parada pensando en que le encantaría dar dicha vuelta. Tuvo la gran idea de plantarse con educación y suavidad para que yo tuviera la valentía de salir. Considero que era tanto un miedo como una inseguridad mía, aunque, siendo un alma, la verdad no es que tenga mucho sentido. Ella, decidida, me acompañó a la salida y me propuso que levitase hasta ella.
-Vamos, que no te pasará nada, además tienes un privilegio y es que flotas, yo no le veo problemas -comentó con sarcasmo.
-Esto es más duro de lo que me imaginaba -dije asustado.
-No te preocupes, si te caes yo te cojo -haciendo una broma mala.
Al final, tuve el coraje de pasar la frontera –pensaba que al salir de ahí, desaparecería–, por ella quise hacer el sacrificio. Salí y vi que no había nada que temer.
Como era tan culta, mediante la vuelta me hizo saber todas las características y monumentos importantes de Sarrià, pero al volver al cementerio tuvimos una triste despedida.
-Me lo he pasado muy bien -me dijo-, ojalá pudieras venir conmigo, pero tu sitio está aquí con el resto de almas.
-Tienes razón, pero me encantaría seguir vivo y ser un ser humano para poder experimentar más cosas contigo -comenté curioso.
-Pues haremos una cosa -sugirió ella-, vendré cuando pueda a visitarte
y haremos más paseos para que puedas aprender más cosas y así contárselas a tus
amigos cercanos del cementerio.
-Me parece una idea estupenda, Cristina -respondí entusiasmado.
Nos despedimos, yo superando mis miedos e inseguridades, y ella, con el descubrimiento de que todo el mundo sigue vivo de una manera u otra. Este encuentro nos hizo ver que las almas siempre seguirán con vida y no se perderán por el camino o, quién sabe, a lo mejor siguen a nuestro lado dándonos señales.
Un paseo por la ciudad, de Inés Torres
Carlota era una chica que acaba de empezar primero de bachillerato. Era el primer día de clase y normalmente se levantaba a las 7 de la mañana, pero, a principios de curso, tenía la costumbre de, antes de irse a dormir, dejarse la ventana totalmente abierta, ya que aún hacía calor, y acostumbraba a levantarse cuando los primeros rayos de sol empezaban a entrar a su habitación, y cuando aquel pajarito de plumas verdes empezaba a cantar.
Le encantaba levantarse así, estaba cómoda, tenía una sensación de que ese día iba a ser bueno y aparte se sentía de una manera cercana con la naturaleza, otra de las cosas que le gustaban a Carlota. A ella le fascinaba madrugar, era de las personas que aprovechan el día al máximo y disfrutan de los pequeños detalles a diario.
Eran las 7:30 y Carlota ya tenía que salir de casa. Bajó por aquella callejuela acogedora, llena de jazmines, le encantaba esa calle, tenía mucha vivacidad en cuanto a colores y ambiente. Todas las casas eran de colores distintos: rojas, amarillas, verdes… Y todo el mundo era muy amable y alegre.
Ahí vivía su mejor amiga, Berta, en la casa del mismo color de las plumas del pájaro, verde esmeralda. Su amiga era alta, morena y con los ojos verdes, eran amigas desde la infancia.
Acostumbraban a ir a desayunar juntas cada mañana a una cafetería que había al lado de su colegio, Santa Marta se llamaba aquella cafetería. Era muy acogedora y familiar, su rincón preferido.
Carlota siempre se fijaba en una pareja de abuelitos que estaban desayunando cada mañana ahí. Un croissant de chocolate y un café con hielo. Siempre estaban felices y riendo, no paraban de hablar y parecía como si estuvieran en la primera cita cada día.
Un día le extrañó no ver a los abuelos como de costumbre y se preguntaba si había tenido algún problema alguno de los dos.
Estuvo dos semanas cuestionándose qué les podía haber pasado hasta que a la tercera semana vio a Carmen desayunando sola, parecía muy triste. No se atrevía a preguntarle por si había sucedido lo peor. Al cabo de un tiempo la veía siempre sola y se acabó enterando por la dependienta que sí, Marcos había muerto.
Ahí Carlota entendió que hay que disfrutar de todo al máximo, no sólo de los pequeños detalles sino también de las personas, ya que no se sabe cuándo puedes llegar a perderlas de tu vida.
