RETO 4: ENCARNACIÓN DE UN PERSONAJE

 

Los personajes perciben el mundo del mismo modo que las personas reales: a partir de los sentidos y de la intuición. De una u otra forma son como las personas, dependen de la época en que vivan, de cómo sean sus circunstancias y su vida, de cómo hayan sido educados (familia, clase social, estudios, localidad, aspiraciones, etc.). Por lo tanto, el mejor referente es la realidad. Construiremos a nuestros personajes como si estuviéramos hablando de personas vivas que existen entre nosotros. Si no olvidamos esto, los personajes surgen de manera espontánea en la narración y su elaboración resulta mucho más sencilla.

 

Escribir desde ese punto, metiéndonos en la piel del personaje –el cual puede parecernos o ser completamente distinto a nosotros–, esa es la magia de la creación. Es una habilidad maravillosa que poseemos: imaginar hasta llegar a sentir cómo se siente el personaje.

 

Los personajes llegan a independizarse del autor, ahí está la verdadera magia de la creación, en lograr que parezcan que viven por sí mismos.

 

“La verdad en el arte no es inspiración, sino reencarnación.

 

Cuando establezco una conexión interior con el personaje, lo conozco en cuerpo y alma, tengo a esa persona; soy esa persona. Y con la persona, misteriosamente, llega el nombre. Luego, puedo empezar a escribir la historia directamente, confiando en que la persona sabe a dónde va. Así que mi búsqueda de una historia no consiste tanto en buscar un tema como en encontrarme con un desconocido, el cual acabará contándome su historia. Llamo a esa esperar tratar de oír la voz (la voz de ese personaje). Pero es algo más que una voz: es un saber del cuerpo. El cuerpo es la historia; la voz la cuenta” (Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar).

 

 

¿Quién eres?, de Julieta Añoveros

Había una niña muy peculiar en mi escuela, nunca se juntaba con nadie y asistía poco a clase. Todo el mundo se preguntaba el porqué de sus frecuentes ausencias, pero ella siempre decía lo mismo, que estaba enferma. 

 

Yo siempre tuve mucha curiosidad por saber quién era y qué hacía, así que un día decidí seguirla a su casa. Me extrañó el camino tan inusual que hacía, ya que estaba muy a las afueras de la ciudad y en un barrio marginal. No me cuadraba que viviera ahí, puesto que nuestro colegio estaba valorado entre los tres mejores del país, y eso significaba que su coste era bastante elevado. Tampoco era una estudiante de diez, así que por una beca dudaría que estuviera en el cole. 

 

A lo lejos vi que se metía dentro de una casa sorprendentemente pequeña, en la que apenas parecía caber más de una persona. A los cinco minutos vi que volvía a salir una chica, pero no era ella, sino una chica completamente diferente, rubia, de ojos claros y un elegante traje. Parecía otra persona, hasta que me fijé en los antebrazos y vi el tatuaje que tenía, ahí pude confirmar que se trataba de mi compañera de clase. Su tatuaje era muy extraño e inconfundible: una palabra que nadie sabía en qué idioma estaba escrita; parecía ruso, pero ella nunca decía cuál era el significado. Así que, cómo no, siempre fue un misterio. 

 

Vi que cogió un taxi y, a continuación, cogí uno también para seguirla. Volvió de nuevo al centro de la ciudad y se bajó delante de la oficina de correos, donde recogió un sobre y, al abrirlo, pude ver que era un billete de avión, pero no logré descifrar el destino. A continuación, se metió en una salita junto a otra mujer que llevaba el mismo atuendo pero de un gris más claro. Parecía que la segunda mujer le tenía mucho respeto, ya que caminaba detrás de ella con la cabeza agachada. Media hora después salió la chica llorando desconsoladamente, yo asustada fui a preguntarle qué le pasaba y ella rápidamente se secó las lágrimas y me susurro al oído:

 

-Sé quién eres, vete de aquí, no te conviene seguir investigando. Ella sabe más de ti y de tu entorno de lo que crees, lleva mucho tiempo observándote a ti y a tus amigos.

 

Me acompañó rápidamente a la puerta antes de que ella saliera de la salita y me pidió un taxi. Me apresuré a meterme dentro y cuando el taxi aceleró, desde la ventana del maletero pude verla, a mi compañera. Ella, a su vez, me miró fijamente a los ojos con una mirada descaradamente furiosa y amenazadora. Pude intuir por la información que me dio la otra chica, que su estancia en el instituto era una tapadera para poder investigar algo. Me quedé con las ganas de saber el qué y por qué mi instituto, pero por su advertencia decidí no entrometerme más.

 

A partir de esa tarde nunca más la volví a ver, ni en la escuela ni en los alrededores. Había rumores que decían que se había ido de la ciudad por el trabajo de sus padres. Pero yo sabía que no era cierto, ella escondía algo más.

 

Hoy, después de cinco años, la he vuelto a ver. En las noticias, había sido asesinada esa misma madrugada por un sicario contratado por el gran magnate ruso Suleiman Kerimov, el cual declaró que ella y su agencia le estuvieron investigando y siguiendo durante años.

 

 

Un popular marginado, de Marina Campo

Soy Pol, así me llaman. 

 

Siempre me había sentido como que no encajaba en el mundo en el que estaba, sentía que no formaba parte de él, y es que me sentía como una llave que no encaja, una llave que no abre la puerta adecuada.

 

Durante mi estancia en el colegio me cambié 6 veces de instituto, pero no por el hecho de no tener amigos (que también), sino por ser un niño problemático. Por esta razón me expulsaron del colegio varias veces.

 

Yo necesitaba atención de todo el mundo, especialmente la atención del resto de mi clase, pues al no tener amigos hacía cualquier cosa por tenerlos. Me acuerdo de que un día estábamos en clase de matemáticas y la asignatura era un rollazo, la profesora no paraba de hablar. Me giré a ver a mis compañeros y estaban todos con cara de cansados, deseando que la profesora se callara y que la clase terminara. Pasaron unos diez minutos, y la profesora de inglés entró al aula donde estábamos dando mates, pidiendo que, por favor, Marta (así se llamaba la profesora) saliera un momento, que quería hablar con ella. Una vez salió, pensé que esa era mi oportunidad para hacer algo y ganarme a la clase. Pensé que, de esta manera, podría integrarme en algún grupo y poder ser normal como los demás y no el marginado de la clase. Así que pensé en algo, algo que hiciera que la profesora saliera y no volviera a entrar en lo que quedaba de clase. La broma consistió en cerrar el aula con llave desde dentro y que así no pudiera entrar. La broma funcionó y conseguimos sacarla. Todo fue muy divertido y mis compañeros se rieron conmigo. La clase había acabado, abrimos la puerta y la maestra entró muy enfadada y preguntó quién era el culpable de hacer aquella bromita de mal gusto. Todos se callaron, nadie me quiso delatar. "¿Les empezaré a caer bien?", me pregunté. 

 

Broma tras broma, día tras día, yo me había convertido en el chico más popular del colegio. Pero todo esto no duró mucho, todo empezó a cambiar. Un día como otro, apareció la directora del colegio y esta sacó a mis compañeros de uno en uno de la clase. Cada uno al volver se giraron a mirarme, pero yo no sabía qué estaba pasando, no sabía lo que les había dicho la directora, ni siquiera sabía por qué me estaban mirando. Llegó mi turno de salir, nada más mantener el contacto visual con ella, me dijo que estaría expulsado el resto del trimestre y que no sé en qué pensaba al gastar este tipo de bromas.

 

En ese momento estaba muy enfadado, lo único que quería era tirar a mis supuestos amigos por la ventana. Los que pensaba que eran mis amigos, eran simplemente unos cobardes, unos gallinas y es que se habían chivado de lo ocurrido. Empecé a odiarlos y acabé haciéndoles la vida imposible a todos y cada uno de ellos. Por su culpa me habían expulsado y ya estaba harto de todos los años lo mismo, pero ya me daba igual porque no volvería a ver estos desgraciados nunca más.      

 

Pasaron los meses y yo seguía sin tener amigos. Pero un día conocí a Christina, ella era una chica preciosa, muy divertida y, lo más importante, es que ella no me hacía sentir como los demás, como aquella llave, no me hacía sentir vacío y me ayudaba a olvidar todos los momentos malos que había pasado en la escuela. Todos los días por las tardes salíamos al cine, a tomar algo o simplemente a hablar de nuestros problemas, de las cosas que nos habían pasado durante el día.

 

Hubo un día que Christina me dejó de hablar, pero no le di mucha importancia, ya que podría estar ocupada haciendo cosas más importantes que hablar conmigo. Pasaron los días y Christina seguía sin contestarme, no sabía nada y empezaba a preocuparme. Un día la llamé para preguntarle cómo estaba. Pero ni siquiera me lo cogió. A la mañana siguiente la volví a llamar y esta vez sí que contestó. Le pregunté cómo estaba y ella me respondió con un “¿qué quieres?”, pero no era uno cualquiera, sino con tono antipático. Le pregunté si quería ir a tomar algo conmigo. Me respondió que no podía, que mejor otro día, que estaba ocupada ayudando a su madre con las tareas de la casa. Todo eso no parecía muy creíble, ya que nada más colgar escuché una voz masculina que se dirigía a Christina, y no era su padre. 

 

Yo muy triste, decidí que sería mejor ir solo, así que me dirigí hacia la cafetería a la que solíamos ir Christina y yo todos los sábados. Cuando entré, nada más dirigirme hacia nuestra mesa, encontré a Christina besándose con Erik, el chico con el que peor me llevaba en la escuela. Estos, al verme, se rieron y siguieron a lo suyo. Y yo, lo primero que hice fue salir corriendo de aquel sitio. 

 

Desde aquel momento me di cuenta de que ni siquiera Christina podía sacarme de aquella sensación de sentirme como aquella llave y ni siquiera de esa sensación que se siente al no encajar en el mundo en el que estás.

 

Gracias a todo esto llegué a una pequeña conclusión, y es que no hace falta tener amigos para ser feliz.

 

Antes de acabar este blog quiero que sepáis que todo esto va dirigido a aquellas personas que están pasando por lo mismo que yo. Estoy aquí para cualquier cosa que necesitéis. Gracias por todo el apoyo que me estáis dando. Os espero en el siguiente blog.

 

 

Ahogarse en lugares que para otros es su oxígeno, de Gabriela Durbán

Se me hace muy difícil deciros esto. Llevo varios meses reflexionando. Momentos de plena soledad me llenan la cabeza de preguntas sin respuesta. Llevo 18 años en este pueblo. Desde el día que volvisteis del hospital y me presentasteis como Tomás en esta aldea he convivido con las mismas personas, conozco cada centímetro, piedra, hoja y grieta que conforma este pueblo.

 

Me ahogo mientras respiro el puro aire que Castas ofrece a sus habitantes. ¿Ambiguo no? Mientras unos disfrutan de la paz y la calma rural, otros tienen la necesidad de conocer un mundo completamente distinto. Llevo toda mi vida encerrado en un lugar de 200 habitantes, saliendo solamente de mi pueblo en días lectivos, los quince minutos que dura el trayecto del coche es el tiempo que el universo me otorga para conocer el vivir urbano; sin embargo, después de dos semanas viendo el mismo paisaje, vuelvo a caer en la vida rutinaria y ordinaria de siempre. Sé que los recursos son escasos. Hay que vigilar con los gastos e inversiones para poder llegar a final de mes. Es por eso que soy consciente que mis deseos no están dentro de nuestro presupuesto, pero con esfuerzo y dedicación, he conseguido un trabajo que me permitirá obtener el dinero para poder llevar a cabo mi idea. Ya no seré un gasto. Con dieciocho años soy suficientemente autónomo como para subvencionar mis caprichos.

 

Aunque para muchos la atmósfera del pueblo pueda ser aquello poco ortodoxo dentro de su día a día, para mí, es la celda que me hace estar agarrado de los barrotes; ansioso, esperando el día que nunca llega, aquel que te permiten salir y descubrir que hay más allá de esas cuatro paredes.

 

La muerte repentina de mi hermana mayor me causó un malestar inimaginable. Perder a los quince años a tu mayor referente me hizo replantear muchas cosas, ella fue la persona que confió en mí cuando todo el mundo creía que era un caso perdido. Fue el trampolín que me acercó a la enseñanza. Al ser un pueblo diminuto, me sentí muy acogido. Al principio, el hecho de que me ocultaran las tragedias que sucedían a mi alrededor fue de mucha ayuda. No tenía nada más que hacer que superar el duelo de Carla. En cambio, a largo plazo, la burbuja que me había construido, totalmente paralela al mundo real, hizo más costoso el problema al que me estaba enfrentando. No desconectar del tormento que me causaba el hecho de no poder hablarle era indescriptible. Me asfixio de solo pensar en el pavoroso rato que me supuso volver a mi vida, incluso diría que todavía hay días que pienso que Carla aparecerá por la puerta diciendo que todo era una broma. 

 

Mi vocación como maestro peligra. ¿Cómo voy a enseñar aquello que no conozco? Un profesor ignorante enseñando sus conocimientos a aquellos que están empezando a emprender el camino del saber; suena a chiste, ¿no? 

 

Necesito convertirme en un libro de experiencias; descubrir mundo; vivir tanto en lugares urbanos como en rurales, pero siempre ajenos a mi gente. Quiero vivir en un lugar sin ser el hijo o el hermano de... quiero ser Tomás y punto. Necesito asolar cualquier cosa que se haya convertido en “normal” dentro de mi día a día. El viaje de mi vida se bifurca y empieza una nueva etapa en busca de mi libertad y de la transformación de mi ignorancia en conocimiento.

 

Siento deciros esto padre, madre; os echaré mucho de menos. Sé que las formas nos son las adecuadas, pero sé que si me hubiese despedido en persona no hubiese logrado iniciar el viaje que llevo tantos años anhelando. Nos seguiremos hablando. Espero que no os lo toméis como algo autorreferencial, ya que no lo es para nada. Vosotros me habéis cuidado y protegido como nadie; me habéis proporcionado toda la educación que en vuestras manos estaba, sin embargo, me veo en la completa necesidad de abrir el candado de las puertas del pueblo que tanto me sobreprotege para partir en un viaje, de tiempo indeterminado, que me permitirá resolver esas dudas que todavía no les he adjudicado respuesta.    

 

 

El brillo de lo inesperado, de Mariona Puig

A mi abuela, desde siempre, le han encantado los diamantes, dice que son piedras brillantes que, aunque lo pongas en cualquier perspectiva, tanto el objeto como tú, nunca van a dejar de brillar. En concreto me contó que había un diamante en un museo expuesto llamado el diamante púrpura, un diamante valioso. Desde pequeña me ha contado cuentos e historias sobre esa piedra misteriosa. Personalmente no me atraían para nada y ni siquiera lo entendía. Pero el brillo de cómo lo contaba era mi recuerdo más preciado de ella, ver su ilusión era algo que sabía que recordaría toda la vida, incluso después de su muerte. Siempre me ha apoyado en todo lo que he logrado o todas las decisiones que he tomado las ha respetado con todo su corazón. 

 

Una de esas decisiones que tomé fue ser policía para resolver crímenes de todo tipo, como asesinato, desaparaciones, tráficos, en definitiva, encerrar a todo aquel que se saltara la ley. Durante años me obsesioné con encontrar y encerrar a uno de los ladrones de diamantes más buscado en toda Europa. Le llamaban “El Cuervo'' y nadie ha sabido su verdadero nombre a causa de no haber estado detenido nunca. Fue un ladrón que pensaba muy bien sus robos, lo planificaba todo a la perfección. Su último golpe se quedó en el diamante púrpura, valorado entre los 7 y los 15 millones de euros; justamente el diamante que me había comentado mi abuela. Me enteré de esto al leer la información en el expediente del caso y vi que ese diamante era una obra de arte de la zona, que estaba expuesta en el museo que me dijo ella. Todo el mundo hablaba de él e incluso se rumoreaba que lo subastarían. 

 

Llevaba años investigando al Cuervo, pero nunca tenía una ubicación exacta de su paradero, eso era lo que más rabia me daba. Era lógico que, al haber crecido con historias sobre los diamantes, me asignaran el caso, ya que se lo había comentado a algunos de mis compañeros. Supuse que le habría llegado al inspector, quien repartía los casos, y creyeron que yo iba a dominar mucho más la situación ante otros agentes al estar más informado. También cogí el caso por mi abuela, por todos sus años de aprendizaje sobre ello. Estaba muy emocionada y, cuando escuché que ese caso estaba disponible, algo se revolvió dentro de mí, fue como una señal que me decía que el caso era para mí. 

 

Entonces, recordé a alguien a quién antiguamente yo vi por Callao, Madrid, justamente cuando estaba de paseo con mi marido y mis dos hijas, ahí por el verano, y le recordaba físicamente: moreno, pelo rizado con tupé, alto, robusto e iba vestido con una camisa azul eléctrico con pantalones de pana grises. Al ver su cara me quedé atónito. Hicimos un comunicado global en busca y captura del Cuervo, cogí a todos mis hombres y nos pusimos en marcha. Más tarde nos llegó una llamada anónima diciendo que habían visto al Cuervo por Sol, más bien por la zona de Callao. Todo son casualidades, le volví a ver y no solo eso sino que encima tenía en mano el mismo diamante del cual mi abuela me había hablado durante toda mi infancia. Llegamos a tiempo, pero El Cuervo se dio a la fuga instantáneamente al vernos en la esquina de enfrente. Obviamente teníamos patrullas por toda la zona, lo acorralamos entre mis compañeros, le arrestamos y le llevamos hacia la comisaría para que confesara. 

 

En ese momento tuve una corazonada, justo cuando estaba saliendo de la sala de interrogatorios, recibí una llamada del hospital diciéndome que mi abuela había tenido un paro cardíaco y que no habían podido hacer nada. Se me revolvió todo por el cuerpo y pensé: cómo es posible que el mismo día que detengo al Cuervo, me llamen del hospital para decirme que mi abuela ya no está. Esto no podía ser coincidencia. Fui a su entierro y vi que dejó una carta a mi nombre, la cual decía:

 

Querida nieta, 

 

Si estás leyendo esto es que ha llegado mi hora, espero que sigas cumpliendo con tu trabajo, tu deber como policía, que sigas recordando mis maravillosas historias sobre diamantes. Protege a mi diamante púrpura, aquel al que le tengo tanto aprecio y asegúrate de dejarlo en el sitio en el que le corresponde. Dicho esto, cuida de tus padres, de tus dos hijas y de tu marido. 

 

Te quiero mucho, te estaré cuidando desde arriba, sé que lo harás bien y que conseguirás todo lo que te propongas.

 

Besos.

 

Al instante me sentí orgullosa de haber cumplido con sus deseos, casi todo había salido bien: había encerrado al ladrón, había mantenido a salvo el diamante, menos por la desgracia de llorarle a ella por su muerte. Cuando acabé de leer la carta, la doblé, la metí en mi bolsillo izquierdo del pantalón, pensando que, al llegar a casa, seguramente la pondría en un cuadro en mi mesita de noche como recuerdo; y al día siguiente me subiría a una montaña y la quemaría en su honor como señal de que hecho mi trabajo que tanto ansiaba desde joven. 

 

 

 Libertad, de Inés Torres

 Mi historia es un poco complicada de explicar. Nací en Holanda, concretamente en Volendam, pero no crecí como la mayoría de niños, en su hogar, con sus padres y su familia. Pasé toda mi infancia, desde que tengo conocimiento, en el Orfanato Municipal de Amsterdam, aún recuerdo los meses en invierno de enero, febrero y marzo, eran los días más gélidos, los termómetros no superaban los 0º. Mientras otros niños estaban en su casa con su chimenea encendida, calentándose y sin pasar frío, mis amigos y yo nos peleábamos por el tiempo que pasábamos cada uno con la única manta que teníamos, y la señora Elisabeth nos regañaba por cada discusión que teníamos en vez de darnos soluciones. Ella era la que se encargaba de que todo lo que sucediera en el orfanato estuviera en orden. Todos la odiábamos ya que aquella mujer era cruel y egoísta. Era muy alta, tenía el cabello rojizo y siempre lo llevaba recogido con un moño alto.

 

Mi mejor amigo se llamaba Rodrigo. Nos llevábamos exactamente un mes y dos días de diferencia, aunque yo era dos años mayor. Nos criamos prácticamente juntos, era como mi hermano pequeño. Rodrigo era muy moreno, de altura media y con una complexión delgada. Me acuerdo de que, cuando llegamos al orfanato, nos asignaron la misma habitación, en la misma litera.  De ahí establecimos una bonita amistad.

 

A Rodrigo y a mí nunca nos gustó el orfanato en el que estábamos. Lo que nadie sabía era que cada noche planeábamos distintos métodos de fuga, nos queríamos ir de ahí, y cuanto antes mejor.

 

Pasaron los años y cada vez ese plan de fuga tenía más salidas, estaba mejor elaborado y pronto se llevaría a cabo. 

 

Era martes 25, 10:15 de la noche, y la señora Elisabeth ya nos estaba dando prisa para irnos a dormir. Esa noche de 10:30 a 12:30 ella hacía la guardia por los pasillos, pero a partir de las 12:30 empezaba la guardia Enrique, el profesor que en aquel momento nos daba matemáticas. Rodrigo y yo teníamos esa noche muy bien preparada, sabíamos perfectamente que, a la 1 de la madrugada, Enrique se aseguraría de que en nuestra habitación estuviéramos todos dormidos, teníamos la suerte de que nuestro dormitorio era el último de todos, el último por mirar. Luego se iría a la habitación de la señorita María, la profesora de canto, descubrimos que tenían un romance secreto. Entonces podríamos empezar lo que tanto tiempo llevábamos esperando.

 

 

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