RETO 1: PARA ROMPER EL HIELO

 


 

La primera sesión de retos para romper el hielo consistió en los siguientes retos al azar:

  

  1. Elige un momento cotidiano del día y escribe un breve texto de la manera más original y nuestra posible. No se trata de escribir todo lo que hacemos, sino de elegir un momento, un detalle, sin necesidad de empezar por el principio. Escribe sin pensar, dejándote llevar por la imaginación.  

 

  1. Elige a una persona y conviértela en personaje (por ejemplo, la panadera, el policía, etc.) e inventa una identidad oculta para ella; de este modo la convertirás en un personaje interesante. 

 

  1. La palabra adecuada: Escribe un nombre e intenta encontrar el adjetivo adecuado. Después, hazlo al revés: escribe un adjetivo e intenta encontrar el nombre adecuado para expresar el significado deseado. El texto debe tener una conclusión, un final, aunque no es necesario que sea una historia. Puede tratarse de un simple detalle, de un momento determinado. 

 

  1. Construye una historia a partir de una anécdota simple: Encuentro con un viejo conocido en el autobús, a él/ella le cuesta reconocerme. Finalmente lo hace.   

 

  1. La conjetura: Elige una situación mínima de lo que pasa a nuestro alrededor (por ejemplo: en el autobús, en la calle, etc.) y apunta la mayor cantidad de conjeturas. La conjetura es la imaginación libre en su proceso de creación y es un recurso imprescindible para escribir. Conjeturar significa ser libre para crear a nuestro antojo historias y personajes.

 

De entre las composiciones destacadas, publicamos estas dos:

 

 

Enlaces del pasado, de Marc de la Fuente

Justo había salido de la facultad junto a mis amigos y acabamos separándonos por diferentes caminos. Me dirigía hacia la parada de bus más cercana ya que, a diferencia de mis compañeros, yo vivía en otro distrito de la ciudad.

 

Una vez en la parada, decidí sentarme y esperar al bus designado para llegar a casa; mientras tanto abrí mi móvil pero, como de costumbre, no encontré nada nuevo para entretenerme. La espera se hacía insoportable, había esperado tanto tiempo que me había quedado solo en la parada. Esos veinte minutos pasaron como horas en mi cabeza, hasta que finalmente lo escuché, un autobús blanco y verde giró hacia la parada donde yo me ubicaba y paró justo delante de mí. Con muchas ansias decidí sacar mi tarjeta para acceder al autobús. Una vez dentro, noté mucha calor, como si se me hubiese acumulado dentro de mi garganta, caminé hacia delante e introduje la tarjeta en la máquina y procedí a cogerla una vez verificada. Una vez listo, fui a buscar un asiento para sentarme, pero algo llamó mi atención, el autobús estaba completamente vacío, estuve bastante sorprendido ya que usualmente por las cinco de la tarde estaba tan lleno que tenías que sujetarte con los pasamanos. Fui caminando hasta el final para sentarme.

 

El autobús se estacionó en la siguiente parada y una persona mayor se subió, llevaba una boina azul marino y una americana negra, él ni siquiera se molestó en introducir su tarjeta, atravesó directamente el pasillo hasta plantarse en el medio, levantó su cabeza y me miró fijamente. En ese momento sentí una sensación muy peculiar,  como si ya me hubiera cruzado con ese señor hace mucho tiempo. El señor empezó a caminar de forma intimidante hacia mí, cada vez más cerca de mi asiento; ya me empezaba a preocupar por mi seguridad y decidí levantarme y esperar a su llegada. Una vez enfrente de mí, se quitó y sujetó su oscura boina con sus manos pegadas hacia su pecho. Pude visualizar una gran y horizontal cicatriz en su frente. Ese fue el momento en el que supe quién era ese señor: era mi abuelo. 

 

Muchos años atrás, mi abuelo solía llevarme al centro comercial para comprarme juguetes, ya que mis padres estaban demasiado ocupados para darme la atención que necesitaba. Un día, al salir del centro comercial con mi abuelo, cargado con dos bolsas llenas de juguetes, ya que se acercaba mi cumpleaños, un hombre alto con una cazadora y tejanos oscuros se acercó a mi abuelo, sacó una navaja y le atravesó la frente, así marcándole una línea con ella. La sangre de su cabeza caía sobre mi cabeza hasta que se desplomó en el suelo; ahí me quedé, con su cadáver, hasta que mis padres me vinieron a buscar tras saber sobre el incidente. Nadie encontró al perpetrador del asesinato de mi abuelo. 

 

Todo esto pasó hace diez y seis años, y ahora me doy cuenta de que mi abuelo está vivo. Tenía muchas preguntas que hacerle, pero mi abuelo, sabiendo mis intenciones, cogió mi brazo y soltó un papelito en la palma de mi mano; luego, procedió a girarse y bajarse del bus sin mirar atrás. No sabía qué estaba pasando, decidí abrir el papel, había escrito un número de teléfono.

 

 

 

Lo que puede imaginar una mente dormida, de Carolina Ayo

 

Ya son las 7:45 de la mañana así que, como de costumbre, cojo mi desayuno y salgo por la puerta de mi casa para ir al colegio. Hace poco decidí ir andando en lugar de coger el autobús, ya que me da la sensación de que caminando despierto un poco mi mente dormida. Por eso salgo antes de casa, pero como aún no controlo del todo los tiempos llego a la puerta del colegio y aún no han abierto, así que decido sentarme en un banco a esperar. 

 

Pasados dos minutos, oigo un ruido a mi derecha. Me sorprende ver que, a dos metros de mí, un perro está sentado al lado de un banco. Tiene el pelo largo y despeinado, lleno de hojitas y polvo. Esto me hace pensar algo. ¿Y si es un perro abandonado? Igual este es el banco en el que se sentaba con sus dueños. Pero ¿qué clase de dueño abandona a su mascota? Si hacen algo así seguro que son capaces de hacer cosas horribles. Una idea terrible pasa entonces por mi cabeza. Quizás el perro se escapara de su casa porque sus dueños lo maltrataban, y por eso huyó y ahora está aquí solo. Debe de estar muy asustado. Solo de pensarlo se me encoge el corazón, tengo que hacer algo. 

 

Justo en el momento en el que me voy a acercar a él, una niñita rubia aparece de detrás del banco. Debe tener unos cinco años. Viste un uniforme escolar, y también está llena de polvo y hojas. Lleva una sonrisa de oreja a oreja. El perro se levanta contento, moviendo la cola y la niña lo acaricia y ríe. Se separan cuando un hombre se acerca a ellos, le pone la correa al perro y coge la mano de la niña. Les sigo con la mirada y veo como llegan a la puerta del colegio, donde la niña da un beso al que ahora supongo que era su padre y se despide del perro, que mueve la cola contento. 

 

Y así es como en solo diez segundos se destruye la historia que me había montado en la cabeza. Al fin y al cabo, supongo que no eran más que conjeturas. 

 

 

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