EL CLIENTE DE LAS CUATRO Y MEDIA
Meredith llevaba ya media hora sentada en la terraza de su casa, meditando en un trance de silencio. Se masajeaba la sien con las yemas de los dedos, algo que le había enseñado su madre al dejarle el negocio familiar hacía unos años, cuando cumplió 20. El contacto con los familiares muertos de la clienta con la que había estado esa misma mañana le había dejado una jaqueca común en su trabajo, a la que nunca acababa de acostumbrarse. Aún recordaba los gritos de la mujer al hablar con su hermana, con la que discutía sobre la forma en la que habían repartido la herencia. Dejó su mente totalmente en blanco, entrando en trance y escapando de la realidad por unos instantes.
De pronto sonó el timbre. Eran las cuatro y media, tenía una cita con un nuevo cliente. Al abrir la puerta, no esperaba encontrarse a un hombre joven, alto y trajeado, ya que estaba acostumbrada a marujas, viudas o solteronas de avanzada edad que querían saber sobre su futuro, hablar con sus familiares muertos o, incluso, echar un mal de ojo a una vecina molesta.
El hombre no quiso decir su nombre, pero Meredith no se sorprendió. Era común en su trabajo que algunos clientes quisieran ocultar su identidad. Le ofreció una taza de té, que él aceptó. Una vez se la hubo bebido, ella la tomó en sus manos. Vio en el fondo de la taza los restos y empezó a descifrarlos.
—Veo una infancia corta, interrumpida por un suceso traumático. Sí sí… quizás una situación de riesgo o… no no no, una pérdida. Usted perdió a alguien importante.
El joven se tensó en su asiento.
—Lo siento, señorita, pero no me interesa en absoluto hablar de mi pasado. De hecho, quería hablar de mi futuro —se reacomodó en la silla y la miró de forma desafiante—. Me han dicho que es usted una de las mejores, que tiene visiones de lo que se avecina.
Meredith se levantó y comenzó a encender tranquilamente el incienso que había sobre la mesilla.
—Veo que ha venido usted bien informado –dijo colocando una baraja de cartas del tarot sobre la mesa–. Sin embargo, me gustaría saber quién le ha hablado tan bien de mí.
—Mejor dejemos los detalles para el final –contestó él algo impaciente. Se había creado un ambiente un poco tenso, pero el incienso empezó a hacer su función y a dar un aire místico al pequeño salón, lleno de mapas astrales, signos del zodíaco, especias y dibujos extraños.
La vidente extendió las cartas sobre la mesa y empezó a leerlas. Una carta con un hombre alzando una copa con la mano derecha fue la primera en salir: el mago.
–Es usted un hombre paciente, tiene planes montados desde hace tiempo, algo que llevar a cabo –el hombre pareció algo sorprendido por lo que oía, así que Meredith decidió seguir por ese camino, y pasó a la siguiente, mostrando otra carta.
—Nueve de bastos. ¿Qué significa? –preguntó el joven.
–Fuerza, capacidad de soportar una larga lucha o esfuerzo y finalmente, quizás, lograr la victoria. Pero eso no es todo —la siguiente carta era la de la justicia, pero estaba invertida—. Fanatismo, injusticia, severidad en el juicio, abuso, acusaciones falsas. Falta de un apropiado balance. Parece que va a haber un cambio en sus planes, señor –se refería a él como si de un adulto se tratara, pese a que probablemente tenían la misma edad, pero había algo en este hombre que la desconcertaba. Y lo que hizo a continuación acabó por descolocarla.
—Por lo visto, el don de la visión no es lo único que ha heredado de su madre, Meredith Black. Las dos sois igual de embusteras —la chica abrió los ojos sorprendida, pero antes de que pudiera decir nada, el chico sacó un arma y le apuntó a la cabeza —. Como bien ha dicho, llevo mucho tiempo planeando algo. Y ese algo es la venganza contra la vidente que dirigió a mi madre a la muerte.
—No sé de qué me está hablando.
—Hablo de la sarta de mentiras que se dedicaron usted y su madre a decir, aprovechándose de gente que creía en ustedes y sus ridículas visiones. No voy a dejar que sigan arruinando vidas —dicho esto, le quitó el seguro al arma, y puso el dedo en el gatillo. Rio entre dientes, y dijo con ironía— ¿No le advirtieron de esto sus visiones, señorita Black? —entonces disparó apuntando al cráneo de la joven.
Pero nunca llegó a sentirlo. De pronto, asustada y temblando, la vidente abrió los ojos. Estaba en la terraza de su casa, justo donde se había quedado meditando. La sensación de mareo le invadió unos segundos, mientras la jaqueca se hacía más intensa: todo había sido una visión. Suspiró, aliviada. Miró el reloj y, al ver la hora, sintió como el alivio era sustituido por un nudo en el estómago, ya que mientras sus ojos leían que eran las cuatro y media, el nuevo cliente llamó a la puerta. Y en ese momento supo que su futuro asesino estaba llamando a la puerta de su casa.
