EL ROBO Y EL CHANTAJE PIRATESCO
Acabo de volver del colegio, qué rabia, ya me han puesto dos exámenes más. Estoy agobiado hasta las cuerdas, porque se está acabando el curso y no sé qué me depara el futuro. Es invierno, parecen las ocho cuando apenas son las cinco.
Entré por la puerta de casa, veo a mi perra, Nala, que lleva por lo menos cinco minutos sentada en la puerta porque sabe reconocer cuando llego. Se abalanza sobre mí y me saluda. Voy hacia la cocina porque estoy hambriento y meriendo algo antes de sacarla a pasear.
Se iba haciendo de noche y salí a la calle. Paseé con Nala por la playa, le encanta ir, corre, salta y se lo pasa muy bien. De repente veo una luz, que en principio pensé que sería el faro de la playa, pero veo que se aproxima. Nala empieza asustarse ya que no sabe qué está pasando, está igual que yo, flipando en colores. Veo llegar un barco, pero no un barco cualquiera: uno de piratas hecho de madera con dibujos de calaveras, cañones, muy largo, tenía pinta de que vivían muchas personas allí. Ese barco me recuerda mucho al de los Piratas del Caribe. Se bajan dos de ellos, vestidos con telas, pantalones anchos, con tatuajes por todo el cuerpo y una bandana de color negra en la cabeza tapando las rastas que llevaban algunos. Se acercan a mí y yo rápidamente ato a Nala a la correa.
Aquellos individuos me preguntaron qué hacía a estas horas por aquí, yo respondí que estaba sacando a la perra y que mis padres estaban de viaje. Me propusieron ayudarles con una misión bastante interesante, una aventura y experiencia que me vendría muy bien para contarla. Tenían pensado atracar el museo de Vil·la Joana, les dije no estaba convencido del todo pero a ellos les dio igual. Me cogieron a mí y a Nala, nos ataron, a mí de manos y a ella, como ya llevaba la correa, no hizo falta. Subimos al barco pirata. Se pusieron en marcha y a Nala la dejaron dentro de un camarote atada a una esquina y me amenazaron diciendo que si no les ayudaba no me la devolverían. Por ella iba a hacer lo posible por tenerla devuelta, que me dejaran en casa con ella incluida, sanos y salvos.
Al llegar a la orilla, el barco se volvió terrestre y se abrió un portal que nos dejaba en la base de Collserola, cerca del museo. Comenzamos a subir escaleras en la montaña, lo cual me parecía extraño y a la vez cansado, pero me alentaba el espíritu de recuperar a Nala.
Estábamos llegando al museo y ya vimos que había guardias de seguridad en la entrada. Conseguimos despistarlos y que dos de los compañeros los distrajeran. Entonces procedimos a entrar, el jefe de todos, Barbanegra, un par de sus escoltas y yo. En un primer vistazo, vimos que dentro del museo había muebles de la época de Jacint Verdaguer, el poeta más destacado de la Renaixença. Mientras íbamos investigando, recorrimos las distintas salas del museo, cuadros de todos los que habían sido parecidos a Verdaguer o ganado un premio Nobel, fotos de prácticamente todas las portadas de sus poemas, cuadros e incluso había un juego que en base a una frase de una novela o un verso tenías que adivinar quién era su autor.
Yo llevaba rato preguntándome qué querían robar exactamente aquellos piratas dentro del museo porque no lo acababa de entender. Como si me hubiera leído la mente, me contestó Barbanegra, me dijo que había un dosier relacionado con su familia, la cual vivió aquí. Dicho dosier contenía información médica y psicológica sobre su familia. Me explicó que el museo había sido una escuela de “deficientes”, que era como les llamaban en aquella época a las personas que presentaban algún trastorno o problema relacionado con la inteligencia (está claro que el tema mental o de enfermedades no era el punto fuerte en aquella época).
Al rato, decidimos separarnos; yo yendo por mi cuenta, miré y observé y entonces ¡lo encontré!, encima de una mesa de madera, pero atado a ella: el dosier. Rápidamente pensé y vi que en mi bolsillo llevaba un mechero, ya que mientras sacaba a Nala me estaba fumando un cigarrillo. Instantáneamente quemé la cuerda que había atada al dosier. De pronto veo a Barbanegra corriendo hacia a mí con por lo menos 5 obras del museo en los brazos. Me dice que había un guardia de seguridad escondido que le había visto y salió detrás de él. Nos apresuramos ya que nuestros hombres nos estaban esperando en la salida. Cuando nos vieron con el guardia pisándonos los talones, procedieron a abrir el portal para llevarnos hasta la orilla, a fin de desmontar el barco que anteriormente se había convertido en llavero. Por suerte cruzamos el portal y el guardia no llegó a tiempo. Llegamos a la orilla con el dossier y las obras que Barbanegra y sus escoltas habían cogido.
En ese instante, yo estaba ansioso porque sabía que me iban a devolver a La (“Pobrecita, espero que por lo menos le hayan dado de comer”). Nos subimos al barco y me llevaron hasta la sala donde tenían atada a Nala. Entonces vi cómo venía corriendo hacia mí de lo contenta que estaba (¡más lo estaba yo!). Me fijé que donde la habían tenido encerrada era una sala inmensa llena de obras sobre los piratas, obras antiguas de la época, además de fotos de autores; pero que había huecos entre los cuadros y las fotos. Supuse que las que habían robado eran para rellenar los huecos de las obras que faltaban. Luego, me llevaron hacia la orilla y me dejaron con Nala en el mismo sitio, no sin antes agradecerme por haberles ayudado (aunque hubiera sido a la fuerza y con el chantaje de mi perro).
De pronto me despierto y veo a mi madre entrar en la habitación a las siete y veinte de la mañana diciéndome que hay que ir a clase. Me quedé confuso. Por la noche regreso al mismo sitio donde he vivido (¿soñado?) esta experiencia y ¡no imaginaréis a quién vi! A Barbanegra, que se acababa de comprar un perro igual que Nala, supongo que después de todo le cogió cariño.


