LEGADO

 

 


 

Érase una vez un periodista llamado Santiago, él no era un periodista común sino uno independiente, que investigaba por su propia cuenta. Se encontraba en su pequeña y prieta habitación junto a su ordenador, llevaba 4 horas delante de él intentando encontrar más información sobre las constantes desapariciones de pacientes del manicomio privado San Juan de Dios. Los pacientes desaparecen de la luz a la mañana, con causas de muerte muy comunes como ataques al corazón o suicidio. Lo que más le sorprendió es que estos datos no eran públicos, él había encontrado acceso a los documentos de información sobre cada paciente sobre la institución privada, el sanatorio de San Juan de Dios. No había ninguna noticia novedosa, así que decidió tomar acción por su cuenta e intentar descubrir la verdad sobre lo que pasaba dentro de esas malditas instalaciones.

 

Santiago salió de su bloque de apartamentos y se dirigió a su coche sedán gris, no muy limpio ya que había estado lloviendo toda la tarde. Cogió su dispositivo móvil y encendió su GPS para poder conducir hasta el sanitario mental. La noche ya había caído así que decidió encender los faros del coche y dirigirse hasta su destino final. Había entrado por un sendero forestal junto a su vehículo, no se podía ver nada a través de los árboles, estaba en medio de la nada y, por un instante, la conexión con su teléfono móvil desapareció, no solo eso sino que se apagó del todo, no había forma de volverlo a encender. Muy confuso, siguió conduciendo hasta encontrarse con una gran construcción de ladrillo oscuro y de tamaño gigantesco, con muchas luces encendidas y apagadas, lo curioso es que no había ninguna sola presencia humana, no había guardia de seguridad, ni siquiera coches aparcados, el lugar estaba vacío. Aparcó el coche y lo dejó cerca de la entrada del manicomio, se dirigió hacia la puerta principal pero estaba bloqueada, es entonces que decidió colarse por el patio, ya que había una ventana abierta. Justo antes de entrar, se fijó en una de las ventanas en lo más alto del edificio donde apreció una silueta negra de una persona observando fijamente; tan solo unos segundos después se movió y la luz se apagó. Esa figura oscura le causó escalofríos, lo que le hizo entrar más deprisa dentro del edificio para evitar contacto visual con esa entidad. 

 

Todo parecía normal, había zonas con luz, los pasillos estaban limpios… todo parecía estar en orden hasta que llegó al vestíbulo. Todo estaba ensangrentado, había cadáveres por doquier, hasta se podían ver los cuerpos de los guardias de seguridad con las tripas cortadas y los ojos salidos. Santiago estaba disgustado por lo que acababa de ver, empezó a vomitar por el suelo mientras se tapaba la nariz de la peste que los muertos producían. En ese momento pasos se oyeron de una de las puertas del vestíbulo, era un hombre, pero algo no iba bien, sus ojos habían sido extirpados, no tenía mandíbula y se podía observar su lengua caída cayendo poco a poco por su cuello, estaba en los huesos y tenía heridas por todo el cuerpo, no llevaba ninguna prenda encima y su miembro viril había sido castrado. Santiago no podía creer lo que estaba viendo, empezó a dar pasos atrás ya que esta criatura se le estaba acercando demasiado y no con buenas intenciones. Santiago cayó al suelo del miedo y se quedó paralizado. Las luces del vestíbulo empezaron a parpadear constantemente, una sombra con un aura oscura y forma de esqueleto apareció de la nada y cogió a la criatura que amenazaba a Santiago, le atravesó el pecho con su brazo y lo elevó, la sombra empezó a flotar y lo lanzó contra el ventilador del techo, triturando todo su cuerpo. Las extremidades y la sangre del monstruo cayeron encima del cuerpo de Santiago. No podía creer lo que había experimentado, con mucho miedo decidió levantarse y dirigirse al ascensor para salir de allí, se metió dentro y esperó a que la situación se calmara. Por su mala fortuna, el ascensor estaba estropeado y empezó a bajar plantas sin parar, bajó tanto que llegó hasta la planta -55. Sorprendido, salió del ascensor. 

 

El ambiente era muy diferente, el suelo brillaba ensangrentado, las paredes blancas, aunque con muchas marcas y quemaduras. Tan solo unos pasos más hacia delante pudo ver celdas con nombres de pacientes que él había investigado. Pero algo iba mal, sus caras estaban deformadas, muchos tenían brazos mezclados que no les pertenecían, otros no tenían ni piernas y se movían como gusanos, sus bocas estaban tan abiertas que se podía apreciar agujas incrustadas dentro de ellas. Santiago se dio cuenta de la verdad, estaban experimentando con humanos y convirtiéndolos en abominaciones que ni él mismo podía describir. Se escuchó un sonido sombrío, al girarse pudo ver la misma sombra oscura de antes, que cada vez se acercaba más a él. Decidió huir hacia unas puertas amarillas de metal que daban a paso una sala gigante llena de cúpulas con gente dentro, se podía apreciar que en cada cúpula había una sombra junto al humano, menos una en particular. Esa cúpula estaba abierta, el experimento se había liberado. En un instante, Santiago empezó a levitar, el espíritu se estaba metiendo dentro de su cuerpo. Le empezó a quebrar los huesos uno por uno mientras se elevaba cada vez más. Santiago gritaba y lloraba por el dolor, podía ver como cada vez más la sombra se introducía dentro de su cuerpo. Hasta que, finalmente, entró. 

 

El cuerpo de Santiago cayó a 5 metros de altura, casi no podía caminar.  Rápidamente se dirigió hacia la salida del laboratorio, por la puerta amarilla donde había accedido, le costaba tanto caminar que no podía aguantar ni diez segundos de pie, pero finalmente llegó, aunque lo que iba a visualizar no sería la mejor bienvenida, al abrirse las puertas se encontró a fundador de la institución junto a su cuerpo de seguridad personal armado con subfusiles, intentó pedir ayuda pero los guardas apretaron el gatillo al instante. Santiago fue acribillado a balas en el pasillo hasta vaciar sus cargadores, finalmente cayó al suelo desangrado y muerto. Su cuerpo empezó a flotar y sus huesos empezaron a volver a su posición, desprendiendo un aura muy familiar. Minutos después, todos los guardias de seguridad habían sido despedazados. La sombra encontró a su portador.

 

De Marc de la Fuente

 

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