UNA INJUSTICIA OLVIDADA

 

Impotencia es lo que siento cada vez que me acusan de destruir las cosechas de Paco. Este se pone histérico y cuando se le marca la vena del cuello sé que me he de esconder.

 

Una vez, hace unos años, lo presencié por primera vez. Paco, al ver la tierra revuelta de su plantación de tomates, empezó a chillar y maldecir. Una mujer, al oír los gritos, acudió al rescate. Con un rostro serio y unas palabras que, a pesar de mi buen oído, no logré escuchar, la joven consiguió tranquilizar a Paco, o eso era lo que yo creí. Más tarde Paco, llamó a un tal cazador. Yo no le di importancia porque pensé que sería un amigo suyo. Cualquiera que me hubiese visto podría pensar que fui un ingenuo; pues tal vez, pero creo que ningún cachorro de tan solo un año hubiese sabido cómo reaccionar y, aún menos, que estuviese preparado para vivir lo que yo estaba a punto de presenciar.

 

Esta malandanza fue derivada por lo que yo denomino como “mi primera no decisión”. No se me pasó por la cabeza, en ningún momento, que estábamos en peligro. Por ello, no le di más importancia, me reagrupé con mi manada y nos fuimos a cazar.

 

No fue hasta la cena, que expliqué a carcajadas lo rojo que se había puesto Paco y la angustia que me había dado el bulto que le había salido en el cuello. Las miradas de mis familiares empezaron a encontrarse. Cuando vi los ojos cristalinos de mi madre supe que algo no iba bien. El temor estalló y los mayores empezaron a armar un plan de fuga. Yo no entendía en absoluto por qué hacían lo que hacían, ¡No habíamos hecho absolutamente nada! 

 

El líder de la manada, junto a mi padre y mi tío, fueron en busca del camino óptimo para no toparnos con el cazador.

 

Mientras tanto, mi madre me explicó que si veía eso tenía que decirlo cuanto antes y me contó que el cazador era una persona que nos quería hacer daño. Yo le dije que ella siempre me había enseñado, que hablando se arreglaban las cosas y que consideraba que lo mejor sería dialogar con aquel hombre y explicarle que nosotros no habíamos hecho nada. Ante esa idea, mi madre se aterrorizó y exclamó que jamás debía hacer algo parecido a aquello, que ese atemorizante hombre no nos iba ni a entender, ni nos iba a brindar la oportunidad de defendernos. 

 

Fue entonces cuando entendí por fin que los humanos sentían pavor cuando nos veían y, aunque me ponía triste que me juzgaran sin antes conocerme, pude llegar a comprender que no le iba a caer bien a todo el mundo y que lo mejor era alejarme de aquellos que me podían hacer daño.

 

Estuve esperando horas, los que se habían ido no llegaban y la culpa me empezó a invadir. Sentí la necesidad de salir en busca de mi familia. Lo hice a escondidas, porque sabía que si me pillaban no me dejarían ayudar. Los adultos tienen la manía de proteger en exceso a los pequeños, siempre lo he pensado. 

 

 

Cuando conseguí escapar, seguí un camino precioso, lleno de bauhinias que iluminaban de rosa el oscuro camino. Al fondo, vi a mi padre y empecé a correr hacia él. Cuando solo quedaba una bifurcación por cruzar, escuché una frase que me hizo empezar a temblar de miedo: “¡Mira, tenemos a uno!”. Me giré y vi a ese tal cazador con una escopeta que me apuntaba. Apretó el gatillo y, como si fuese un acto-reflejo, cerré los ojos; en ese instante yo ya me consideraba “lobo muerto”, pero antes de que la bala llegase a mí, algo la frenó. Era mi padre, estaba tirado en el suelo. Esos asesinos habían herido a mi padre. Me giré hacia ellos, pero no los pude ver. Al principio pensé que serían las cataratas que se habían formado en mis ojos, pero luego me di cuenta de que esos asesinos se habían dado a la fuga. El precioso camino de bauhinias se había convertido en la horrorosa carretera encharcada de rojo. Me agaché hasta mi padre que yacía en el suelo para pedirle disculpas y decirle que todo iba a ir bien, pero fue en vano. Mi padre estaba muerto; muerto por mi culpa, ¿o por la del cazador? No lo tenía muy claro…

 

De hecho, unos años después, sigo sin saber de quién fue la culpa y cada vez que lo recuerdo un escalofrío se apodera de mi cuerpo. Mi manada, por suerte, no me carga de conciencia y me anima día a día. Aún así, sigo llevando una mochila que no me deja avanzar. Siento rabia de no haber aprovechado, como hubiese querido, el tiempo con él. Y me he dado cuenta de que no eres consciente de lo mucho que te importa alguien hasta que lo pierdes. Por ello intento pasar el máximo tiempo junto a los lobos que me apoyan y me protegen. 

 

Aunque procuro no vivir en el recuerdo de mi padre; de vez en cuando, no puedo evitar conmemorarlo y hacer justicia en un caso que se ha quedado en el olvido. Esta es la razón por la que llevo años observando, espiando aquella casa, aquella a la que no se le imputó ningún delito tras el asesinato cometido. Y he descubierto algo que cambia por completo el transcurso de la historia. El otro día vi al artífice de los destrozos de las cosechas de Paco y es, nada más y nada menos, que su querido perro, aquel al cual jamás inculparía y nunca nadie se lo hubiese imaginado; pero, como siempre, todo se acota a los prejuicios de un mundo que no te acepta. 

 

De Gabriela Durban

 

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