DISTOPIAS EMERGENTES
CRÓNICA DE UN CAMBIO RADICAL, de Paula Braggion
–Cada día se hace más difícil controlar a la gente con todas estas movidas de pensamiento propio. Antes las cosas eran más sencillas. Controlabas los medios, y la gente simplemente seguía el guion. Todo estaba centralizado: los periódicos, las radios, las televisiones; el gobierno manejaba todo esto y, si controlabas las instituciones, podías controlar lo que la gente escuchaba, veía y leía.
–La verdad es que las personas en desacuerdo con la política no tenían alcance, y en caso de que lo tuvieran, lo único que teníamos que hacer era tacharlas de radicales. La duda no era común porque la información era unidireccional.
–Sí, qué tiempos más fáciles. Ahora, con el internet y todas estas redes, todo se ha desmoronado. Ya no somos los únicos que deciden qué se dice y qué se piensa.
Mis amigas y yo nos habíamos reunido antes de lo normal para comentar lo surrealista de la situación. La entrada al cole se me hacía más incómoda de lo habitual. Y, por la cara de mis compañeros, creo que el sentimiento era mutuo. Todos teníamos la mirada baja, intentando no mirar mucho más allá de los pies descalzos, como si cualquier intento de mirar más allá fuera una traición a la privacidad de nuestros compañeros de clase. Nos faltaban extremidades para taparnos, y el ligero viento de la mañana, que normalmente refrescaba, hoy solo acentuaba la exposición.
Toda esta situación era como un teatro de lo absurdo. Era demasiado gracioso ver a la gente que se intentaba tapar con las mochilas; otros, con los brazos cruzados en el pecho. Me impactó ver a todo el mundo con la misma expresión, todos transmitiendo la misma inseguridad, desconfianza e incertidumbre. Pero no creo que solo las personas que tenía delante sintieran esto; era muy probable que todo el mundo se estuviera sintiendo de la misma manera.
Al entrar en las clases, nos quedamos todos sorprendidos al ver a un señor que destacaba entre los demás. No sabría explicar la sensación que tuve ante la frialdad con la que hablaba, pero digamos que no me dio muy buenas vibras. Este tipo nos empezó a dar órdenes, y me quedé incrédula al ver cómo todos le seguían, incluso los más desobedientes de la clase. Me pregunto qué había cambiado dentro de ellos para que su forma de actuar hubiese tenido un cambio tan radical.
Cuánto tiempo iba a ahorrar por la mañana, pero, a la vez, cuánto echaba de menos mi armario. Mis padres tuvieron la brillante idea de eliminarlo de mi habitación hace unos días, pensando que no era útil después de que el gobierno prohibiera el uso de la ropa.
Me despierto con el mismo sonido aterrador de cada mañana, abro los ojos, pero mi cuerpo no se mueve, todos los días de mi vida me he despertado con el mismo sonido. Después de un rato corto, la campana para de sonar, abro la persiana, todavía es de noche, pero ya se empiezan a escuchar las voces de los vecinos.
Me visto y me dirijo a la cocina, donde se encuentran mi hermano y mis padres. Suena la segunda campana del día, la que indica que tenemos que salir de casa.
Me dirijo al colegio, llego y la tercera campana del día suena y comienzan las clases. Las clases pasan y las campanas también.
Cuando salgo después de la campana que indica que nos podemos ir, paso por delante de unos de los cientos de campanarios que hay repartidos por la ciudad. “Prohibido el paso. solo personal autorizado” leo desde pequeña, y pienso qué hay detrás. Me dirijo a casa y como sola, sin dejar de darle vueltas al tema: “¿Por qué no nos dejan entrar, qué hay dentro, quién controla las campanas?”, esas preguntas se repetían en mi cabeza durante toda la noche. Y si entraba, ¿qué pasaría? En el colegio corría el rumor de que un hombre intentó entrar a uno de los campanarios y nunca más nadie supo de él.
Reconozco que soy una persona muy tozuda, así estuve todo el día siguiente planeando una estrategia para acceder a uno de los campanarios. No se lo dije a nadie, después de mucho pensar decidí que lo mejor era entrar por la noche. Al día siguiente, por la noche, me fui a dormir cuando sonó la última campana. Esperé un rato tumbada en mi cama, hasta que comprobé que todo estaba en silencio, entonces empezó mi misión.
Salí a la calle sin hacer ni un solo ruido, llegué al campanario y saqué el martillo que llevaba en la mochila, rompí el gran pomo de la puerta y por fin pude entrar. Lo primero que vi fue un gran mecanismo de enormes poleas rotando en un determinado tiempo constante, miré para el otro lado y observé un gran círculo con números del 1 al 12 alrededor, con dos enormes palos señalando a diferentes números y moviéndose a la vez que el ritmo de las poleas.
—¿Qué es esto? —me pregunté en voz alta.
—Un reloj, querida —un hombre mayor, con el pelo blanco y un bastón, apareció detrás de una puerta.
—¿Un reloj?, ¿qué es eso?, ¿para qué sirve?
—Sirve para medir el tiempo, ahora mismo son las 4:39 de la mañana.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Mario, llevo toda mi vida viviendo en este campanario. —Mario se detuvo observando mi cara de asombro; entonces continuó—. Mi abuelo era un relojero antes de que toda esta dictadura empezara, cuando el gobierno decidió emprender esta tortura y quitar los relojes para controlarnos. Por eso, me escondí aquí, vivo aquí porque no quiero separarme de los relojes, son mi vida y siempre lo serán.
—¿Y por qué no dices nada? —pregunté casi sin pensar —La gente no sabe lo que estamos viviendo.
—Cuando lo decía todos me tomaban por loco, era un viejo diciendo que nos estaban controlando, ¿quién me creería? Pero tú podrías parar esto.
—Yo? —dije extrañada.
—Si tú, ya sabes toda la verdad, has tenido la valentía de entrar aquí a pesar de que no se puede, tú puedes para toda esta locura.
Me paré a pensar, no era tan extraño, podría hacer que esas campanas dejaran de sonar para siempre.
—Lo haré, gracias, Mario.
Salí sin saber qué acababa de pasar, pero sabiendo que pronto sonaría la campana final.
