ROMPIENDO EL HIELO
AMOR IMPOSIBLE, de Miguel Campo
En un pueblo del Maestrazgo vivía una joven y culta adolescente enamorada de la lírica y el teatro. Ella era de una familia de labradores que trabajaban día y noche para sacarla adelante. Pero a la joven María de diecisiete años no le gustaba el oficio familiar y soñaba con poder ir a la universidad algún día.
Por otra parte había un monje llamado Gustavo, el cual era el hombre más inteligente y respetado de la comarca.
María, que no era muy practicante, comenzó a ir al monasterio para poder conversar con don Gustavo. La joven pensaba que monseñor era un hombre serio y frío pero vio en él un refugio; con su carisma y forma de ser le daba vida a sus días. Practicaban juntos poesía y narrativa, pero en la aldea se hablaba de un romance que la joven no negaba.
Un día la adolescente se presentó en el monasterio y le dijeron que don Gustavo había sido expulsado de la iglesia. Ella huyó al campo y en su búsqueda y tras largas caminatas lo acabó encontrando en una cueva bajo la tenebrosa lluvia.
María lo vio con un libro de poemas en la mano y sin hablar de nada de lo que había pasado le dijo:
–Gustavo, ¿qué es la poesía?
El monje se sorprendió por la pregunta y después de pensar un buen rato le contestó:
–¿Me preguntas qué es poesía?
–Sí sí, –insistió la joven mientras le miraba fijamente.
Gustavo no salía de su asombro y susurrando en voz baja decía:
–¿Qué es poesía, me dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul?
Ella no sabía qué decir, pero le seguía mirando fijamente. Él volvió a repetir:
–¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
María se sentía muy aturdida pero no dejaba de mirarle esperando una respuesta. Gustavo finalmente respondió:
–Poesía … eres tú.
UNOS GOLPES ANTES DEL HIT, de Javier Megias
Eran las 7 de la noche, y ya estábamos a punto de llegar al bar donde tenía que tocar esa noche. Iba a ser nuestro primer concierto delante de desconocidos. Del sitio, no me habían dicho gran cosa, solo que suele haber peleas, pero nos daba igual, ya que nos iban a pagar bastante por la actuación.
Cuando llegué, aún no había mucha gente, solo cuatro gatos. Mientras iba llegando la gente, mis compañeros y yo ya estábamos preparando el equipo de música: la guitarra, el micrófono, los altavoces… A las 9 ya había mucha gente, y aun así, seguían llegando más personas.
La primera discusión que escuché fue por una razón muy tonta, y es que un hombre pidió una cerveza en la barra, y cuando el camarero se la entregó, estaba llena de espuma, y esto al cliente no le sentó muy bien, empezó a chillar al camarero diciendo: “¡Tú, mequetrefe, es que no sabes servir una cerveza o qué te pasa!”, y el camarero aterrado le dijo: “¡Cáspita!, ¿quiere que le ponga otra a cambio?”.
Un tiempo después hicimos un descanso, y entonces el bar nos ofreció una mesa, y nos dieron gratis una hamburguesa y una bebida, aunque la mesa estaba repleta de chicles pegados debajo. Desde donde estábamos sentados podíamos ver todo el bar y lo que estaba pasando en todo momento, y era despampanante.
Ya más tarde, sobre las 11, llegaron un grupo de motoristas al bar, y mi compañero me dijo: “¡Cuidado, que estos tienen pinta de ser unos maleantes!”. Y efectivamente, nada más llegar empezaron a armar jaleo, chillando, amenazando… En un momento, se subieron al escenario donde tocábamos, cogieron los instrumentos y empezaron a darles golpes. Nos enfadamos y uno de nosotros les gritó:
—¡Eh, deja eso, tío! —mi colega le arrancó la guitarra de las manos.
Uno de los tipos, el que iba de jefe del grupo, se dio la vuelta y le dijo:
—Y tú, ¿quién te crees que eres?
—Dejad los instrumentos y piraos de aquí —dije, tratando de no tener que pelear.
—¡¿Qué nos piremos?! Pues va a ser que no —soltó otro, empujando a mi colega.
Ahí se armó la discusión de verdad. Las palabras subieron de tono:
—¡Iros ya u os vamos a partir la cara! —gritó mi amigo, empujando al motorista que lo provocaba.
—¿Tú a mí? ¡Anda ya! —el líder se me puso de frente, sacando pecho—. No sabéis con quién os estáis metiendo.
—¡Nos da igual! —solté yo, ya harto—. ¡Piraos u os sacaremos a patadas!
La cosa se calentó y de ahí nos fuimos directos a los golpes, empujones, puñetazos, las sillas volaban por todas partes. Al final, después de repartir unos cuantos golpes, los tíos salieron corriendo con el rabo entre las piernas.
El camarero nos dijo que esos hombres solían ir allí solo a molestar, y como muestra de gratitud, nos invitó a una ronda y nos dijo que volviéramos cuando quisiéramos, que siempre estaremos invitados.
Cuando abrí los ojos, dejé de recordar cómo fue nuestro primer concierto. Allí estábamos, a punto de participar en uno de los eventos musicales más importantes, el live aid del 85, justo antes de salir, todos estaban coreando nuestro nombre: “Queen, Queen, Queen…” En ese momento, supe que habíamos hecho historia.
HORA DE LA PASTILLA, de Alejandro Tercero
No es por fardar, pero hoy a las tres de la mañana el comisario personalmente me ha pedido que por favor me ocupe de este caso.
A simple vista vi el documento con todo lo que había pasado y pensé que no era para tanto, pero después de verlo detalladamente me di cuenta de por qué el comisario quería poner al mejor detective al frente del caso. A una oferta así no le podía decir que no; aparte, es un favor al comisario, es decir, a mi jefe, con la esperanza de que más adelante lo tenga en cuenta...
Después de aceptar el caso, cogí el primer tren que me llevaba hasta donde estoy ahora, Mataró. Resulta que a las afueras de la ciudad, hoy sobre las 2 de la mañana han asesinado a una mujer llamada Estefanía. Esta mujer llevaba una vida normal, como cualquier persona. Tenía un trabajo en un pequeño mercadillo vendiendo ropa de segunda mano, joyas... Lo curioso del caso es que presuntamente han degollado a la mujer.
Al entrar en su casa, la escena del crimen era la siguiente: Estefanía, que es la mujer muerta, sentada en una silla del comedor, sin cabeza. Concretamente, su cabeza estaba encima de la mesa del comedor y al lado de ella había dos curiosos objetos. El objeto que a simple vista llama la atención, y que es el arma del asesinato, una katana, y el segundo objeto, un simple papel en el que hay escrita una palabra...
–Señor Forest, Señor Forest, le toca la pastilla de las 10:30. Tome, ¿quiere un poco de agua?