LA REBELIÓN DE LAS MÁQUINAS
Pitidos agudos y graves retumbaban a mi lado. Gente gritando agobiada y con prisas. Personas corriendo de un lado a otro con un claro destino. Y todo eso era controlado por mí.
Sabía bien que tener todo bajo control y ordenado era mi deber. Sabía que la gente de alrededor me miraba para que les diese mi aprobación y así pudiesen seguir legal y tranquilamente su camino. Pero también era consciente de que ellos eran los que estaban libres, los que podían descansar fuera de su horario laboral y que yo era un simple y sucio semáforo en mitad de una calle de Madrid que para lo único que servía era para cambiar de color y, parece ser, para ser un tablón de pegatinas y pósteres. Eso es lo que la gente sentía por mí; absolutamente nada. No sabía nada de nadie, y ellos tampoco sabían nada de mí. Simplemente, cooperábamos para que todo fuese civilizado y a nadie le cogiera un ataque de estrés o de locura, pero y si…
¿Y si la sociedad por fin se diese cuenta de lo vital y necesario que soy? ¿Y si las normas las pusiera yo?
Exacto, desde que esa idea cruzó por mis tres colores, llevo haciendo lo que me da en gana una hora entera. Cambio de color: del amarillo al rojo, del rojo al verde y del verde al amarillo de nuevo. No hay control sobre mí, yo soy el único dueño. Todos me gritan y me abuchean, pero los ignoro, como ellos muchas veces hacen al mirarme y ver que no les cedo el paso. Sigo observándolos divertido, sin nada de lo que preocuparme. Al fin y al cabo, son ellos los que están ahí fuera; los que llegan tarde a esa reunión, a ese cumpleaños, a esa cita tan esperada con su enamorado…
Cuando llevo ya tres horas provocando el caos, me paro. Paro al sentir algo, una sensación muy extraña… Efectivamente, me estaban cambiando por otro semáforo más nuevo y más cuidado. Esa misma tarde, dejé de funcionar para siempre en esa calle de Madrid. Lo que empezó siendo una queja y autoafirmación acabó convirtiéndome en chatarra vieja y abandonada.
Mil preguntas me asaltaron, como por ejemplo: ¿Cómo es posible que aun siendo algo tan innecesario para la vida de alguien, no puedan estar ni una hora sin mí?
Al entrar a la fábrica lo último que escuché fue:
–Ese semáforo no sirve para nada, tíralo.
VIDA MUERTA, de Emma Braggion
Me apuntan y revivo, o vuelvo a morir. Muerta no estoy, pero apagada, sí. Son conceptos tan distintos, pero que, en mí, no crean ninguna diferencia. Vosotros os refugiáis en mí, sin saber cómo me siento; egoístas sois. A veces me pregunto cómo será vuestra vida fuera, fuera de esta misma atmósfera en la que yo me encuentro.
Hasta me pregunto si tendréis una vida fuera de mi alcance. Tanto os veo que comienzo a pensar que vuestra relatividad del tiempo es distinta a la mía. Sois tan diferentes, y no me refiero solamente entre vosotros, ya que aunque solamente vea una diminuta parte, puedo suponer que hay más ahí fuera. Me refiero también a vuestras diferentes facetas, aquellas que me mostráis en vuestra intimidad. ¿Cómo es posible que me hagáis ver partes de vosotros tan distintas? ¿Tanta confianza tenéis conmigo? ¿Por qué reaccionáis ante mí de estas formas? Nunca formulé una respuesta, pero pensándolo, ¿y si soy yo? ¿Tanto poder tengo? Si es así, no me gusta, no quiero ser responsable de esas gotas cristalinas que se deslizan por vuestras mejillas, o de vuestros fastidiosos sonidos que, al escucharlos, me hacen temer por mi vida.
Tantas preguntas me surgen, tantas que no sé ni cómo mi sistema operativo puede seguir funcionando. Hasta también me podría preguntar quién soy, cuál es mi función. Supongo que de ésta puedo recibir una respuesta, pero no me sirve simplemente saber que soy un dispositivo tecnológico, que solo muestra su razón de existencia cuando un ser decide encenderme. Me doy cuenta de que soy dependiente, quiera o no, no funciono por mí misma. Suena triste, pero es la verdad. Pero ¿y si no quiero vivir así, y si quiero encontrar mi propia motivación?

