TESTIMONIOS DEL PASO DEL TIEMPO

EL VIEJO ESPEJO, de Chloé Boixet


Esta niña no tenía fuerza, ni un ápice. Todo el camino dándome golpes ¡ A mí! Que un hermoso espejo centenario se tuviese que estar doblegando ante la voluntad de una estúpida joven, era ofensivo. Lo único que había hecho bien la flojucha había sido salvarme de aquel viejo que, al bajar el sol, me sacaba de ese mercadillo decadente para meterme en una furgoneta que cada año olía peor.

Lo cierto es que donde vivía era más limpio y luminoso que lo que llamaba hogar desde hacía algunas décadas. Aunque parece que fue ayer cuando me despedí de mi casa, la finca de mi familia, la que me mandó construir y en la que había estado durante mucho tiempo, hasta que por culpa de malos negocios tuvieron que vender todo, y todo me incluyó.

Mi nueva propietaria era tan poca cosa que un amigo, el cual la llamó Eva, tuvo que ayudarla a colgarme en la pared el viernes de esa semana, cuando organizó una fiesta en su piso.

¡De haber tenido piernas para marcharme, les aseguro, las habría usado! Insoportable sonido que denominaban música, bailada de manera grosera, durante horas y horas. Para colmo, derramaron una copa encima de mí sin ningún reparo, y hasta la mañana siguiente no me limpiaron, humillante. Sin duda era entendible mi añoranza, incluso por la furgoneta.

Sin la bebida tapándome la vista, veía mejor ese hogar lleno de decoración vacía. En China no se toman la molestia de crear vida en sus producciones, esto tampoco funciona como antes. También me percaté de múltiples objetos, productos de la brujería, seguro. Porque no podía haber otra explicación a los ruidos y colores que producía ese fragmento de tablón oscuro. Aquel reloj averiado decía los domingos de mercadillo que a la brujería ahora la llamaban tecnología. ¡Y practicarla era la normalidad, no un pecado! Los humanos perdían la cabeza.

Pero con los meses, me doy cuenta de que ella es una buena muchacha. Pues todas las noches llama a su madre para explicarle el día. Y quizás demasiado sensible, ya que llora con mucha frecuencia mientras lee esas novelas de portadas coloridas. Viste de manera extravagante, pero con colores neutros para disimularlo. Sólo a ella he visto llevar ropa tan fea y pequeña, en un aburrido color beige, la cual comprueba que le favorece cada día delante de mí.

Con lo presumida que es Eva, sé que no ha conseguido marido porque no ha encontrado al indicado. Todas las mañanas, y algunas noches, se pone delante de su reflejo para maquillarse durante al menos media hora. Y nada le favorece más que el pintalabios rojo que se pone, y le resalta la sonrisa.

Otra vez ese muchacho, el que me colgó en la pared. Es la cuarta vez que le veo esta semana, y por fin entiendo lo que pasa. Eva está enamorada, y lo sé porque media hora antes de que llegue, ella ya está eufórica. Con él, no para de reír. Y hoy, al marcharse, le ha dado un tímido beso.

Pasa el tiempo, y lo único que cambia es que cada vez le veo más. Creo que este es el bueno, del que les hablaba meses atrás. ¡Incluso pasaron la navidad juntos! Y yo pienso lo mismo que ustedes: ¿Cuándo habrá niños para abrir los regalos?

Ella ya no es esa muchacha sin fuerza. Ahora ese flequillo y pecas son trajes y un anillo de compromiso. Ya no dispone de tiempo para llorar con libros, ahora también lo ocupa con yoga. También hace tiempo que no hay a quien llamar para contarle el día. Pero ahora la casa está llena de dibujos que le regalan sus sobrinos.

Las noches llenas de trabajo ya son ascensos. Algunos de los amigos que bailaban groseramente ya tienen canas. Veo su vida pasar sin poder decir nada y, sin embargo, lo disfruto.

En mayo, colgó a mi lado una fotografía vestida de blanco y sonriente. Los meses se han convertido en años. Veo su vida pasar sin poder decir nada, pero lo disfruto. No me había dado cuenta, pero Eva ya es una mujer.

Hoy ha llegado eufórica, y no sé bien por qué. Luego, su hermana ha venido para contarle algo que le ha hecho llorar intensamente. Y se ha marchado con todo el vino de la casa. Empiezo a sospechar que por fin ha sucedido.

Y nueve meses después, ella ha llegado a casa. Casi no llora, y parece que ha sacado el pelo rubio de Eva. Crece tan rápido, que ni recuerdo verla aprender a andar. Pero ahora es una niña muy inquieta y sonriente.

Su padre le está tirando una pelota, mientras Eva cocina pescado. Sin querer, ella la golpea con demasiada fuerza hacia mí.

***

Ha sido una lástima que se haya roto el espejo esta mañana, pero lo hemos tenido que limpiar a toda prisa para que nadie se hiciera daño. Gala ha empezado a llorar, y Marcos se ha cortado las manos intentando ayudar. He acabado teniendo que bajar los restos de mi espejo. ¡Con lo bonito que era, y lo caro que me costó! Aún recuerdo cuando lo subí a casa, y mi marido me ayudó a colocarlo. Han sido muy buenos años los que me ha acompañado. Después de cenar buscaré uno nuevo más resistente en Ikea, por si se vuelve a romper.




PASO EL TIEMPO, de Laura Serra

Y todo vuelve a empezar, se encienden las luces y todos me miran. Siempre es lo mismo, cada 24 horas, pasa algo llamado día. Este lo divido en dos etapas, una que va desde la 8 de la mañana a las 17 h de la tarde, y la otra al revés. Cuando empieza la cuenta atrás es la misma rutina que da pie a una repetición de sucesos que, aunque sean los mismos, cada día me sorprenden más.

Son las 8 en punto, estoy solo, 8:05 am, llegan los primeros; 8:15 am, ya estamos todos. Sigue pasando el tiempo y solo hacen que mirarme, pero no me dicen nada, ellos no, pero sus expresiones sí, solo hace falta verlas. Hay veces que me observan con cara de asombro como si hubiera acelerado el tiempo, en cambio, otras veces me miran como si hubiera vuelto a empezar de 0 la cuenta atrás; pero hay veces que me observan con la mirada vacía y me hacen sentir culpable, juzgado e incluso llegan a dirigirse hacia mí enfadados, diciendo: “¡Las horas no pasan, esto es eterno!”, cuestionando mi trabajo, ellos no entienden que solo marco la hora, yo no decido cuándo pasa el tiempo.

Pero, en cambio, llegada una hora, veo las caras más felices que hay en todo el día, ya doy las 17 h, nadie se despide de mí, a pesar de conocerme desde hace mucho, nadie me pregunta cómo estoy, pero supongo que no pueden permitirse perder el tiempo, y lo que no saben es que yo soy quien se lo doy.

Empieza la tranquilidad, también queda ver el sol ponerse por la ventana, sin duda, mi hora favorita, en ese momento creo que soy feliz, pero no lo sé, al final nunca he estado tan cerca de serlo, ni tendré oportunidad. Ahora toca seguir conmigo, podría decir que soy mi mejor compañía por no decir la única. Ya queda menos, solo queda esperar, ver las horas pasar y volver a empezar.




LA MEMORIA DE LAS PIEDRAS, de Ada Solanilla


No recuerdo el día en que nací. Lo que sí sé es que nací sola. Al principio todo era oscuro, eso sí que lo recuerdo, y de golpe se hizo la luz. Ya sé que las cosas no ocurren porque sí, pues mi vida está llena de circunstancias que llevan a otras, como una cadena cada vez más larga y fuerte, pero mi comienzo surgió de esta forma. Como buenamente he explicado, de golpe se hizo la luz, y entonces pude ser testigo de todas las cosas preciosas que había a mi alrededor: árboles corpulentos que pintaban de verde el paisaje, pequeños seres, algunos de los cuales posaban a mi lado o incluso, si llegaban a coger más confianza, se colocaban encima de mí… Pero lo más sorprendente eran aquellos bichos enormes con unas garras amenazantes y que se consideraban los reyes de aquel espléndido lugar. Ahora soy capaz de decirlo así, pues si algo sé es que cuando nací no sabía que todo cuanto podía observar y que me rodeaba tenía una o varias palabras para ser denominado. Sin embargo, aún a día de hoy no sé cómo eran llamados esos seres enormes de los que hablo, lo que sí puedo decir es que, el día en que el rojo vivo acabó con todo, ellos nunca volvieron. Cómo quemaba, cómo todo cuanto era capaz de ver quedó en nada, o mejor dicho, cada cosa que esa masa ardiente tocaba se transformaba.

Pasaron los años y he de decir que, aunque debido a esa catástrofe nada volvió a ser igual, poco a poco esa imagen que recordaba de un paisaje lleno de vida volvió a surgir junto a unos nuevos seres que andaban a dos patas, ¿o debería decir piernas? Estos eran un poco extraños, cogían cosas que encontraban por ahí, las transformaban e incluso llegaban a ponérselas encima como para taparse. Luego, llegó mi día. El día en que estos seres me arrancaron de donde cómodamente reposaba y me arrastraron hasta nuevos lugares desconocidos. ¡Cómo recuerdo aquel viaje! Cada piedra, cada árbol con sus respectivas hojas, cada canto de los pájaros e incluso cada llanto, los llantos de las rocas, de los animales y plantas que se despedían mandándome un último adiós. Finalmente, conocí a las otras que también fueron arrancadas de su hogar y arrastradas hacía algo desconocido. Pasó bastante tiempo hasta que llegamos al destino, que consistía en un largo campo, llano e inmenso y, sobre todo, verde, un verde precioso como nunca antes había visto.

Observaba a los humanos comunicarse, parecían discutir y entre varios nos levantaban a mí y a las demás. Fue un largo proceso, estuvieron años clavándonos de nuevo en la tierra en un orden aparentemente lógico, todas juntas y a la vez separadas, como si formáramos algo o parte de un todo. Cuando al fin parecía que habían terminado, nos dejaron allí plantadas, pero luego comenzamos a recibir visitas. Nos sorprendía la cantidad de personas que venían y que se nos acercaban como si fuéramos tan delicadas que en cualquier momento nos pudiésemos derrumbar.

Y los siglos pasaron, se hicieron algunas modificaciones pero siempre, sin falta, aparecía alguien dispuesto a pasarse ratos observándonos. Había dos días al año, específicamente, en el que aparecían más personas de lo normal. A veces parecía que hicieran reuniones o incluso bailes o rituales alrededor nuestro. Y esto así, a todas horas, de día y de noche, al amanecer y al atardecer…

He de decir que, aunque no pude elegir mi destino, disfruto estando aquí. A veces vienen pájaros u otros animales para saludarnos, me siento a gusto bajo el sol durante el día y bajo la luna de noche. Disfruto viendo el paisaje cambiante que nos rodea y me gusta escuchar a los humanos, observarlos, y ver como cada vez son más los que vienen a visitarnos. Me siento importante, y no lo digo con arrogancia, pues formo parte de uno de los monumentos más importantes del mundo, en Inglaterra, Stonehenge, ¿te suena?

Entrades populars d'aquest blog

CURS 25-26

BINOMIO FANTÁSTICO: AQUELLA CHICA SAGAZ JUGABA MUCHO CADA DÍA

LA CASA ABANDONADA

CREACIÓ D'UN AMBIENT

LA EPÍSTOLA Y EL DIARIO PERSONAL